Antonio Amancio Valenzuela Candia, conocido como Antonio Pecci, es el entrevistado de la ocasión quien con su característica amabilidad nos recibió en el patio del Centro Cultural Carlos Colombino en Asunción. Al momento de la entrevista, en el lugar está expuesta una muestra fotográfica sobre la vida de José Asunción Flores, creador de la guarania y marginado por el régimen de Alfredo Stroessner por sus posturas políticas.
Antonio es un reconocido periodista del área cultural y de la memoria histórica. En su juventud no fue indiferente ante el avasallamiento de los derechos básicos de las personas durante la dictadura. Su militancia lo llevó a estar preso y en un intento de “blanqueo”, el “tembelo” lo mandó a él y a más de cuatrocientas personas al Campo de Concentración - Cárcel de Emboscada, en donde se vieron las caras miembros del Partido Comunista, OPM, Ligas Agrarias, FULNA, sindicalistas entre otros.
Siempre en movimiento
Con su tono tranquilo, pero siempre enfocado, cuenta cómo en 1977 cae preso luego de insistir con artículos cítricos al régimen en las revistas “Criterio” y “Sendero”. Formó parte del “Movimiento independiente” (MI), nucleación sociopolítica en la que activaban centros de estudiantes de diferentes facultades de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) y de otros espacios civiles.
“Este movimiento le incomodaba al régimen por el hecho de que en sus publicaciones y en sus movilizaciones reivindicaba el tema de la libertad de los presos políticos”, dijo.
“En el estrecho espacio que el régimen le daba a organizaciones políticas y sociales, el Movimiento Independiente optó por trabajar en legalidad. Yo más bien fui responsable de la parte cultural y de articular con el elenco de teatro y con el elenco del nuevo cancionero en la música”, señaló.
En su recuento de revistas de la época, recordó al “Semanario”, que se publicaba con cierta periodicidad y resaltó su particularidad editorial, que era delineada por un consejo de líderes de centros de estudiantes universitarios.
“Eran los que fijaban la línea de los temas prioritarios”, recordó.
En ese recuento de sus colaboraciones periodísticas de la época, mencionó también al “Semanario”, que respondía a las posturas de la iglesia católica, a cargo del sacerdote Dionisio Gauto. En este espacio colaboraba con las páginas dedicadas a las personas desaparecidas. Su dinámica de trabajo era hacer el seguimiento e indagación sobre personas que habían sido detenidas por el régimen para que puedan ser publicados y socializados.
“Al publicarse eso era como darle una protección a esa persona para que no fuera desaparecida”, rememoró.
La cruzada por un intelectual
En la extensa conversación, camuflada de entrevista, Pecci rememoró la campaña por la liberación del escritor e intelectual Rubén Bareiro Saguier, ganador del premio “Casa de las Américas” (1971) por su obra “Ojo por diente”. A principios de octubre de 1972, Bareiro fue arrestado y permaneció encarcelado en el Departamento de Investigaciones de la Policía de Asunción, acusado de “presuntas concomitancias con el comunismo internacional”.
Este hecho conmocionó a los integrantes del MI, quienes decidieron emprender una campaña por su liberación. “Una de las cosas que hicimos, quizás lo más importante, fue firmar una carta abierta solicitando la libertad de Bareiro Saguier. Y eso se publicó en algunos medios de la época”, contó.
Entre las firmas estampadas en el documento estaba la de Josefina Plá. Ese hecho le costó su desvinculación de todas las escuelas públicas de Asunción donde enseñaba.
Otra de las acciones del MI -recuerda- fue buscar apoyo internacional.
Pecci fue el designado para realizar viajes en pos de encontrar voces que se alzaran en contra de la gran arbitrariedad ejercida por Stroessner y su régimen. Viajó hasta Buenos Aires, donde contactó con el escritor Augusto Roa Bastos, quien lo puso en contacto con distintos medios de prensa argentinos para dar a conocer la situación de Bareiro Saguier.
“Él cuidaba que yo le acompañara, pero no que aparecieran las noticias, porque sabía que yo tenía que volver al país”. “Roa estaba en ese momento terminando de escribir Yo el Supremo y dejó todo eso durante una semana”, recordó.
Al culminar su labor en la capital porteña, emprendió viaje a Montevideo, Uruguay, motivado por el mismo Roa. Ahí contactó con el poeta y periodista Mario Benedetti, quien a la brevedad encargó a uno de sus periodistas que hiciera el seguimiento de la campaña. El periodista encargado de procesar esa información fue un incipiente escritor de nombre Eduardo Galeano.
La presión internacional surtió efecto y el escritor, poeta y diplomático paraguayo fue liberado un mes después de su detención. Ya en libertad, tomó un vuelo a Brasil desde donde partiría hacia Francia, país donde volvió a ejercer sus trabajos académicos y sitio que aprovechó para denunciar los vejámenes sufridos por la población crítica al dictador paraguayo.
