En más de una ocasión, diplomáticos paraguayos insinuaron que, si no llegaba la ayuda requerida desde Washington, Asunción buscaría ayuda en otra parte, incluso entre los países del bloque soviético.
Por ejemplo, en 1958 el canciller Raúl Sapena Pastor le dijo al subsecretario de Estado Roy Rubottom que, si Estados Unidos continuaba favoreciendo a Bolivia y rechazaba los pedidos paraguayos, Paraguay podría verse obligado a recurrir a la ayuda soviética. Un año después, en diciembre de 1959, el vicecanciller Luis Ramírez Boettner transmitió el mismo tipo de advertencia al primer secretario de la embajada estadounidense, Philip Burnett: ante las demoras de la ayuda prometida por las Naciones Unidas y por Estados Unidos, Paraguay consideraría otras fuentes, y había recibido ofertas soviéticas de ayuda sin condiciones.

La reacción estadounidense fue clara y rápida: hizo saber a los funcionarios paraguayos que manipular las rivalidades EEUU–URSS para forzar ayudas era inaceptable. Más allá de la retórica, la sola posibilidad de que Paraguay entablara relaciones oficiales con la Unión Soviética hubiese significado un riesgo mayor para la continuidad del régimen de Stroessner.
A pesar de estos momentos tensos, la relación entre Paraguay y Estados Unidos terminó fortaleciéndose. Se consolidó una práctica de intercambio: apoyo económico y material a cambio de alineamiento político y cooperación estratégica.
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En la práctica, el anticomunismo fue una herramienta útil para conseguir fondos, pero no siempre fue la causa primaria: muchas decisiones se guiaron antes por la necesidad de mantener la estructura de poder y los recursos que la sostenían. Así, la política exterior del régimen combinó pragmatismo económico y lealtades ideológicas según conveniencias inmediatas.


