Opinión

Sin estrategia pública, Paraguay puede entrar al abismo algorítmico

Por: Nahuel Ayala.

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Leído desde Paraguay, el documento de OpenAI (Industrial Policy for the Intelligence Age: Ideas to Keep People First) funciona menos como receta y más como espejo incómodo. El país tiene una ventaja evidente para la era de la IA: energía limpia y abundante; pero esa fortaleza convive con debilidades estructurales que el propio texto ayuda a iluminar. La economía paraguaya sigue creciendo con resiliencia y el FMI proyecta expansión para 2026, pero el empleo informal sigue siendo dominante, la pobreza no desapareció, la brecha digital entre hogares pobres y no pobres supera los 40 puntos (BM/INE 2024) y la pobreza de aprendizaje es alarmante. A eso se suma un cuadro institucional frágil: Freedom House sigue calificando a Paraguay como “Partly Free” y advierte sobre corrupción, crimen organizado y presiones sobre periodistas. En otras palabras: si la IA llega sobre bases desiguales, puede modernizar la economía sin democratizar el poder.

La primera alerta es laboral. En un país donde la informalidad ronda dos tercios del empleo, hablar de reconversión sin protección social robusta es una ficción. La segunda es educativa: no hay política de IA seria con semejantes déficits de lectura y comprensión. La tercera es política: sin instituciones creíbles, la regulación tecnológica puede terminar capturada por intereses empresariales o faccionales. La cuarta es territorial: Paraguay puede atraer centros de datos por su matriz eléctrica, pero sería un error regalar energía barata sin exigir empleo local, tributación, infraestructura y transferencia de capacidades. La quinta es social: si la digitalización avanza más rápido que la inclusión, la IA ampliará la distancia entre Asunción y el interior, entre empresas grandes y pequeños productores, entre quienes tienen conectividad y quienes apenas acceden al sistema educativo.

La lección es contundente. Paraguay no debe discutir solo cómo usar IA, sino bajo qué contrato social hacerlo. La prioridad no es comprar tecnología, sino construir Estado, conectividad, educación, transparencia y reglas para que la renta tecnológica no quede en pocas manos. Si no hay decisión política, la IA puede convertirse en una nueva versión del viejo problema paraguayo: enclaves modernos rodeados de exclusión. El desafío no es tecnológico. Es profundamente político.

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