En 1983, la ciudad de Pilar, al sur de Paraguay, quedó sumergida bajo las aguas del río Paraguay y del arroyo Ñeembucú. Lo que para algunos fue un desastre natural, para los habitantes se convirtió en una marca indeleble en la historia local.
El cortometraje Pilar no muere, dirigido por Arturo Encina y Anabella Bottino, rescata la memoria colectiva mediante imágenes de archivo, recreaciones y testimonios, trazando un retrato sensible de una comunidad que aprendió a vivir en alerta permanente.
Las imágenes del documental muestran calles transformadas en ríos improvisados, familias evacuadas en botes y comercios cerrados bajo el agua. No se trata solo de postales de un tiempo pasado, sino de fragmentos de una vida cotidiana interrumpida de golpe. Los vecinos recuerdan cómo las defensas cedieron rápidamente y debieron salir con lo mínimo, dejando atrás años de esfuerzo y pertenencias que jamás recuperaron. Muchos coinciden en que aquel episodio dividió la historia de Pilar en un antes y un después.
Reconstrucción de la memoria
Durante la filmación, Encina y Bottino entendieron que no podían limitarse a mostrar los hechos desde un ángulo técnico. “Era importante explicar la naturaleza de la situación, pero lo principal era contar cómo lo vivió la gente”, señalaron. Por eso, además de imágenes y audios de la época, incluyeron poesía y relatos que reconstruyen la experiencia desde múltiples perspectivas.
El documental transmite no solo la magnitud del desastre, sino también la intimidad de quienes lo atravesaron: cómo olía el aire, dónde dormían, qué los hizo quedarse o por qué decidieron regresar. El proyecto se realizó sin financiamiento externo, con lo que los directores tenían a mano: una cámara, algunos equipos básicos y, sobre todo, la voluntad de registrar.
La comunidad también participó activamente: vecinos cedieron fotos, materiales y sus propias voces para completar el rompecabezas de la memoria. Lejos de ser un obstáculo, esa austeridad técnica se convirtió en un valor agregado. El resultado transmite cercanía y autenticidad, y los propios pilarenses lo reconocen como un trabajo hecho por y para ellos.
La fuerza de la comunidad ante la adversidad
El documental refleja la tensión de vivir junto al río. Para Encina, la sensación es la de “estar en guerra contra la naturaleza y a veces en tregua”. La inundación de 1983 dejó consecuencias económicas y sociales enormes: comercios cerrados, clases suspendidas, familias desplazadas y productores trasladando su ganado a terrenos más altos.
Al mismo tiempo, puso en evidencia la fortaleza de un pueblo solidario, capaz de unirse más allá de sus diferencias. Ese espíritu de unión es lo que los realizadores quisieron destacar. Aunque la película no oculta la devastación, concluye con un mensaje de esperanza: la certeza de que la memoria compartida es también una forma de resistencia.
Recepción y proyección futura
La recepción local fue inmediata y entusiasta. Desde el estreno del tráiler, los pilarenses reconocieron el documental como un homenaje a su propia historia. “Queremos realizar una versión más larga porque quedaron muchos aspectos sin abordar. También pensamos en proyectos de ficción ambientados en Pilar, para que la ciudad se vea reflejada en distintas narrativas”, adelantaron los directores.
Pilar no muere no se limita a registrar un desastre del pasado. Es un recordatorio de la fragilidad de la ciudad y un homenaje a la capacidad de sus habitantes para resistir y reconstruirse. En cada relato se percibe que, más allá de la amenaza del agua, Pilar mantiene algo que no puede ser arrasado: su memoria colectiva.


