Hay lágrimas que tardan sesenta años en secarse. Las de Pánfilo Ferreira brotaron en una tarde polvorienta de la década del 60, en Coronel Bogado, cuando su padre le dio la orden que ningún niño con hambre de saber debería escuchar: “Tenés que dejar la escuela, hay que trabajar”.
Pánfilo, un niño que en la década del 60 cursaba el quinto grado, lloró con el desconsuelo de quien siente que le arrancan el futuro cuando su padre decidió que debía abandonar las aulas. “Heta che rasë (lloré mucho), yo quería estudiar”, recuerda hoy, con la voz quebrada, pero firme, a sus 78 años.
En aquella época, el mapa escolar del Paraguay era un territorio de exclusión. Durante la década del 60, el acceso a la educación pública en las zonas rurales era una odisea de barro y distancia. Las instituciones eran escasas y la educación media era un lujo casi exclusivo de las grandes ciudades. Para un hijo de agricultores, la escuela no era solo un derecho difícil de alcanzar, sino una competencia directa contra la mano de obra necesaria para la subsistencia familiar.
La vida de Pánfilo fue, durante mucho tiempo, una huida constante hacia las aulas. De niño, recorría 10 kilómetros a caballo cada día para asistir a clases, desafiando el aislamiento de un sistema que no llegaba a los rincones del interior. Su sed de conocimiento lo llevó de Coronel Bogado a Encarnación de la mano de su abuela, y más tarde al barrio San Pablo en Asunción. Ante la negativa de seguir estudiando, el joven se escapó de su casa siguiendo a su abuela para no abandonar los libros, pero su padre llegó horas más tarde con la Policía para llevarlo de nuevo, alegando su minoría de edad.
Aquel episodio, digno de una novela, marcó su destino: un comisario amigo de la familia convenció a su padre de dejarlo estudiar en la capital. Pánfilo ingresó a la escuela militar, pero el destino lo trajo de vuelta a su tierra roja antes de partir al Chaco. Se casó, formó un hogar con Maria Antonia, su inseparable compañera desde hace más de 50 años y tuvieron 8 hijos. El algodón, el “oro blanco” de la época, fue el motor que le permitió cumplir a través de otros lo que le fue negado a él.
“Yo apoyé a mis hijos en el estudio porque sentía una prolongación de lo que no pude lograr yo. Ese fue mi motivo”, relata emocionado. Y vaya si lo logró: sus hijos se convirtieron en docentes, ingenieros agrónomos, informáticos, arquitectos y licenciados. Cada título colgado en la pared de su casa era una victoria personal, un bálsamo para aquella vieja herida del quinto grado.
Pero el corazón de un soñador nunca se jubila. Cuando uno de sus hijos, hoy docente, le comentó que se habilitaría educación para adultos en su comunidad, don Pánfilo no pidió tiempo para pensarlo. Se inscribió con la misma ilusión del niño que montaba a caballo hace 70 años.
Su esfuerzo no fue en vano y la historia de don Pánfilo no terminó en aquel campo de algodón donde sus manos se curtieron para sostener a su familia. El pasado 11 de diciembre, bajo el sol de diciembre y el cobijo de la Escuela N° 236 Carlos Antonio López, aquel llanto de niño se transformó en un grito de júbilo. Rodeado de sus familiares que incluyen a 17 nietos y nietas, con la banda tricolor puesta y el diploma de bachiller en mano, siendo uno de los mejores egresados demostró que el tiempo es solo una circunstancia cuando la voluntad es inquebrantable.
“Ese día desde las 5 de la mañana él ya estaba ansioso por que sea la hora del evento, se había preparado mucho para declamar. Siempre asistía a clases, siempre muy aplicado, la verdad me sorprendió mucho. Todos derramamos lágrimas ese día y más cuando abandonó a sus compañeros y fue a mostrarle su título a mamá, se abrazaron, se dieron un beso y derramaron algunas lágrimas, fue muy emotivo e inolvidable”, comenta su hijo Guido.
Para don Pánfilo, este diploma no es un punto final, sino un punto y seguido. Mientras muchos a su edad buscan el reposo, él ya tiene la mirada puesta en una facultad de Derecho en Encarnación.
“Derecho es la carrera que me apasiona, ese es mi objetivo. No me pesa la edad. No me siento viejo, me siento preparado. Nunca es tarde para realizar los sueños, y en mi caso, es mejor tarde que nunca”, afirma con una vitalidad que contagia a todo el que lo escucha.
Su historia es un recordatorio necesario en tiempos de inmediatez. Don Pánfilo Ferreira nos enseña que la educación no es una carrera de velocidad, sino un acto de resistencia. Que los 10 kilómetros a caballo de su infancia nunca terminaron, simplemente lo llevaron a un destino más alto. Hoy, el hombre que una vez lloró por dejar la escuela, sonríe porque sabe que el juicio de su propia vida ya tiene un veredicto: victoria absoluta.


