La Tribuna que cambia el juego

La futura arquitecta que busca inspirar a los jóvenes indígenas

Desde las caminatas de 10 kilómetros bajo la madrugada en su niñez hasta los pasillos de la Universidad Nacional de Asunción, Milci Ferreira Morales ha convertido cada obstáculo en un cimiento. Hoy, como estudiante de Arquitectura, esta mujer de la comunidad Ava Guaraní demuestra que el camino al profesionalismo se construye con valentía, pinceles y el sueño inquebrantable de transformar su comunidad.

| Por La Tribuna
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Milci Ferreira Morales con una de sus obras en la Plaza Italia. La venta de sus dibujos y acuarelas cada sábado es uno de los pilares que le permite costear la carrera de Arquitectura en la UNA.

Bajo el sol que calienta la tierra colorada de Canindeyú, Milci Ferreira Morales aprendió que el camino hacia los sueños no tiene atajos; solo huellas profundas. Miembro de la comunidad indígena Ava Guaraní, de Mbói Jagua, su historia no es una línea recta, sino un tejido de resistencia, similar a las estructuras que hoy proyecta en papel.

Creció entre el aroma del campo y el rigor del trabajo en una estancia donde sus padres eran el sostén. Allí descubrió que la escuela era su refugio. Por eso, cuando el destino la obligó a regresar a su comunidad, Milci se negó a soltar los libros. Durante dos meses, mientras el mundo aún dormía a las tres de la mañana, ella ya estaba en pie. Caminaba 10 kilómetros diarios, desafiando la oscuridad y el cansancio, solo para terminar el ciclo escolar en el lugar que la vio crecer. Fue su primer gran acto de rebeldía contra el “no se puede”.

La adaptación a su propia comunidad fue un duelo silencioso, un rompecabezas que le costó armar, pero que finalmente aceptó. Sin embargo, su horizonte siempre estuvo más allá del monte. Al formar pareja, se mudó a Luque con una promesa innegociable: el amor no sería un ancla, sino un puerto desde donde partir a la universidad.

El camino académico fue una prueba de fuego. Pasó dos años en Ingeniería industrial hasta que la pandemia apagó las pantallas; sin computadora, sin un celular capaz de sostener la virtualidad y sin recursos para el saldo, tuvo que soltar. Intentó con Derecho durante tres años, buscando un propósito que no terminaba de encajar en su alma. Pero la persistencia es una herencia ancestral.

Un encuentro fortuito en el hospital indígena de Limpio con el referente Panta Piris cambió el rumbo. Al enterarse de los cupos para estudiantes indígenas, Milci no dudó. Ni siquiera una cirugía de vesícula pudo detenerla: apenas 24 horas después de salir del quirófano, con los puntos y el cuerpo dolorido, se subió a un taxi para llegar al Rectorado de la Universidad Nacional de Asunción. El miedo a perder su oportunidad era más fuerte que cualquier dolor físico.

Ingresar a Arquitectura fue un hito, pero el primer semestre fue una montaña de silencio. Su lengua materna, el guaraní, vibraba en su mente, pero el castellano se trababa en su garganta al intentar comunicar sus ideas. Con el apoyo de compañeros y docentes, que supieron ver su potencial, Milci rompió esa barrera. Hoy es la tercera persona indígena en alcanzar un lugar en esta carrera, una de las más exigentes y costosas de la UNA.

La falta de dinero no la detiene, solo hace que su proceso sea más pausado, más artesanal. Milci no solo estudia Arquitectura, la construye con sus propias manos. Trabaja con contratistas haciendo tareas de albañilería, aislación y pintura, aplicando en la obra lo que aprende en las aulas. Cada ladrillo que coloca es un paso más hacia su título. Además, en 2025 descubrió la magia de la acuarela; ahora, sus dibujos se venden cada sábado en la feria agroecológica de la Plaza Italia, transformando el arte en sustento para ella, su hijo de 9 años y sus sobrinos huérfanos que quedaron al cuidado de su madre en la comunidad.

Milci recuerda con ternura los consejos de sus maestras de primaria; aquellas que le dijeron que debía salir adelante. Hoy, ese mandato es su motor. Quiere ser arquitecta no para el prestigio personal, sino para volver a su pueblo con herramientas. Quiere diseñar espacios que dignifiquen a su gente y ser el espejo donde otros jóvenes indígenas puedan verse y recuperar la valentía de mostrar quiénes son.

Su vida es un testimonio de que el “error” es solo parte del diseño final. Entre planos, maquetas y el barro de la obra, Milci Ferreira Morales demuestra que ser profesional es una forma de honrar sus raíces y que, aunque el camino sea largo y se camine de madrugada, siempre se llega a donde el corazón proyecta.

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