Emilio Barreto: arte, memoria y supervivencia en Emboscada

Prosiguiendo con las historias del campo de concentración de Emboscada, en esta ocasión un actor y militante cuenta su experiencia en la cárcel para presos políticos de la dictadura stronista.

| Por Edson Vázquez
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Emilio Barreto, actor y militante comunista. Estuvo preso por 13 años en la dictadura stronista y el arte fue su mecanismo para sostenerse emocionalmente en todo ese tiempo. Foto: Emilio Ayala.

Emilio Barreto, oriundo de Villarrica, es un conocido actor popular destacado por sus trabajos en el teatro y en el cine. Su perfil actual dista mucho de lo que vivió antes de 1989, año en que cae el dictador Alfredo Stroessner.

En total estuvo 13 años preso por su militancia comunista. Su posición política siempre fue clara y eso le costó caro. En su casa de Lambaré, Emilio ya nos esperaba sentado en su corredor frontal con las piernas cruzadas y mirando a lo lejos. “Mba’eteko? pasen pues” nos dice al llegar y directamente ingresamos a su pequeño santuario marxista en donde se ven cuadros de Lenin, del Che Guevara y varios libros sobre materialismo histórico y otras teorías filosóficas y políticas.

Recientemente volvió a la pantalla grande con la película “Timoteo”, pero su camino actoral no sólo fue delineado en cursos, talleres o importantes teatros. Su talento para la actuación y para el canto también lo desplegó en el Campo de Concentración de Emboscada, en el elenco “Asajepyte”: un grupo de personas de diversos grupos políticos que se reunían a la siesta para ensayar diálogos y técnicas de actuación.

Marcado por el encierro

Con más de ocho décadas de vida, su memoria sigue firme y no da tregua al paso del tiempo, tiempo que perdió tras las rejas de los calabozos de la Policía Nacional. Su padre, quien huyó a Clorinda (Argentina) de la Revolución de 1947 era buscado por el gobierno de ese entonces. En esa redada, toda su familia queda presa y él con apenas siete años, cae preso con su madre y son retenidos en la actual comisaría séptima.

Para ese entonces, sus padres ya militaban en el Partido Comunista. La dirección del partido, cuenta, decidió emprender un plan de fuga para Emilio y su familia. “Una mercadera llamada María Rubio, aceptó ejecutar el plan. Se viste de burrera y se va con sus árganas, que estaban vacías. En uno me mete a mí y en el otro a mi hermano, Desiderio. Ella se cambia de ropa con mi madre y se queda dentro del calabozo. Así nos fugamos y volvimos a Villarrica”, contó. Esta experiencia sería la antesala de lo que le depararía en gran parte de su adultez.

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“Falso positivo”

Explicó que en el contexto de la Guerra Fría y la persecución a los militantes comunistas de todo el continente, fue detenido el 22 de junio de 1965. En un tono angustiante, recuerda que la policía entró a su casa. “Yo escuché que sonó el portón de enfrente. Mi esposa (ya fallecida) estaba embarazada, y me dijo que seguramente eran las vacas nomás”. “Después ya vimos entrar a la policía con armas largas”. Llevaban apenas cinco meses de casados.

Barreto contó que fueron llevados al Departamento de Investigaciones de la Policía, hoy, en un tono casi irónico, denominado “Dirección de Derechos Humanos”.

Su esposa, Nimia, fue brutalmente torturada en la pileta, hasta perder su bebé. “Murió el que tuvo que haber sido nuestro primer bebé”, dijo.

“La pileta” consistía en una tina cargada de agua sucia, a veces con excrementos humanos, en donde los presos eran sumergidos con las extremidades atadas hasta quedar sin aire. Algunos muchos, murieron así.

Además, contó que en la dependencia policial lo acusaron de haber viajado a Checoslovaquia para instruirse en la guerra de guerrillas, pero aseguró que nunca comprobaron si había salido del país en ese tiempo. “Ese era un falso positivo, le agarraban a cualquiera y con esa ley mataban a cualquiera”, contó.

Y luego agregó: “Unos meses después la liberaron, pero yo seguí (preso). Pero nunca me hizo faltar ni un pedazo de pan”.

