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Honor a quien honor merece, de pie y sin rendirse hasta el final

La Albirroja no pudo superar a Francia y se despidió de la Copa del Mundo. El resultado duele, pero no borra el enorme torneo de un equipo que volvió a unificar a todo un país detrás de nuestros colores.

| Por Rodrigo Raúl López Riquelme
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No pudo ser. El ajustado 0-1 ante Francia dejó fuera del Mundial a la Albirroja.

Un tiro penal. Una acción puntual, mérito del rival, es cierto, pero de esas jugadas borrosas, a puro criterio del árbitro que, en este caso, decidió favorecer al candidato. Hizo la fácil, no se complicó. La derrota frente a Francia marcó el final del camino en este Mundial, pero, a su vez, fue el comienzo de otra ruta de la que debimos salir nunca: reconciliar a un país con su selección y mostrar al mundo entero de que está hecho el paraguayo.

Quedarse afuera siempre duele. Mucho más cuando el sueño parecía tan tangible. Sin embargo, hay derrotas que no avergüenzan. Hay eliminaciones que, lejos de dejar cicatrices de frustración, siembran orgullo y sentido de pertenencia con la camiseta albirroja. Esta fue una de ellas.

Paraguay volvió a competir de igual a igual contra las mejores selecciones del mundo. Eliminó nada menos que a Alemania y le miramos de frente al mejor seleccionado de la actualidad que tuvo que recurrir a artimañas para derrotar a la aguerrida Albirroja. Desde tratar de forzar un penal, como lo hizo Doué, hasta hacer hora y ensuciar el final del encuentro. ¿Quién iba a decir? La mismísima Francia perdiendo tiempo contra la Albirroja y pidiendo la hora al juez.

Pero más allá de este partido puntual, en todo el certamen se recuperó esa identidad que tanto tiempo nos acompañó, esa garra y firmeza que durante tantos años convirtió a Paraguay en un rival incómodo para cualquiera; corriendo hasta el último minuto, luchando cada pelota sin resignar, jamás, la posibilidad de cambiar la historia.

Este plantel consiguió algo que vale mucho más que un resultado. Logró que millones de paraguayos volvieran a sentirse representados. Que cada partido fuera una excusa para reunirse, emocionarse y creer. Recuperó la conexión entre la selección y su gente.

¿Duele? Claro que duele, porque Francia no era el gran cuco que nos presentaban, pero detrás del dolor aparece el orgullo y ese sentimiento de que se ganó mucho más de lo que se perdió.

Hubo clasificación, hubo carácter, hubo fútbol y hubo una generación que demostró que Paraguay puede volver medirse frente a frente con cualquier potencia.

La Copa del Mundo termina para la Albirroja, pero también deja una base sólida para lo que viene. Ganamos un arquero de clase mundial, presentamos nuestra aguerrida defensa a todo el planeta y mostramos que nuestra ofensiva puede lastimar en cualquier momento.

“Hay derrotas que enseñan” había comentado el entrenador Gustavo Alfaro hace unos días y esta, sin lugar a dudas, es una de ellas. Pero más que a nosotros mismos, enseñan al mundo entero que la Albirroja está de vuelta.

Paraguay se despide de la Copa del Mundo. Pero se despide de pie. Y, sobre todo, vuelve a casa sabiendo que hizo creer a todo un pueblo.

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