Mi querido lector, el gran referente actual en pleno siglo XXI de la nueva novela histórica en Paraguay es, en mi opinión, Guido Rodríguez Alcalá, un escritor de amplia trayectoria literaria que ha sabido amalgamar con gran maestría, pericia, soltura y maña en sus novelas historia e intrahistoria.
En ellas puede percibirse ese aroma tan penetrante, esa fragancia tan atrayente, ese efluvio tan embriagador, que nos transporta como la seda al pasado a través de personajes históricos e intrahistóricos. Todos ellos saben cómo contarnos polifónicamente el devenir de los acontecimientos históricos de una manera más amena y placentera de lo que suele hacerlo la propia historia oficial.
Cuando yo leo una novela de Guido Rodríguez Alcalá en la tranquilidad y recogimiento del lar, me dejo llevar a través de los caireles de su estilo fluido y detallado, de los hechos que se narran vívidos y profundamente documentados, de sus personajes intrahistóricos que añaden belleza y empatía al texto, e, indudablemente, de la visión personalísima de su autor, a su rico entramado cultural e ideológico. Y es que la novela histórica tiene una magia y un sabor especiales.
Esta surgió prácticamente con el Romanticismo europeo del siglo XIX y buscó llevar a cabo la recreación literaria de una determinada época combinando personajes ficticios con personajes históricos. Y siguiendo esa finalidad la novela histórica de ese momento, y la que siguió después, se propuso ofrecer una visión verosímil de los ambientes, tipos y paisajes de una época de la historia determinada con el objeto de presentar una cosmovisión realista y costumbrista de su sistema de valores y creencias.
Sus autores lograron ser, por consiguiente, muy minuciosos con los detalles históricos presentados en relación con la manera de vestir de la época, la higiene, la comida, las ideas de la época, la manera de hablar, las costumbres, etc.
En otras palabras, la novela histórica exigió que sus autores llevasen a cabo una profunda e intensa labor documental y de investigación para que esta fuera mucho más creíble y veraz.
Podría decirse que un gran impulsor de este tipo de novela en el siglo XIX, sino el gran impulsor, fue el escritor escocés Walter Scott (1771-1832). Este autor escribió numerosas novelas enmarcadas en la Edad Media, en especial la primera de ellas: Waverley (1814), que narra la guerra de 1745 entre ingleses y escoceses desde la óptica de un personaje que se llama Waverley, un hombre que sufre un conflicto personal al dudar a qué bando apoyar, si a los ingleses o a los escoces, puesto que su padre fue leal a los ingleses y él mismo fue educado por unos tíos muy apegados a Escocia.
En España la primera novela histórica al estilo de Walter Scott fue Ramiro, Conde de Lucena (1823), del militar y político Rafael Húmara y Salamanca, y le siguieron otras muchas como las de Ramón López Soler con Los Bandos de Castilla (1830); Sancho Saldaña o El Castellano de Cuéllar (1834), de José de Espronceda; El doncel de Don Enrique el Doliente, de Mariano José de Larra; El señor de Bembibre (1844), de Enrique Gil y Carrasco; y por supuesto los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós. Ramiro, conde de Lucena (1823) versa sobre un amor imposible que tiene como trasfondo histórico la conquista de Sevilla a los musulmanes por parte de Fernando III el Santo en 1247.
En Inglaterra destacó el escritor realista Charles Dickens con Historia de dos ciudades (1859), una novela que posee como trasfondo histórico la Revolución Francesa. En Francia descolló Gustave Flaubert con Salambô (1862), novela que está situada en el marco de la denominada Guerra de los Mercenarios durante los años 241-238 a. C. en los territorios africanos del Imperio de Cartago.
En el siglo xx el éxito e interés por la ficción histórica continuó con la aparición de autores como Robert Graves con Yo, Claudio (1934), Arturo Barea con La forja de un rebelde (trilogía escrita entre 1940 y 1945), Ramón J. Sender con Crónica del alba (1942), Mika Waltari con Sinuhé, el egipcio (1945), Alejo Carpentier con El siglo de las luces (1962), Jesús Fernández Santos con Extramuros (1978), Umberto Eco con El nombre de la rosa (1980), Arturo Pérez-Reverte con El maestro de esgrima (1988), Antonio Gala con El manuscrito carmesí (1990), Francisco Umbral con Del 98 a don Juan Carlos (1992), y Noah Gordon con El último judío (1999), entre otros.
Las novelas históricas que yo suelo recomendar a mis alumnos universitarios son Historia de dos ciudades (apareció en 31 entregas semanales entre el 30 de abril y el 26 de noviembre de 1859), de Charles Dickens, Ivanhoe (1820), de Walter Scott, Los tres mosqueteros (1844), de Alejandro Dumas padre, Los novios (1823), de Alessandro Manzoni, Guerra y paz (escrita entre 1865 y 1869), de León Tolstói, los Episodios nacionales, una colección de cuarenta y seis novelas históricas escritas por Benito Pérez Galdós entre 1872 y 1912, y Fouché, el genio tenebroso (1929), de Stefan Zweig.