A partir de ahí inicia su recorrido por diversas comisarías: la tercera, cuarta, la séptima, Guardia de Seguridad y la octava. En todas, fue torturado, según contó. Pero en todas ellas, se pasó haciendo artesanía en cueros y huesos para generar ingresos, aparte de cantar y declamar poemas con sus compañeros de celda.

Para esa época, Emilio ya era conocido por sus dotes actorales y por interpretar las más populares polcas y guaranias cantadas en esa época.

Rebeldía estudiantil

En un intento de relatar los hechos en orden cronológico, recordó que en su juventud el acto más rebelde que inició su sendero contestatario fue el de “romper filas”. Es decir, en los desfiles por los días patrios que se realizaban en presencia de Alfredo Stroessner, antes de llegar al palco presidencial rompían el orden del desfile generando un desorden que incomodaba al “tembelo”.

Su motivación: la violencia policial, la pobreza y la persecución a los que pensaban distinto al discurso presidencial.

Hacia lo desconocido

Su recorrido por los calabozos fue extenso y sinuoso. En la comisaría séptima, esa que la recibió con siete años de vida, forjó una larga amistad con Fernando Robles, con quien formaría un dúo de canto y quien más adelante infiltraría una grabadora de cassettes en la cárcel de Emboscada.

Tras más de una década de encierro itinerante por distintas dependencias policiales, fue trasladado a la citada cárcel junto a sus compañeros. Emilio evoca aquel viaje bajo el manto de la incertidumbre: la premura de empacar sus escasas pertenencias y la travesía en “combi” hacia una prisión cuyo destino final ignoraban por completo.

“No sabíamos adónde nos llevaban, era mucha angustia. Llevamos nuestra cama y la cama ningo es cualquier colchón... lo que encontrabas te servía de cama”, relató.

Para entonces, la información sobre una cárcel para presos políticos era desconocida y a decir de Antonio Pecci, otro preso político, el gobierno “se esforzó por esconder esta información”.

“La lógica te dice que no te llevan para matarte, porque voy a llevar mis cosas. Lo único que nos llevamos era nuestro nuestra lata de leche nido en donde cagábamos y meábamos”, dijo.

Cuando Emilio relata estos hechos lo hace con mucha vigorosidad pero a la vez con una mirada hacia lo lejos, como intentando recordar algún detalle más, aprovechando la ocasión de ejercicio memorioso.

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Una cárcel, cuatrocientos presos y el arte de por medio

Una vez salidos del camino asfaltado ingresaron a uno empedrado, hecho que los angustió más. El vehículo se detuvo y oyeron las trancas de un portal aparentemente grande. Luego se escucha otro, lo que les indicó que habían dos ingresos importantes. “Y yo miro ahí y veo un patio enorme y he visto una luna, media luna. Y vi un árbol”.

Los recuerdos para Emilio son muy nítidos, cuando los cuenta su cuerpo parece sentir las mismas sensaciones de cuando las vivió en esa época. “Nos pareció extraño porque llegamos y escuchamos niños llorando. Las criaturas había sido eran de las mujeres que ya estaban ahí”, recordó.

“Cuando entramos fue una alegría tremenda porque vimos a varios compañeros”, contó con una sonrisa de consuelo”.

Barreto llevó consigo un pirograbador con el que luego de organizarse entre los presos, lograron obtener el permiso para realizar trabajos de artesanía para venderlas y con eso sustentar su vida diaria. Luego, pasaría a formar parte del coro “Mayma Tetâgua Purahei” (El canto patriótico de todos).

Según los registros de la doctora Gladys Meilinger de Sannemann publicados en su libro El Paraguay en el Operativo Cóndor, fueron más de cuatrocientos los presos políticos que llegaron a ingresar al Campo de Concentración de Emboscada.

Organizados por el arte

El penal para presos políticos fue “inaugurado” el 6 de septiembre de 1976. Las primeras en llegar fueron las mujeres, provenientes de distintas comisarías del país. Tras la llegada de los varones, se organizaron por celdas y exigiendo al Coronel Félix Grau, director del penal, consiguieron poder habitar el patio y realizar peñas los sábados. Los mini conciertos quedaron registrados en grabaciones gracias a que un interno (Fernando Robles) lograría introducir clandestinamente un grabador de sonidos.

El relato sobre las progresivas victorias se repite en cada conversación con cada uno de los que estuvo ahí dentro. Los presos se organizaron para exigir que las puertas de las celdas permanezcan abiertas en ciertos horarios, atendiendo a la gran cantidad de niños que habitaban en el penal.

