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Mariela Morínigo: el arte de bordar esperanza tras el dolor

Tras perder a su esposo y su empleo en el rincón más crítico de la pandemia, Mariela Morínigo transformó el dolor en hilos de esperanza. Desde Hohena…

| Por La Tribuna
Mariela Morínigo acompaña a su hijo Josué en su primer día de cursillo en la Universidad Nacional de Itapúa. Aquel niño, que jugaba entre telas mientras su madre aprendía el arte del ñandutí para sobrevivir, hoy inicia su camino en Ingeniería Informática.

Tras perder a su esposo y su empleo en el rincón más crítico de la pandemia, Mariela Morínigo transformó el dolor en hilos de esperanza. Desde Hohenau, Itapúa, esta enfermera de profesión abrazó el arte del ñandutí para sostener a sus dos hijos, convirtiéndose en un símbolo de superación que llevó la voz de la mujer paraguaya hasta los foros de Taiwán.

En el 2020, la vida de Mariela Morínigo se detuvo abruptamente. Mientras el mundo se encerraba por la pandemia, ella se enfrentaba a un silencio ensordecedor: la pérdida de su esposo y, casi en simultáneo, la desaparición de su sustento económico. Enfermera de profesión, Mariela se encontró de repente con las manos vacías de certezas, pero llenas de la urgencia de alimentar a sus dos pequeños hijos, Josué y Rocío.

Lo que sigue no es solo una historia de supervivencia, sino una crónica sobre cómo el dolor puede transformarse en hilos de colores y cómo la desesperación, bajo la luz adecuada, se convierte en una fuerza imparable. Al principio, Mariela hizo de todo. Su espíritu inquieto la llevó a incursionar en la carpintería, a bordar zapatillas y a confeccionar bolsos. Cada puntada era un acto de fe; cada objeto vendido, el pan para ese día. Sin embargo, el destino le tenía reservado un tejido mucho más complejo y brillante.

En 2022, surgió una oportunidad que cambiaría el rumbo de su familia. A través del Proyecto de Empoderamiento de Mujeres, apoyado por la Misión de Taiwán, Mariela fue seleccionada para una capacitación intensiva en el rubro textil. La propuesta era ambiciosa: dejar su hogar por un mes para trasladarse a Asunción. Pero Mariela no se fue sola. Con la determinación de quien no conoce imposibles, viajó con sus dos hijos. Gracias al apoyo total de la organización, que cubrió cada gasto, pudo concentrarse en aprender el arte de la confección de prendas con apliques de ñandutí y ao po’i.

“Me emociona recordarlo”, confiesa hoy con una voz que vibra entre la nostalgia y el orgullo. Ese mes en la capital fue suficiente para fusionar su talento con la técnica. Poco después, su esfuerzo fue coronado con un capital semilla. Ese premio no fue solo dinero; fue el motor para comprar máquinas de coser y añadir el servicio de sublimación a su emprendimiento, bautizado con amor como “Josué Creaciones”.

Pero la vida, que tanto le había quitado en 2020, decidió devolverle el gesto con un viaje que jamás se atrevió a soñar. La embajada la invitó a cruzar el océano hasta Taiwán para compartir su testimonio en un foro internacional. Allí, Mariela no se sintió una mujer sola frente al micrófono; se sintió la voz de cientos de paraguayas que, como ella, luchan en el anonimato. Fue la representante de la resiliencia guaraní ante el mundo, llevando el ñandutí como una bandera de empoderamiento.

Hoy, el panorama es radicalmente distinto al de aquel año oscuro. Aquellos niños pequeños que fueron su motor, hoy son sus socios. Josué, ese niño que la acompañaba a las clases de costura, hoy se encarga del marketing digital y las redes sociales del negocio, mientras estudia intensamente para ingresar a Ingeniería Informática en la Universidad Nacional de Itapúa. Rocío, en el sexto grado, es el recordatorio constante de que la lucha valió la pena.

“Josué Creaciones” ya no es solo una mesa de trabajo en una esquina de la casa. Es una marca que vende por catálogo a todo Paraguay y al exterior. Desde blusas con delicados detalles de ñandutí hasta uniformes empresariales y termos personalizados, Mariela ha logrado fusionar la tradición con la demanda moderna. En invierno, sus camperas son el refugio de muchos, y en las temporadas escolares su taller es un hervidero de actividad.

Sostenida por el apoyo incondicional de su madre y sus hermanos, Mariela atribuye su éxito a un pilar innegociable: la fe. Para ella, el agradecimiento es la llave que abre todas las puertas. “Al mirar atrás, nunca imaginé viajar o tener este capital. Las oportunidades que tuve en 2020 parecían imposibles”, reflexiona. Su mirada ahora apunta al futuro, con la meta clara de exportar y establecer puntos de distribución fijos, llevando la identidad paraguaya a cada rincón del planeta.

Su mensaje para otras mujeres que hoy atraviesan su propio desierto es directo y cargado de empatía: “Tengan fe. Confíen en que son capaces de lograr lo imposible. Luchen con actitud positiva, porque no están solas”. Y a sus hijos les repite su mantra diario: la educación es el único camino. Sueña con verlos profesionales, pero, sobre todo, sueña con que sean solidarios. “Debemos devolver lo que recibimos. Otros nos van a necesitar y allí debemos estar nosotros”, afirma con la sabiduría de quien sabe que la vida es, al igual que el ñandutí, una red donde todos estamos conectados.

Mariela Morínigo ya no solo cose prendas; ella teje esperanza. Su historia es la prueba de que, incluso cuando el hilo de la vida parece cortarse, siempre se puede volver a empezar, puntada tras puntada, hasta diseñar un destino nuevo.

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