Ahh… son fantásticos: alegres, bailarines. ¡Y qué mujeres! El carnaval más sensual del mundo, las praias paradisíacas —cientos de ellas— desde Camboriú hacia el nordeste, maravillas con garotas tomando sol en coloridos bikinis… la cidade maravilhosa, el Maracaná. Uno puede copiar cualquiera de esos folletos turísticos y verá que todo es cierto. Así de espléndido es el país.
El Brasil “turístico”, maravilhoso. El Brasil “vecino”, en cambio, una tragedia.
Nos perjudicaron desde la época colonial. Ni hablar de la Gran Guerra, un ejemplo de crueldad y sadismo pocas veces visto en la historia de las bajezas humanas. La quema del hospital de sangre en Piribebuy, con todos los heridos, médicos y enfermeras adentro, es uno de esos episodios que hielan la sangre. Crónicas de la época cuentan que el hedor a carne quemada permaneció en el sitio mucho después de terminada la contienda. Jamás pidieron disculpas —si es que cabían— ni devolvieron los trofeos de guerra. Pero vaya y pase.
También se quedaron con más de 60.000 kilómetros cuadrados de territorio paraguayo; toda la zona de Mato Grosso do Sul y áreas colindantes. Imagínense.
Y no contentos con eso, años después nos invadieron para quedarse con los Saltos del Guairá. Pero recibieron un akapete del “Trump” de entonces y se marcharon calladitos.
Volvieron luego, claro. Aquel episodio, curiosamente, ayudó a persuadirlos de aceptar la construcción, mitad y mitad, de la represa de Itaipú, ese supuesto “símbolo de la hermandad entre dos pueblos”.
El tratado, sin embargo, traía un aguijón envenenado que nos rompió la paridad para siempre. Los estrategas de Itamaraty previeron que Paraguay no consumiría nada de su parte de energía y colocaron una cláusula que nos obligaba a vender, “ceder”, insistía ladinamente Debernardi, ese excedente únicamente al socio brasileño, en condiciones leoninas y a precio vil. Terminamos subsidiando durante décadas el desarrollo brasileño con energía abundante y prácticamente regalada.
Ahora, luego de 50 años, esos términos pueden renegociarse: el famoso Anexo C. Pero ponen todo tipo de trabas, incluso nos espiaron. Vaya “estos irmãos”.
De Brasil también nos llegaron otras plagas: desde el terrible asesinato de Santiago hasta los barones de la droga. Muchos de los grandes capos del contrabando en Ciudad del Este son brasileños. La lista es larga.
Traigo a colación todo esto no por mala onda, sino porque vi que los debates del reciente uno de marzo volvieron a centrarse en la figura del mariscal y no en estos temas que, a mi juicio, son el verdadero quid de la cuestión.
Aparentemente, algo está cambiando. Vi un listado de grandes empresas y empresarios brasileños que iniciaron gestiones para radicarse en Paraguay, atraídos por el buen ambiente de negocios que está logrando el Gobierno de Santiago Peña.
Ojalá sea el fin de una era de vejaciones y despojos. Y que se entierre para siempre aquella inveterada política de sorriso no rosto, a daga nas costas “sonrisa en la cara, puñal en la espalda”, con la que premiaron, hasta hoy, la hospitalidad paraguaya.
¡Se Deus quiser!… como dicen.