La nueva novela histórica tuvo un auge muy fuerte a partir de los años 70 u 80 en adelante, y ellas los personajes históricos suelen ficcionalizarse, es decir, en la nueva novela histórica a los personajes reales se les puede atribuir hechos que no llevaron a cabo en la vida real, y permite una nueva mirada al pasado con el propósito de cuestionar, criticar, denunciar o parodiar lo que ha dicho la historia con respecto a determinados hechos o personajes históricos.
A este respecto, en la nueva novela histórica se confronta el discurso histórico oficial propuesto por la historia oficial o por los historiadores oficiales con el discurso marginal propuesto por minorías.
Por otro lado, en la nueva novela histórica se concitan tiempos simultáneos o anacronismos, lo que posibilita que personajes históricos aparezcan en tiempos y en espacios que no les corresponde en absoluto. Además, la nueva novela histórica describe con suma minuciosidad rasgos o elementos culturales de la época histórica que retrata, y muestra la dimensión humana de la historia con toda su crueldad y viveza.
Algunos ejemplos de la nueva novela histórica podrían ser Respiración artificial (1980), de Ricardo Piglia, Santa Evita (1995), de Tomás Eloy Martínez, Margarita, está linda la mar (1998), de Sergio Ramírez, Abundance: A novel of Marie Antoinette (2006), de Sena Jeter Naslund, y El pergamino de la seducción (2005), de Gioconda Belli Pereira.
Guido Rodríguez Alcalá es en la actualidad, como dije anteriormente, el más importante representante de la nueva novela histórica en Paraguay. Entre las novelas más sobresalientes de tan excelso autor se encuentran Caballero (1986), Caballero rey (1988), El rector (1991), El peluquero francés (2008) y Narciso (2016).
El peluquero francés, que recibió merecidamente el Premio Ateneo Cultural Lidia Guanes, pone la mirada en el mundo de la política y en la sociedad durante la época de los López (Carlos Antonio López y Francisco Solano López) en Paraguay entre las décadas de 1850 y 1870, respectivamente.
Asimismo, en la novela pululan otros personajes como Elisa Alicia Lynch, Pancha Garmendia y, naturalmente, el peluquero francés y confidente de Madame Lynch, Jules Berny, el cual se encargará de ofrecer al lector una visión objetiva, externa, y algo distante y ajena a todo sesgo ideológico del Paraguay de la época.
El peluquero francés es una inolvidable novela histórica en la que se confronta la ficción con la realidad, una novela con la que el lector no quedará indiferente de ninguna de las maneras.
A través de ella este podrá conocer de primera mano los entresijos y tejemanejes de los personajes históricos de marras. Así pues, te invito, querido lector, a que la leas y te dejes envolver por el encanto de un Paraguay no muy lejos de las postrimerías del siglo XIX mediante el lenguaje, las voces, las expresiones y el dialogismo de una época, así como mediante la edificación de una ambientación decimonónica muy bien reconstruida sobre la base de una intensa investigación y documentación histórica.
Otra novela sobre la que quiero poner la lucerna es Narciso. Esta es una novela de la que no pude despegarme tan fácilmente debido a las estrategias narrativas propuestas por su autor, como, por ejemplo, el uso de la analepsis o flashback, una técnica que sirve para ofrecer al lector una retrospectiva del pasado desde un presente que actúa de “ancla” inicial. Narciso, por lo tanto, es una novela difícil de olvidar que atrapa al lector con intenso magnetismo y lo deja ancorado y fondeado en la Asunción de los últimos años de la década de los 50.
En este contexto histórico-temporal donde se producen conflictos internos en el seno del Partido Colorado, el descontento de la gente debido a los programas de ajuste del Fondo Monetario Internacional, las huelgas obreras de 1958 y 1959, la incorporación de algunos jóvenes a la guerrilla armada, y la vulnerabilidad de Stroessner, se cuenta la historia de Narciso (o Nicasio) desde sus comienzos como artista musical hasta la cúspide de su carrera y posterior “desaparición”. Y la voz principal encargada de hacerlo será la de un narrador omnisciente y los recuerdos veinte años después o veinte años atrás de otro gran personaje intermedio entre deuteragonista en ocasiones y protagonista a veces: Lolita.
Querido lector, esta es, sobre todo, una novela histórica que coadyuva a comprender mejor por qué la dictadura stronista utilizó el asesinato del locutor de radio Bernardo Aranda para comenzar una “caza de brujas” atroz contra los homosexuales de entonces y desviar la atención de los problemas más graves que afectaban al país en los años 50.
La novela se sumerge en un hecho histórico real que afectó profundamente a la sociedad paraguaya del momento y que aún no se ha borrado de su memoria, siendo aún tema recurrente en la prensa, la literatura y el cine. Dicha caza de brujas o persecución sin precedentes en Paraguay contra los homosexuales fue conocida como el caso 108.
El 1 de septiembre de 1959, según puede leerse en algunos periódicos de la época, se declaró un incendio en un edificio de Barrio Obrero, en Asunción. En dicho incendio murió el locutor de radio Bernardo Aranda en extrañas circunstancias. Como Aranda era un personaje muy popular a finales de los años 50 se presionó al gobierno para que encontrase a los responsables del crimen lo antes posible. