El derrame desigual: crecimiento económico y mercado laboral

Durante el 2025, Paraguay ha transitado un período de crecimiento económico firme y sostenido, impulsado por el dinamismo de sectores clave como el c…

| Por La Tribuna
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La economía paraguaya cerró los primeros tres trimestres del año con indicadores positivos de actividad.

Durante el 2025, Paraguay ha transitado un período de crecimiento económico firme y sostenido, impulsado por el dinamismo de sectores clave como el consumo privado, la industria manufacturera, los servicios y la inversión privada. Este entorno favorable permitió avances particulares en materia de empleo, especialmente en la expansión de la ocupación formal en zonas urbanas.

Sin embargo, al analizar en profundidad la composición y calidad de las nuevas ocupaciones, surgen interrogantes sobre la capacidad real de la economía para generar empleo pleno y digno de forma estructural y equitativa. Si bien el volumen de ocupación aumentó, la persistencia de la informalidad, el alza de la subocupación y las brechas territoriales y de género muestran que el derrame económico fue real, pero desigual.

La economía paraguaya cerró los primeros tres trimestres del año con indicadores positivos de actividad. El dinamismo fue generalizado, pero sectores como la industria manufacturera —impulsada por el comercio exterior— y la construcción —apoyada por la inversión pública y privada— jugaron un rol clave como generadores de empleo en la primera parte del 2025.

En este contexto, el mercado laboral respondió: aumentó el número de ocupados y, por primera vez en varios trimestres, se observó un proceso visible de formalización, particularmente en el empleo no agropecuario urbano. Este fenómeno permitió una mejora parcial en la calidad del empleo generado.

El crecimiento de la ocupación formal urbano fue el principal canal a través del cual la economía volcó sus beneficios al mercado laboral. La expansión del empleo asalariado privado y el crecimiento de empleadores independientes en las ciudades evidencian un renovado dinamismo en sectores vinculados al consumo interno, el comercio y la producción.

Pero este derrame presenta límites estructurales. En las zonas rurales, por ejemplo, si bien se registró un leve crecimiento del empleo formal, la informalidad sigue siendo la norma. Más del 70% de los empleos no agropecuarios rurales permanecen fuera de los marcos legales y de protección social. El crecimiento económico apenas rozó estos territorios, y cuando lo hizo, fue a través de formas laborales precarias o no remuneradas.

En paralelo, la subocupación —personas que trabajan menos de lo necesario o deseado— aumentó en todas las zonas del país. Esto sugiere que parte del nuevo empleo creado no alcanzó a cubrir adecuadamente las necesidades de ingreso de los hogares. La economía generó más empleo, pero no necesariamente mejores empleos.

Uno de los contrastes más visibles se encuentra en la experiencia laboral de las mujeres. En las zonas urbanas, el empleo femenino creció, pero se concentró en actividades de baja productividad, alta rotación y subocupación. En el mundo rural, las mujeres lograron una mayor inserción, pero con condiciones notablemente más precarias que sus pares varones.

Esto no es un fenómeno aislado, sino expresión de una estructura segmentada del mercado laboral, donde el acceso al empleo decente depende del género, la geografía y el sector económico. El crecimiento económico, aunque real, reproduce desigualdades si no está acompañado de políticas activas que direccionen su efecto social.

Pese a los resultados positivos hasta el tercer trimestre de acuerdo al INE, ya se perfilan elementos de riesgo que podrían alterar la trayectoria reciente. Uno de ellos es el retraso en pagos que se ha registrado en el gasto de la inversión pública, especialmente en el sector de la construcción. Si este problema persiste, podría traducirse en una reducción de la ocupación sectorial en el último trimestre del año, afectando uno de los pilares del crecimiento laboral urbano-rural.

Asimismo, la subocupación creciente y la informalidad persistente exigen atención inmediata. Sin medidas correctivas, podrían neutralizar los avances logrados y reforzar las brechas estructurales ya existentes.

Paraguay logró en el 2025 traducir parte de su crecimiento económico en mayor empleo. La formalización en áreas urbanas y la expansión del trabajo independiente reflejan un tejido productivo más dinámico que en años anteriores. Sin embargo, el impacto del crecimiento fue segmentado, y no logró revertir los desequilibrios estructurales que limitan el acceso equitativo al empleo digno.

El gran desafío de cara al futuro es convertir el crecimiento económico en inclusión laboral real y sostenida. Esto requiere acciones relacionadas con el fortalecimiento en la formalización rural y la protección del trabajo independiente, incentivos más pragmáticos en la corrección de las desigualdades de género en el acceso y la calidad del empleo y el aseguramiento de la continuidad de la inversión pública como motor de empleo, sobre todo en las zonas rurales. Solo así podrá hablarse de un derrame económico verdaderamente transformador.

Por lo menos, así lo veo yo.

* Economista. Director de DCR Consultora y profesor universitario.

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