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La colosal batalla de Boston

La Copa del Mundo 2026 culminó ayer y dejó quizás la mayor hazaña guaraní en un evento de esta envergadura: el triunfo ante Alemania; de esos que serán recordados por años y que uno, aún, no se puede sacar de la cabeza.

| Por Rodrigo Raúl López Riquelme
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Momento consagratorio de Orlando Gill, parando el tiro de Kai Havertz que venía de ser figura y penalero del Arsenal campeón de la Premier League.

Todavía tan fresco en la memoria que aún sigue generando todo tipo de sensaciones rememorarlo. Cada Copa del Mundo suele ser un rejuntado de historias donde algunas resaltan más que otras, donde se escriben los mejores relatos, esos que perduran en el tiempo y trascienden generaciones enteras.

Hay partidos que se ganan con fútbol. Otros con garra. Y unos pocos, muy pocos, se conquistan con el alma, como lo que ocurrió aquella tarde en Boston donde Paraguay eliminó a Alemania, cuatro veces campeona del mundo, y escribió la página más heroica de su historia en los Mundiales.

Fueron 120 minutos de resistencia. De soportar cada frente alemán, de correr detrás de la pelota y de defender cada metro como si fuera el último. La Albirroja golpeó primero con el cabezazo de Julio Enciso antes del descanso, pero Kai Havertz igualó el marcador al comienzo del complemento y devolvió la incertidumbre a un partido que parecía no terminar nunca. Paraguay se plantó y aguantó sin una sola fisura, bueno, una, aquella que terminó en gol, pero invalidado a posteriori por falta sobre el gigante Orlando Gill.

Justamente él, sin saberlo aún y en medio de ese asedio, fue el hombre destinado a cambiar la historia. Ya empezó a construir su leyenda en los 90 minutos, lo trasladó a los 30’ de prórroga y se confirmó más tarde, en los infartantes penales que rompieron con la pasividad de la tarde de lunes.

Alemania eligió comenzar la serie y el primer duelo fue entre Kai Havertz y Gill. El arquero adivinó la intención, se lanzó con decisión y desvió el remate. Boston explotó de un lado y enmudeció del otro. Más adelante, cuando la definición parecía volver a equilibrarse, Gill volvió a hacerse gigante para contener el disparo de Nick Woltemade. Dos penales atajados frente a una potencia mundial. Dos golpes directos al corazón alemán.

Paraguay también sufrió. Hubo fallos que permitieron a los europeos mantenerse con vida, pero la fe nunca desapareció. Hasta que José Canale caminó hacia el punto penal. Respiró profundo, tomó carrera y definió con la frialdad de quien entendía que estaba frente al momento más importante de su vida. La pelota besó la red y el grito fue tal que el mundo retumbó; no solo Paraguay, no solo Boston, sino el planeta entero estaba pendiente del desenlace de la Albirroja y festejaron con nosotros.

Desde entonces, cuando se habla de la mayor proeza paraguaya en una Copa del Mundo, basta con mencionar una sola frase: La batalla de Boston; un partido que difícilmente podamos sacarnos de nuestras cabezas.

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