Detenido y condenado
A Pecci lo detuvieron en la madrugada del 22 de julio de 1977. Lo tuvieron en el Departamento de Investigaciones junto a otros compañeros, con quienes fue torturado por la policía. El motivo: la campaña sostenida a favor de la soberanía sobre los recursos naturales, específicamente en Itaipú. Fueron procesados y condenados por el juez Bernabé Valdez Martínez a un año de prisión bajo la Ley 209.
Directamente fueron enviados al penal de Emboscada para presos políticos, en el caso caratulado “Bogado Gondra y otros”.
Organizados con el arte
Con su mirada hacia lo lejos, Pecci recuerda que al llegar se toparon con una población penal de personas organizadas. Las celdas estaban abiertas de par en par y los presos políticos se manejaban con relativa libertad dentro del campo. Recuerda un patio interno grandioso, un árbol de guapo’y enorme y las peñas artísticas que realizaban. Sí, en plena dictadura los presos organizaban mini festivales artísticos para resistir.
Rápidamente se integró al cuantioso grupo de presos que, según los registros de la doctora Gladys Meilinger de Sannemann publicados en su libro El Paraguay en el Operativo Cóndor, fueron más de cuatrocientos.
“Yo conformé el grupo de teatro ‘Asajepyte’ (siesta), porque siempre ensayábamos de siesta”, recuerda. Montaron diez puestas en el tiempo que estuvo dentro, incluyendo piezas de Julio Correa y adaptaciones de Augusto Roa Bastos.
Organizaron proyecciones de cine con apoyo de la Alianza Francesa y Don Bosco Film, y se logró ingresar un televisor para ver el Mundial de fútbol de 1978.
“Cuando llegamos nosotros ya estaba constituido un comité de celdas integrado por un delegado por cada una de las 20 celdas que había. Había celdas más pequeñas para tres o cuatro personas y había dos celdas grandes”. “Se había logrado ya por gestión de este comité de delegados que las celdas se abrieran, porque en una primera época no contaban con eso, estaban todo el día dentro de la celda; pero se consiguió que se abrieran a las 7 de la mañana y se cerraran a las 6 de la tarde”, detalló.
El acompañamiento de la Cruz Roja Internacional y del Comité de Iglesias
A finales de 1975, tras la masiva detención de miembros del Partido Comunista, las comisarías y delegaciones policiales habían colapsado de presos y presas.
En ese contexto se creó el “Comité de Iglesias”, liderado por el Arzobispado de Asunción. Dicho órgano asistió a los presos con alimentos, ropa y medicamentos, junto con la Cruz Roja Internacional, organismo que reclamaba al gobierno de Stroessner garantías humanitarias para las personas privadas de su libertad.
Pecci mencionó que la dictadura intentaba “esconder” mediáticamente la existencia de la Cárcel de Emboscada. Pero con las visitas de las citadas instituciones, y con otras de figuras sociales importantes como monseñor Rolón, la visibilización de un sitio de presos políticos fue tomando fuerza.
Además, destacó que mediante gestiones del Comité de Iglesias lograron introducir elementos e insumos de trabajo para la realización de artesanías, que luego serían puestas a la venta para que los presos pudieran enviar dinero a sus familiares.
Sobre ese punto, recordó a su amigo, el actor y cantante Emilio Barreto, con quien conjugaba sus talentos para realizar pirograbados en cuero y otros elementos, siendo admirados hasta por los propios guardias y autoridades del penal.
Un registro único en el mundo
A mediados del 77, Fernando Robles, uno de los presos, logró introducir un grabador de casetes con el que registró todas las peñas y serenatas que cantaban los reclusos. Ya en tiempos de democracia, logró editar un disco doble titulado Sonidos de la memoria, en el que recoge las mejores grabaciones hechas en las celdas a escondidas de los guardias.
Pecci recuerda que había muchas diferencias ideológicas entre ellos, pero en el afán de sostenerse mutuamente, organizarse alrededor del arte los mantuvo firmes.
“Allí se demostró la firmeza de espíritu de nuestra gente, de hombres y mujeres que por nuestras convicciones estábamos ahí. Ese penal fue un ejemplo de convivencia, de mantener posturas y de tener la capacidad de organizarse contraviniendo las normas del régimen. Nos organizamos y de ahí impulsamos toda esa serie de acciones”.
“Estábamos gente del interior, de la capital, profesionales, artesanos, albañiles, cocineras… nos sentíamos unidos ante esa adversidad”, dijo.
Sostuvo que todos los que estuvieron ahí dentro mantuvieron “la bandera de la cultura, la libertad y de la paz”.

