Opinión

¿Quién educa hoy a los hijos en Paraguay?

Pablo Noé

| Por La Tribuna

Una tarde cualquiera, en un supermercado de Asunción, un niño de unos ocho años empezó a llorar desesperadamente porque su madre le pidió que dejara el celular mientras hacían las compras. No lloraba por hambre ni por un juguete. Quería recuperar la pantalla. La madre intentó calmarlo primero con paciencia, después con enojo y, finalmente, con resignación. Le devolvió el teléfono. El niño dejó de llorar de inmediato, silencio absoluto como si alguien hubiera apretado un interruptor. La escena duró menos de cinco minutos, pero explicó bastante sobre el Paraguay que estamos construyendo.

Mientras discutimos política, escándalos y peleas ideológicas, debajo de todo eso crece una crisis mucho más silenciosa: ya nadie sabe realmente quién está educando a los hijos. Antes la educación era compartida, ya que la familia enseñaba valores y la escuela enseñaba conocimientos, y la calle imponía límites. Hoy todo parece mezclado en una sociedad agotada y emocionalmente tercerizada. Muchos padres viven sobreviviendo entre jornadas eternas, estrés económico y cansancio mental. Entonces aparece la salida rápida: la pantalla como calmante emocional, el celular como niñera portátil y TikTok como compañero permanente. Y mientras los adultos sobreviven, los algoritmos educan.

Las redes sociales ya no solo entretienen, también moldean personalidad, autoestima y conducta. Enseñan cómo hablar, qué admirar y hasta cómo sentirse. Muchos adolescentes pasan más tiempo escuchando influencers que conversando con sus padres. Aprenden sobre relaciones humanas en videos de treinta segundos y terminan creyendo que la vida funciona con la velocidad de una pantalla. Después nos sorprendemos cuando aparecen chicos incapaces de tolerar frustraciones mínimas, adolescentes hiperconectados, pero profundamente solos o jóvenes que necesitan validación constante para sentirse valiosos.

La escuela tampoco logra contener sola este fenómeno. El docente paraguayo ya no solo enseña matemática o historia. También enfrenta violencia, ansiedad y vacíos emocionales que antes se resolvían dentro de la casa. Y el problema no es la tecnología, sería absurdo demonizarla. El problema aparece cuando los adultos renuncian a ocupar su lugar, porque un algoritmo puede entretener, pero no puede amar; puede captar atención, pero jamás enseñar empatía, límites o humanidad.

Tal vez el verdadero desafío del Paraguay moderno no sea solamente construir rutas, hospitales o más aulas. Tal vez consista en recuperar adultos presentes.

Minutos después, volví a ver a aquella madre saliendo del supermercado. Empujaba el carrito en silencio. El niño caminaba a su lado mirando fijamente la pantalla, aislado del mundo. Y, por un instante, dio la sensación de que ambos estaban perdiendo algo mucho más importante que una simple discusión familiar.

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