Opinión

Marset: cuando el narco se convierte en aspiración social

Por: Pablo Noé

| Por La Tribuna

La escena podría ocurrir en cualquier canchita de fútbol del Paraguay. Un partido entre conocidos y, de repente, aparece un tipo que nadie ubica demasiado. Llega en una camioneta llamativa, con botines nuevos y un reloj que brilla más de lo necesario. No necesariamente juega bien, pero sí con seguridad. Cuando termina el partido paga las cervezas para todos, habla poco, sonríe mucho y se va sin explicar demasiado de su vida. Alguien lo mira irse y dice la frase que resume todo: “Oiko porã.” Nadie pregunta demasiado de dónde salió el dinero. Tampoco parece importar.

Esa escena pequeña dice más sobre nuestra cultura que muchas crónicas policiales. Porque detrás de historias como la de Sebastián Marset no solo hay delitos, persecuciones internacionales o expedientes judiciales. Hay también algo más incómodo: la construcción de un personaje que, durante un tiempo, logra convertirse en un relato aspiracional. El hombre que aparece en el fútbol, que se mueve con plata, que parece haber encontrado una puerta secreta para entrar a un mundo donde el poder y el dinero circulan con naturalidad.

No es casualidad que ese tipo de personaje genere comentarios, curiosidad o incluso cierta admiración silenciosa. En Paraguay tenemos una palabra muy precisa para describir ese fenómeno: vyro chusco. No es solamente el ostentoso. Es el que exhibe, exagera, muestra lo que tiene porque antes no tuvo nada. La ostentación funciona como una revancha simbólica, como un mensaje simple pero poderoso: mírenme ahora.

Las sociedades siempre producen sus propios modelos de éxito. En algunos lugares se admira al científico, al maestro, al emprendedor que construye algo con paciencia. Pero cuando el sistema parece lento o inaccesible para muchos, empiezan a aparecer otros referentes: personajes que rompen las reglas y aun así ganan.

La psicología social explica que las personas no solo admiramos virtudes morales; también admiramos estatus. Y el estatus se reconoce rápido: autos, fiestas, contactos, dinero visible. Cuando alguien exhibe esos signos, incluso sabiendo que hay sombras detrás, una parte de la sociedad siente esa mezcla incómoda de rechazo y fascinación.

El problema no es solamente Marset ni ningún nombre propio. El problema aparece cuando ese tipo de personaje encaja demasiado bien en el imaginario cultural. Cuando deja de ser una anomalía para transformarse en una historia que cuenta con una mezcla peligrosa de crítica y admiración.

La detención de un narco puede cerrar un capítulo policial. Pero la pregunta incómoda queda flotando en la cancha, en la mesa del bar, en la conversación de siempre: ¿en qué momento empezamos a mirar a estos personajes no solo con miedo, sino también con una silenciosa fascinación?

También te puede interesar

Últimas noticias