Hay vidas que no se miden en años, sino en latidos, en nacimientos y en el rastro imborrable de una entrega absoluta. En las calles de Bella Vista, Itapúa, el nombre de Celia Saturnina Olivera viuda de Velaztiquí no es solo un registro civil, es un sinónimo de esperanza, una institución de carne y hueso que, a sus 85 años, sigue siendo el faro sanitario de una comunidad que la vio llegar hace más de medio siglo para cambiar su destino.
Era 1970 cuando una joven obstetra, formada en las aulas de Asunción y movida por un propósito que trascendía lo profesional, pisó por primera vez este distrito. Llegó acompañada de su esposo, Nabor Velaztiquí, en una época donde la palabra “hospital” era un anhelo lejano y la enfermedad se enfrentaba con la soledad. No había médicos, no había puestos de salud, solo el monte, el río y la necesidad urgente de una mano que supiera qué hacer en el momento del dolor.
Con la determinación que solo poseen las pioneras, Celia no esperó a que el progreso golpeara su puerta. Lo construyó ella misma. Junto a Nabor, alquilaron un local precario para instalar el primer puesto sanitario. Pero su visión era mayor. Cada parto que asistía, cada vida que recibía en sus manos, se convertía en un ladrillo para el futuro. A razón de 2.500 guaraníes por alumbramiento, Celia fue ahorrando peso sobre peso. Ese dinero, sudado en noches de vela y esfuerzo, se sumó a la colaboración de vecinos y empresarios para comprar el terreno donde hoy se erige el Centro de Salud local. Ella no solo curó cuerpos, sino que cimentó la salud pública de todo un pueblo.
Detrás del mostrador de su farmacia, que hoy funciona como un consultorio donde el tiempo parece detenerse ante su lucidez, doña Celia recuerda sus tres primeras décadas con una sonrisa que ilumina su rostro surcado por la experiencia. En un cuaderno constaban los registros de 600 partos. Seiscientos gritos de vida que ella escoltó hacia el mundo, todos por vía natural, incluidos mellizos y aquel legendario bebé de casi seis kilos que hoy es un hombre fuerte. “Gracias a Dios, jamás tuve un problema”, afirma con una satisfacción que no es soberbia, sino la paz de quien ha cumplido una misión divina.
Hoy, esos niños son adultos que regresan a buscarla, no solo por una dolencia física, sino por la bendición de esa “mamá guasu” que los recibió al nacer. Aunque se jubiló oficialmente del Ministerio de Salud en el 2010 tras 40 años de servicio, la palabra “descanso” no figura en su diccionario personal. Para Celia, la jubilación es un trámite administrativo; su vocación es eterna. “Solo me jubilaré el día que muera”, sentencia con un vigor que desafía cualquier cronología.
Su espíritu inquebrantable la llevó incluso a la arena pública como concejala municipal y a fundar un hogar de ancianos que hoy dirige con la misma pasión con la que asistía los partos en la oscuridad de los años setenta. Acompañada por el recuerdo de su amado Nabor, quien fue su anestesiólogo y compañero de batallas hasta los 92 años, y sostenida por el amor de sus hijos Raquel, Judith y Nabor, sus nietos y bisnietas, Celia sigue activa.
A los nuevos profesionales de blanco les deja un legado que no se enseña en las universidades: “Que no lo hagan por necesidad, que lo hagan por vocación pura”. Porque para ella, ser enfermera y obstetra nunca fue un empleo; fue un llamado. 55 años después de su llegada, Bella Vista la sigue abrazando. Y ella, firme en su puesto, sigue respondiendo con la misma premisa que la trajo hasta aquí: no dejar a nadie tirado, servir hasta que Dios diga basta. Celia Olivera es la prueba viviente de que cuando el corazón manda, el tiempo se rinde ante la voluntad de una mujer empoderada por el amor a su prójimo.