“Primero tenían que salir todos los nuevos e ir al baño a asearse. Había solamente dos baños. Porque ese era un correccional de jóvenes. Después mediante los reclamos se mandó a construir otros dos baños más. No pasó un mes para organizarnos”. “Y cuando se pilló que el director quiso poner una alambrada adentro para separarnos, las mujeres se plantaron y dijeron ‘No, nosotros no vamos a permitir y vamos a declarar una huelga, con la lucha eso se frenó”.

La dinámica dentro del penal cobró otro sentido con el arribo de Fernando Robles. Portando su guitarra —el mismo instrumento que lo acompañó desde su paso por la comisaría séptima—, el músico dio el impulso definitivo para que comenzaran los ensayos y se tejieran pequeños círculos de peña.

“Mi dúo era con Robles. Lo que más recuerdo es cuando grabamos ‘Alma Vibrante’ con Magdalena, le costaba mucho porque era muy sensible y se recordaba de su novio desaparecido”, contó.

En menos de cinco meses, aquellos ensayos informales evolucionaron hasta convertirse en mini festivales, celebrados los sábados durante las visitas como un necesario acto de recibimiento y esparcimiento. En este entramado creativo, Barreto no solo se integró al coro del penal, sino también al grupo de teatro, que más adelante lideraría Antonio Pecci.

Durante los casi dos años que Barreto permaneció en Emboscada, su tiempo estuvo marcado por la creación: destacó por su destreza en el pirograbado y la elaboración de piezas artesanales utilizando huesos, cueros y diversos elementos.

“Cuando teníamos nuestras funciones de teatro yo realizaba las invitaciones en un pedazo de cuero y las dejaba a los compañeros en su celda”, cuenta mientras nos muestra un ejemplar de ese “souvenir” de la época.

Respirando libertad

El 15 de febrero de 1978, tras permanecer 13 años recluido, Barreto obtuvo su libertad junto a otros cuatro compañeros: Rogelio Mora, Saturnina Almada, Gladys Fariña y Lupe Rodríguez. La liberación se produjo de manera inesperada un lunes por la tarde, justo cuando se preparaban para disputar un partido de fútbol en el penal.

“Desde lejos veíamos cuando llegaba una caperucita (vehículo de color rojo utilizado por la policía como patrullero) y ya nos preparábamos para cualquier noticia”.

Uno de los policías bajó del vehículo y al ingresar al penal leyó una lista de quienes serían liberados. Cuando Barreto escuchó el nombre de su compañero Mora, fue tanta su felicidad que corrió hasta donde este se encontraba para darle la noticia, pero la algarabía de su acto no le dejó oír que su propio nombre también estaba en la lista.

“Yo corrí al fondo para avisarle a mi compañero que estaba en la lista y no escuché que yo también estaba”, recordó con una airada carcajada.

Fueron llevados hasta la capital, ingresaron a la Comandancia de la Policía y fueron liberados todos. Era el año en el que la política exterior de Estados Unidos daba un giro a favor de los derechos humanos, marcando un posible fin a la estresante Guerra Fría. En esa línea, el régimen de Stroessner intentaba “blanquear” su situación frente a la comunidad internacional y accedió a liberar cientos de presos sin procesos judiciales.

La contención en el encierro

En Emboscada Emilio convivió con sus camaradas comunistas, con integrantes de las Ligas Agrarias, MOPAL, Movimiento Independiente, OPM y otros. La convivencia logró armonizarse alrededor del arte, como eje resignificador de sus vivencias durante la dictadura. Desde su estadía en las comisarías, el arte lo sostuvo emocionalmente, según sus palabras.

“Fue una manera de contención porque cuando estuvimos presos en la Guardia de Seguridad, Derlis Villagra (Secretario General de la Juventud Comunista, detenido y asesinado por la Policía) me dijo: ‘acá tenes una gran responsabilidad, sos artista, cantas y acá tenemos que hacer algo para contener la locura. Eso nunca me olvidé y eso lo llevé muy presente”.

Emilio habita una calma presente, custodiada por los ecos de Emboscada: el lugar donde la música, el teatro y la artesanía fueron el único oxígeno que impidió que el encierro los devorara.

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