Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y las potencias emergentes han escalado en los últimos meses, especialmente con la política arancelaria del presidente Donald Trump. China, India y Brasil —junto con Sudáfrica en menor medida— forman el núcleo de países que, desde los BRICS, decidieron no ceder ante los embates de Washington. Su respuesta contrasta con la actitud de la Unión Europea o Japón, que han buscado acuerdos para evitar choques mayores.
La estrategia de firmeza ya produjo algunos resultados. China, por ejemplo, enfrenta aranceles de hasta 145 % sobre sus productos, a lo que respondió con gravámenes del 125 % y restricciones a la exportación de minerales críticos. Esa presión obligó a Washington a negociar y reducir los impuestos, actualmente en torno al 30 % para bienes chinos y al 10 % en sentido inverso. Pekín incluso se posicionó como defensor de la globalización y socio fiable ante terceros, un movimiento que mejoró sus vínculos con India tras años de tensiones fronterizas.
En el caso indio, el giro de Trump fue particularmente duro. Nueva Delhi, quinta economía mundial y tradicional socio estratégico de EE. UU., fue castigada con un 50 % de arancel a raíz de sus vínculos energéticos con Rusia. Lejos de ceder, el primer ministro Narendra Modi se acercó a Pekín y Moscú en foros como la Organización de Cooperación de Shanghái, evidenciando cómo la política arancelaria estadounidense puede terminar reforzando alianzas entre rivales.
Brasil también se vio golpeado con un arancel del 50 %. Según el propio Trump, el castigo respondía a factores políticos más que comerciales: la condena a Jair Bolsonaro por intento de golpe de Estado. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva reaccionó con un discurso soberanista, denunciando la presión externa y prometiendo medidas recíprocas. Aunque Brasil mantuvo la cautela diplomática, reforzó su coordinación con socios BRICS y denunció a Washington ante la OMC. En declaraciones a la BBC, Lula insistió en que no tiene “ninguna relación” con Trump y que las medidas estadounidenses perjudican directamente a los propios consumidores norteamericanos al encarecer importaciones como carne y café.
Mientras estas tensiones se profundizan, el Nuevo Banco de Desarrollo (NDB), institución financiera creada por los BRICS, refuerza su papel como plataforma de inversión en infraestructura sostenible. Su más reciente reunión en Shanghái aprobó proyectos clave: un parque eólico de 648 MW en Brasil, con 200 millones de dólares de financiación y la capacidad de evitar 700.000 toneladas de CO₂ al año; un programa de hasta 100 millones de dólares en Shanghái para promover economía circular y digitalización verde; y una serie de subproyectos junto al BNDES brasileño en áreas de agua, energía y transporte.
El NDB, además, explora tecnologías disruptivas como la inteligencia artificial. Directivos visitaron empresas chinas como Agibot y SenseTime, mostrando interés en integrar la IA a proyectos futuros. Este enfoque no solo diversifica las fuentes de innovación, sino que refuerza el mensaje de que las economías emergentes buscan moldear un sistema financiero más equitativo, donde el Sur Global tenga voz y capacidad de decisión.
En paralelo, Europa se encuentra en una encrucijada. Trump exige que la Unión Europea imponga aranceles del 50 al 100 % a China como condición para endurecer las sanciones contra Rusia. Sin embargo, la dependencia europea del mercado chino y las complejidades jurídicas internas dificultan ese camino. Mientras algunos dirigentes ven la presión de Washington como una oportunidad para reforzar la cohesión frente a Moscú, otros advierten que un choque frontal con Pekín podría agravar la fragilidad económica del continente.
Este mosaico de posturas refleja un escenario global en transformación. Trump utiliza los aranceles no solo como herramienta comercial, sino también como instrumento geopolítico. Sin embargo, las potencias emergentes del BRICS responden con firmeza, fortaleciendo sus propios mecanismos financieros y consolidando espacios de cooperación alternativa.
Para Lula la clave es no negociar bajo chantaje político. Para China, el objetivo es consolidar su imagen como socio estable y defensor de la globalización. Para India, resistir significa mantener autonomía estratégica mientras diversifica alianzas. Y para el NDB, el reto es demostrar que es posible financiar desarrollo con sostenibilidad e innovación.
En definitiva, mientras Washington busca imponer su visión a través de sanciones y tarifas, los BRICS refuerzan su narrativa de soberanía y cooperación Sur-Sur. Lo que está en juego no es solo el comercio, sino la redefinición del orden económico internacional y el lugar que ocuparán las potencias emergentes en él.


