El 2025 difícilmente quede en la memoria como un buen año para el cine. No porque falten estrenos o pantallas, sino porque cada vez cuesta más encontrar películas que asuman riesgos reales. El cine de autor, ese que incomoda, que propone miradas nuevas y que no teme equivocarse, se vuelve una rareza. En su lugar avanza una lógica mucho más segura y previsible: la del algoritmo.
Hoy el crecimiento del consumo en plataformas no solo cambió los hábitos del público, también transformó la matriz misma del cine contemporáneo. Ya no se piensa una película desde una necesidad expresiva o una búsqueda estética, sino desde datos. En encuentros de productores se repite una frase que resume la época: se trabaja por y para el algoritmo. No solo en términos de género o temática, sino también de ritmo, duración y estructura narrativa.
La escena es conocida. Un proyecto llega a una mesa de desarrollo y la primera pregunta no apunta a lo que quiere decir, sino a qué se parece. “¿No tenés un true crime?”, “¿no será mejor un biopic o una comedia liviana?”, “esto funcionó bien en la plataforma”. La prioridad es alimentar un sistema hambriento de contenido similar, probado, reconocible. Basta con abrir la pantalla principal de cualquier servicio de streaming para comprobarlo: carátulas casi idénticas, títulos breves y pegadizos, paletas de colores amables, actores que se repiten hasta el cansancio. Todo parece salido del mismo molde. Cuando a uno le dicen “la nueva de Francella”, realmente no sabe si es un chiste. Cómo saber cual es “la nueva de Francella” si todas tienen el mismo póster con el actor en la portada con el mismo “money shot”.
La promesa de libertad a la hora de elegir es, en gran medida, una ilusión. El algoritmo sabe cuánto tiempo puedes prestar atención antes de abandonar. Sabe cómo consumes, en qué momento miras el teléfono y cuándo decides cambiar. Por eso ofrece menús a medida: episodios cortos, temporadas interminables, historias simples, sin ambigüedades ni silencios. Todo debe cerrar. Todo debe explicarse. Nada puede quedar flotando en la cabeza del espectador.
El resultado es un audiovisual que se consume y se olvida con la misma rapidez. Como la comida rápida, satisface en el momento, pero no deja huella. Ya no hay espacio para películas que resuenen días después, ni para relatos que inviten al debate o a la incomodidad. La lógica es clara: retener, no trascender.
Este escenario explica el temor que generó recientemente la posibilidad de que Netflix ampliara aún más su control sobre grandes estudios. El miedo no es infundado. Si una sola lógica domina la producción global, el riesgo es que las fórmulas se apliquen a todo lo que se filme de ahora en adelante. La pregunta entonces se vuelve inquietante: ¿qué habría sido del Nuevo Hollywood si en los años setenta un ejecutivo guiado por métricas hubiese decidido qué contar y cómo hacerlo? ¿Habrían existido las películas de Scorsese, Spielberg, De Palma, Hopper o Friedkin bajo esa supervisión constante?
La irrupción de la inteligencia artificial suma otra capa de preocupación. Ya no se trata solo de algoritmos que recomiendan contenidos, sino de modelos capaces de generar historias, personajes y estructuras narrativas optimizadas para esos mismos sistemas. No es difícil imaginar un futuro donde el riesgo creativo desaparezca casi por completo, reemplazado por narrativas eficientes, correctas y olvidables.
Sin embargo, no todo está perdido. La resistencia sigue viva en el cine independiente, en el cine de autor y en las producciones hechas al margen de la gran industria. Ese cine que se niega a seguir la corriente y que, de vez en cuando, logra romper la lógica dominante con obras que no encajan en ningún molde preestablecido. Los festivales, los cineclubes y algunas pocas plataformas que apuestan por la curaduría siguen siendo refugios para quienes buscan algo más.
La pregunta que queda flotando es incómoda pero necesaria: ¿cuántas películas de los últimos diez años permanecerán en la memoria colectiva dentro de dos o tres décadas? Tal vez estemos asistiendo al final de una idea de cine que formó generaciones. O tal vez, como tantas otras veces, el cine esté esperando volver a reinventarse desde los márgenes.


