Fue un día como hoy, 26 de abril, su muerte fue tan brutal que a partir de allí los periodistas perdimos para siempre la visión idílica de nuestra labor. Voy a relatar aquí el último tramo de su historia, para que cuando alguien menoscabe al periodismo el recuerdo de la inmolación de Santiago sirva para absolver nuestros pecados.
En aquel tiempo, 26 de abril del 91, yo era el jefe de Redacción del extinto diario Noticias. Santiago era nuestro corresponsal en Pedro Juan. También lo era de ÑandutÍ. Un día me llama y me dice… Guerín ombokapu (tirotea) en CDE, está espectacular su campaña. Mba’ere ñande ndayayapói upéa avei (¿por qué nosotros no hacemos lo mismo? Y yo le dije: Santiago, depende de vos, nde katu reikuata (vos sos el que sabe). “Ya jopy atu shupe”, fue su decisión. Y empezamos.
Empezó a tirarle bombas (por utilizar la jerga) a Fahd Yamil, yo ni había oído hablar de él. Así que, para apoyar su campaña, puse un título en medio de la tapa que decía algo así como “Capomafioso Fadh Yamil domina la frontera”. Era un título no tan grande. A la mañana siguiente viene el irrepetible Helio Vera, nuestro editorialista y todo nervioso me recrimina: “¡¡¡Están locos!!!”.
Le tratan como un ladrón de gallinas al jefe de la mafia del Estado de Paraná. ¡¡¡Nos va a matar a todos¡¡¡. Lo llamé de inmediato a Santiago y le conté lo de Helio. Sí, es cierto, dijo, pero ndorokyhyjéi (no tenemos miedo). La campaña siguió, empezaron amenazas y entonces envié a un guapo periodista, José Gregor (ya fallecido), para que firmara las notas con Santiago para exculparlo un poco. Así las cosas, Santiago en pleno festejo por el Día del Periodista, creo que era un sábado a la siesta, iba a un brindis al que lo invitaron y, de pronto, lo intercepta un comando de sicarios que bajan con escopetas.
Él se da cuenta de lo que iba a pasar y le ordena su fiel escudero Baldomero Cabral (el famoso Karape): me disparan che ra’y (corré) y queda a merced de los asesinos. Lo masacran. Llega la terrible noticia a Asunción a media tarde. En PJC un silencio sepulcral; terror puro,
se convirtió en una ciudad fantasma. Ni un alma en las calles. Tomamos la decisión de irnos a ver qué pasó. En el avión de la RPC, el piloto “Paco” Pésole, el padre José Isidro Salgado y yo. Parecíamos apestados; nadie nos recibía. Por ahí nos soplaron que el cuerpo estaba en la morgue. En la morgue no estaba nadie. Buscamos al encargado, vino a regañadientes.
El cuerpo de Santiago estaba sobre una mesa de metal, totalmente ensangrentado y con el rostro destrozado por un escopetazo. Pedimos que lo lavaran y fuimos a buscar un ataúd. Tardamos. Al llegar al aeropuerto ya estaba oscuro. Cuando eso, el aeropuerto de PJC no tenía luces. Nos urgía desesperadamente retornar a Asunción. Su esposa Any Morra, sus pequeños hijos, todo el mundo aguardando. Había una salida.
Improvisar dos fogatas, una al final de la pista y otra al medio y guiarse por el destello. Arremetimos en plena oscuridad, se te helaba la sangre, hasta que al final logramos despegar. Llegamos a Asunción, entregamos el cuerpo y parecía que nos quitamos toneladas de peso de encima.
Pero no era alivio; era el fin de la inocencia. Desde ese día, ejercer el periodismo en Paraguay ya no volvió a ser lo mismo.


