Patricia Adorno, abogada y doctora en Derecho, paraguaya en Brasil, cambió las leyes por el arte culinario. Desde Río de Janeiro fusiona sus raíces guaraníes con la inclusión social y el éxito en redes.
A veces, la vida se encarga de demostrar con una sutil ironía que las leyes no solo se escriben en los códigos fríos de la jurisprudencia, sino también en las recetas que viajan apretadas en la maleta de una migrante. Para Patricia Adorno, abogada paraguaya y doctora en Derecho Público y Gobernabilidad, el cambio de escenario de Asunción a Río de Janeiro no significó una renuncia a su esencia intelectual, sino una transformación profunda y necesaria. Su historia es un testimonio de resiliencia, donde la academia y el arte culinario se fusionan para dar voz a una cultura que late con fuerza propia en el extranjero.
Su trayectoria previa en la gestión pública, la planificación y los derechos humanos le permitió conocer de cerca, y desde una perspectiva técnica, las crudas realidades sociales y los complejos procesos migratorios que atraviesan América Latina. Sin embargo, en septiembre del 2021, la migración dejó de ser un objeto de estudio sociológico para convertirse en su propia piel. Por una razón estrictamente familiar, tras los desafíos globales de la pandemia, tomó junto a su marido la decisión de mudarse a Brasil. “Migrar también es eso: adaptarse, reorganizar la vida y construir un nuevo hogar sin perder la identidad de quién una es”, reflexiona Patricia. Desde entonces, habita la Cidade Maravilhosa con el corazón anclado en su tierra guaraní, entendiendo que el desarraigo es, en realidad, una oportunidad para florecer de nuevo.
La gastronomía no apareció en su vida por azar; fue una síntesis natural de muchas influencias que siempre estuvieron presentes en su historia personal. Viniendo de una familia profundamente vinculada al arte —su padre era escultor— y habiendo estudiado danza hasta formarse como profesora, Patricia siempre mantuvo un equilibrio delicado entre la estructura analítica del derecho y la sensibilidad creativa. Encontró en la cocina esa combinación perfecta entre ciencia, técnica, emoción y sentido de pertenencia.
Al decidir estudiar gastronomía de manera profesional tras años dedicados a las leyes, Patricia sintió la necesidad vital de volver a sus raíces. Eligió conscientemente enfocarse en la gastronomía paraguaya, en el saber ancestral de los pueblos originarios y en lo que ella denomina “comida afectiva”. Era su manera de habitar el mundo desde la distancia y de llevar Paraguay consigo a donde quiera que fuera. No fue un camino exento de desafíos; la gastronomía de Paraguay ha sido históricamente poco conocida y, en muchos casos, invisibilizada fuera de sus fronteras. Sin embargo, Brasil la recibió con una mezcla de curiosidad y generosidad. A través de la Asociación Brasileña de Chefs de Cocina y Bartenders, comenzó a dictar clases, realizar aulas show y dialogar con el mundo académico gastronómico desde el respeto y el intercambio cultural. Su labor busca los puntos en común entre ambas naciones, reconociendo las raíces guaraníes que hermanan a los dos territorios y demostrando que nuestras cocinas dialogan desde hace siglos.
En este proceso de visibilización, la tecnología se convirtió en su mejor aliada y en un altavoz sin fronteras. A través de su cuenta de Instagram, Pomelo Rossa, Patricia construyó un espacio que nació de forma orgánica para registrar su formación académica en gastronomía, pero que pronto evolucionó hacia algo mucho más trascendente. En Pomelo Rossa, las historias se cuentan desde lo cotidiano y lo visual, utilizando la plataforma como una extensión de su propio proceso migratorio. Ella entendió que no se trata solo de mostrar platos estéticamente perfectos, sino de otorgar valor a la cultura alimentaria y a la memoria que habita en cada ingrediente. Las redes sociales son, en su visión, un puente para preservar tradiciones y crear comunidad, demostrando que la cocina paraguaya puede dialogar perfectamente con la técnica moderna y la fusión creativa.
Para Patricia, el éxito de un plato en el extranjero radica en el relato que lo acompaña. Según su experiencia en Brasil, hay tres grandes embajadores que siempre logran enamorar al público. En primer lugar, el vori vori, recientemente destacado como el mejor plato del mundo por la guía TasteAtlas. En segundo lugar, la sopa paraguaya, que despierta una curiosidad instantánea por su nombre contradictorio. Finalmente, el mbeju, que conquista por su textura única y su naturaleza libre de gluten, convirtiéndose en una opción inclusiva y fascinante para el paladar contemporáneo brasileño.
Hoy, su propósito trasciende los fogones y se conecta nuevamente con su formación original en derechos humanos. Su trabajo está íntimamente ligado a las mujeres migrantes que, al igual que ella, deben reconstruir sus vidas desde cero en un país desconocido. Patricia comprende que muchas llegan sin redes de apoyo, con el idioma como primera barrera y con la urgencia económica de encontrar un camino posible. En ese contexto, la gastronomía se convierte en un primer sostén: una forma de generar ingresos inmediatos, pero también un vehículo para recuperar la confianza, la identidad y el sentido de pertenencia.
Actualmente trabaja intensamente en la consolidación de una ONG y en el desarrollo de iniciativas donde la cocina sea una herramienta de inclusión, autonomía y dignidad humana.
“Migrar es un derecho humano, un proceso desafiante, pero profundamente transformador”, afirma con convicción. Para Patricia Adorno, migrar es construir nuevos caminos sin soltar lo que somos. Cada vez que comparte una receta en sus redes o sirve un plato en Río está realizando un acto de resistencia y esperanza.



