La Tribuna que cambia el juego

Honrar la vida: el testimonio de un luchador incansable

Nacido en un hogar humilde y marcado por un diagnóstico incierto, Cayo Acosta Cuenca transformó los prejuicios de su infancia en una carrera de décad…

| Por La Tribuna
Agregar La Tribuna en
Igualdad de oportunidades: el norte innegociable de un hombre que hizo de la palabra su mejor herramienta de lucha.

Nacido en un hogar humilde y marcado por un diagnóstico incierto, Cayo Acosta Cuenca transformó los prejuicios de su infancia en una carrera de décadas. De las muletas de hierro fabricadas por su padre a la vanguardia de la inteligencia artificial, su vida es un testimonio de cómo la voluntad puede derribar las barreras más altas del mundo.

En el Paraguay de 1960, un año bisiesto que parecía augurar un destino fuera de los moldes, nació Cayo Sebastián Acosta Cuenca. Hijo de la fuerza obrera de don Cayo y la sabiduría campesina de doña Fermina, su vida comenzó con un desafío que nadie esperaba: a los catorce meses, sus padres notaron que sus piernas no seguían el ritmo de los demás niños. Lo que para muchos —vecinos cargados de prejuicios y parientes distantes— era susurrado como un "castigo divino", para Cayo fue el inicio de una resistencia que duraría más de seis décadas.

La infancia de Cayo fue un laberinto de diagnósticos inexistentes y tratamientos feroces. En medio del duelo por la muerte de su pequeño hermano Mario, sus padres emprendieron una peregrinación desesperada por consultorios, curanderos y brebajes. A los 12 años, casi sucumbe a una intoxicación por un "remedio" de patas de vaca, y poco después, vivió la humillación pública en un escenario donde un pastor mediático le exigió caminar bajo la promesa de un perdón divino que él no necesitaba. Cayo se estrelló contra el tablado aquel día, pero mientras el charlatán buscaba excusas para su fracaso, el espíritu del niño se mantuvo en pie.

La verdadera "sanación" no vino de un milagro, sino de su propia voluntad y del ingenio de su padre. "Este quiero, papá", dijo señalando una foto de un amigo de su progenitor con bastones canadienses. Ante la falta de recursos, el viejo recurrió a un amigo herrero para fabricar unas de hierro puro. Con diez años y muletas pesadas, Cayo por fin pudo dejar los andadores y caminar orondo hacia la escuela.

Desde la despensa de su madre aprendió a observar la vida. Su grito de "¡hay que viene!" para avisar la llegada de clientes no solo fortaleció su caja torácica, sino que aprimoró las cuerdas vocales de quien soñaba con ser locutor. Sin embargo, el mundo exterior era una fortaleza de escaleras y rechazos. A los 16 años, impulsado por el dolor de un comentario discriminatorio que dudaba de su capacidad para tener pareja por no poder manejar, Cayo tomó las llaves de la Kombi familiar y, recordando cada movimiento visto, arrancó el motor. Ese Escarabajo azul que llegaría después no era solo un auto, era su libertad y su entrada a la militancia contra la dictadura.

A pesar de estudiar caricatura, cinematografía, locución y periodismo, se topó con el enemigo más difícil de vencer: la barrera actitudinal. Los medios y empresas le cerraban las puertas con excusas elegantes sobre su voz o su talento, ocultando un prejuicio profundo. "Casi me convencen de que no era capaz", reflexiona hoy. La validación llegó desde el norte: una radio en Nueva York lo contrató como corresponsal sin verlo físicamente. Su voz voló sobre fronteras, demostrando que el talento no tiene discapacidad.

El año 2006 marcó un antes y un después con la aparición de la Convención por los Derechos de las Personas con Discapacidad. Aquella herramienta jurídica le permitió cambiar sus propios paradigmas y liderar la defensa de su sector. Con este norte, ingresó a Itaipú Binacional en el 2010, fundando el Comité de Diversidad Funcional y transformando la institución hasta su jubilación en el 2020.

Hoy, a 37 años de haber formado su hogar con María Teresa, Cayo es un emprendedor digital y comunicador que domina la inteligencia artificial. Mira hacia atrás y comprende que no era su voz ni sus dibujos el problema, era un sistema que no sabía ver más allá de una muleta. Su lema sigue siendo "Igualdad de oportunidades", y su vida, un testimonio vibrante de que la mayor discapacidad es la falta de empatía, mientras que la mayor virtud es, simplemente, honrar la vida.

También te puede interesar

Últimas noticias