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Logro en el Mundial 2026 debe ser el punto de partida y no el techo

Una semana después de la eliminación ante Francia, la actuación de Paraguay invita a mirar más allá del resultado. El desafío ya no pasa por volver a un Mundial, sino por transformar este proceso en una nueva costumbre.

| Por Rodrigo Raúl López Riquelme
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La selección paraguaya compitió en Norteamérica 2026, pero se debe mirar a futuro para no pasar otros 16 años sin Mundial.

El dolor de la eliminación todavía permanece, porque el equipo de Gustavo Alfaro estuvo a la altura de uno de los grandes candidatos al título y quedó a un paso de meterse entre los ocho mejores del planeta. Sin embargo, una vez que baja la temperatura de la competencia, empezamos a visualizar una reflexión que va mucho más allá que el partido puntual ante los galos.

El Mundial 2026 no puede convertirse en una historia que el fútbol paraguayo recuerde durante los próximos veinte años. No puede ser un techo. Debe ser el piso sobre el cual construir una selección que vuelva a competir de manera habitual entre las mejores del mundo.

Las experiencias recientes ofrecen un camino claro. Bélgica pasó de ser una selección irregular a ocupar durante varios años el primer lugar del ranking FIFA gracias a una generación de futbolistas que se consolidó en las principales ligas de Europa. Croacia, con menos de cuatro millones de habitantes, fue subcampeona del mundo en 2018 y desde entonces se mantuvo como protagonista en las grandes competiciones internacionales. Marruecos, por su parte, dejó de ser una sorpresa. Alcanzó las semifinales en Qatar 2022, se metió de lleno al top ten en el ranking FIFA e incluso fue campeón mundial Sub 20 el año pasado.

Los tres ejemplos tienen elementos en común: procesos de adentro para afuera. Estas federaciones (porque es un trabajo de federaciones) entendieron que una flor no hace primavera y dejaron de tener un solo buen jugador por camada para pasar a diseminar jugadores en las mejores ligas del mundo. Estos países siempre tuvieron talento, caso Mustapha Hadji en Marruecos o Vincenzo Scifo en Bélgica, pero al estar tan solos en su generación, no pudieron estirar a los suyos a los grandes focos a nivel ecuménico.

Pasando a lo nuestro, y tomando estos ejemplos como premisa, Paraguay talento tiene, lo vemos reflejado en Julio Enciso, pero, vale repetir, una sola flor no hace primavera.

Para lograr permanecer en las grandes esferas, se necesita un trabajo de bases, de formación y generación de nuevos talentos; al Mundial 2030 ya clasificamos, pero ¿quiénes pelearán por llegar a la Copa del Mundo 2034 y 2038?

Hablamos de jugadores que quizás ni conocemos aún, que se están formando en alguna división menor del fútbol capitalino o del interior; desarrollando su talento en sus clubes, pero, principalmente, jugando en el barrio y en las calles, como vaticinaba Carlos Salvador Bilardo sobre Marruecos en el siglo pasado.

Paraguay siempre produjo futbolistas con esas condiciones. El desafío consiste en potenciar esa materia prima con mejores procesos formativos, mayor infraestructura, contención y una exportación cada vez más frecuente hacia las ligas de mayor exigencia. Cuantos más paraguayos compitan al máximo nivel cada fin de semana, más fuerte será también la Albirroja.

Quizá esa sea la principal enseñanza que deja este Mundial. Más allá de la tristeza por la eliminación ante Francia, Paraguay recuperó algo que había perdido durante mucho tiempo: la certeza de que puede mirar a los ojos a cualquiera.

Ahora el objetivo ya no debe ser esperar otros dieciséis años para volver a vivir una campaña inolvidable. La verdadera misión es conseguir que actuaciones como la de 2026 dejen de ser una excepción y se conviertan, definitivamente, en la nueva normalidad del fútbol paraguayo.

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