El partido se desarrollaba con normalidad hasta cerca de la media hora del primer tiempo, cuando incidentes en la Gradería Norte —sector ocupado por hinchas azulgranas— comenzaron a escalar. Enfrentamientos entre aficionados y efectivos de la Policía Nacional derivaron en un escenario de caos, con corridas, utilización de gases lacrimógenos y una situación que rápidamente se tornó incontrolable.
El humo se expandió por distintos sectores del estadio, afectando no solo a los involucrados, sino también a familias y público en general. La prioridad pasó a ser la seguridad, mientras muchos espectadores buscaban salir del recinto en medio de la confusión.
Ante la falta de garantías para continuar, el árbitro decidió la suspensión definitiva del encuentro, una medida respaldada por las autoridades de la Asociación Paraguaya de Fútbol.
Así, lo que debía ser una fiesta del fútbol paraguayo quedó truncado por la violencia, dejando una imagen preocupante con el juego en sí en segundo plano.


