La reciente decisión de Standard & Poor’s de otorgar a Paraguay el grado de inversión ha sido recibida con optimismo en el ámbito económico y político. No es para menos: se trata de un reconocimiento técnico que muy pocos países de la región han logrado consolidar, y que abre puertas concretas en los mercados financieros internacionales y a la venida de inversión extranjera directa.
Pero tan importante como celebrar el logro es entender qué significa realmente, y —sobre todo— qué podemos y debemos esperar de él. Porque si bien el grado de inversión representa una mejora objetiva en la percepción del país, no es un fin en sí mismo. Es apenas el comienzo de una etapa con nuevas oportunidades… y nuevas exigencias.
Lo más inmediato es el acceso a crédito más barato y en mejores condiciones para la deuda soberana y para los emisores paraguayos en el exterior. El Tesoro Público podrá emitir deuda con menores tasas de interés, lo que se traduce en alivio fiscal y más margen para invertir dentro de las capacidades de nuestro endeudamiento. También se amplía la base de inversores: fondos institucionales que antes estaban obligados a mirar desde la tribuna ahora pueden participar activamente en los bonos paraguayos.
Más allá del simbolismo, el grado de inversión tiene implicaciones concretas y cuantificables sobre las condiciones económicas y financieras. A partir del análisis de experiencias previas en la región —como Chile, Perú, México, Uruguay y Colombia— es posible anticipar ciertos impactos directos en el corto plazo, así como tendencias estructurales a mediano plazo que podrían desarrollarse si se mantienen políticas coherentes.
Las experiencias de estos países muestran que los spreads (es decir, el costo del financiamiento externo) tienden a bajar significativamente tras obtener grado de inversión. También aumentan los flujos de capital financiero y, en muchos casos, la inversión extranjera directa empieza a tener un papel relevante en el flujo de divisas e instalación de nuevos emprendimientos.
Según estudios empíricos, países que alcanzan el grado de inversión experimentan una reducción significativa en los spreads de sus bonos soberanos. Por ejemplo, investigaciones de Jaramillo y Tejada (2011) indican que estos spreads pueden disminuir hasta un 36%, mientras que otros trabajos más recientes sugieren caídas promedio de entre 50 y 70 puntos básicos (bp).
Esto también implicó mayor liquidez, mejor formación de precios de los mercados de deuda local y mayor profundidad del mercado financiero internamente, en un escenario también donde se plantea la reforma del mercado de valores del país buscando expandir el financiamiento de largo plazo en moneda local.
El grado de inversión no es una garantía de crecimiento económico automático, ni resuelve por sí solo problemas estructurales como la informalidad, la baja productividad o la inequidad. Por ello, no cambia la realidad estructural del país. El grado de inversión no crea empleos per se, no mejora la calidad del gasto público, ni sustituye reformas necesarias. Es más: el verdadero riesgo ahora es pensar que ya se ha llegado a la meta.
Ahora sostener esta calificación no será fácil. Las agencias evalúan no solo los números, sino también la coherencia de las políticas, la calidad institucional y la capacidad de gestión. Un escenario fiscal restrictivo o una pérdida de rumbo macroeconómico podrían revertir el logro con una velocidad mayor con la que se alcanzó.
Ahora comienza una etapa donde el crédito no solo es más barato, sino más accesible. Pero con él viene también la responsabilidad de usarlo bien. No para habilitar más gasto corriente, sino para proyectos que eleven el crecimiento potencial: infraestructura física y social, conectividad, educación técnica, energías renovables y modernización productiva. En síntesis, es la oportunidad para mejorar ostensiblemente la productividad, que al final de cuentas es lo que importa para el crecimiento equitativo.
La comunidad empresarial también tiene un papel clave. El grado de inversión no es solo una oportunidad para el Estado: también lo es para el sector privado, que puede financiarse en mejores condiciones y atraer alianzas internacionales más sólidas. Este es el momento de salir a mostrar nuestras empresas al exterior, preparar y adecuar la administración institucional y financiera de las organizaciones y buscar oportunidades de crecimiento en otros mercados. Preparar los cuadros y abrirse ayudará a expandir las empresas, y eso tendrá un impacto en el empleo de calidad y por ende en el bienestar de todos. Quizás no se vea en el muy corto plazo, pero depende de la osadía de la clase empresarial recoger estos frutos.
Paraguay ha sido históricamente un país con fundamentos sólidos: baja deuda, inflación controlada, estabilidad monetaria. Ese perfil conservador, tantas veces criticado por “aburrido”, es hoy el que nos permite entrar en una nueva liga.
Pero no confundamos la apertura de la puerta con el camino recorrido. El grado de inversión es, en el mejor de los casos, un punto de partida. Aprovecharlo —y no desperdiciarlo— depende de lo que hagamos a partir de ahora.
Por lo menos, así lo veo yo.
(*) Daniel Correa, Economista y Director de DCR Consultora. Profesor universitario


