Una narrativa impulsada desde el Gobierno, que plantea al Paraguay como un gigante que se levanta tiene el propósito de inspirar a los ciudadanos a mirar con optimismo el futuro y a trabajar con entusiasmo por un porvenir mejor.
El Paraguay es, efectivamente, un coloso. Lo fue ya cuando todavía era una provincia española, donde germinó ese espíritu libertario, con Hernandarias como primer gobernador criollo al frente, allá por el siglo XVI.
La Revolución comunera, por el 1717, fue otra muestra del espíritu de libertad que siempre revoloteó bajo el cielo guaraní.
Ya independiente, emergía con vigor como potencia económica hasta que ambiciosos políticos de la región, en complicidad con intereses foráneos, se encargaron de devastarla en una guerra de exterminio por mano de la tristemente célebre Triple Alianza.
Cuando apenas se reponía de la hecatombe, es arrastrado nuevamente a otra confrontación. Una guerra con Bolivia, instigada por inescrupulosos intereses extranjeros en el petróleo.
Apenas una década después de este conflicto, nuevamente se desangra en una calamitosa guerra intestina, seguida por un largo período caracterizado por una paz de sepulcros y la diáspora de valiosos hombres y mujeres que podrían haber contribuido al engrandecimiento del país desde la ciencia, las artes, la política.
No es propósito hacer historia en este espacio, ni mucho menos agotar en dos líneas la intensa vida histórica de nuestro país, sino destacar su resiliencia. Esa fuerza extraordinaria de superar condiciones adversas y salir adelante.
Sin duda alguna, tras un largo camino de dificultades, Paraguay está en su mejor momento para dar el salto que lo saque del atraso, la pobreza y la desesperanza. Para recuperar el brío que lo impulsó a convertirse en una nación grande y fuerte.
Ocupa una posición estratégica en el mapa de Sudamérica. Tiene infraestructura vial que lo conecta con los países de la región, como los puentes que lo unen físicamente con Argentina y Brasil, y el de la Ruta Bioceánica en construcción. Goza de estabilidad económica, dispone de energía limpia abundante, que debe ser usada para el desarrollo nacional y no para la especulación internacional, dicho sea de paso.
Cuenta con una población joven estimada en unos 1.2 millones; abundante agua, clima estable y tierra altamente productiva, y una población rica en diferentes culturas que conviven en armonía.
Estos elementos pintan un país de oportunidades infinitas. Pero —siempre hay un pero—, los paraguayos enfrentamos un gran desafío: aprovechar estas oportunidades para el desarrollo de la nación, y no para el exclusivo beneficio de una élite habituada a jugar con barajas marcadas.
El Paraguay, tierra de oportunidades, debe superar ese humillante contraste entre el ciudadano de a pie que vive acogotado por carencias estructurales históricas, y una superestructura política y administrativa sin ética ni sentido de patria, que vive en una burbuja dorada a costa de los recursos del Estado.
Necesitamos superar los lastres que nos impiden despegar como nación. Los pies de plomo que nos mantienen anclados en el atraso y la miseria y frenan la marcha del país a un destino de grandeza.


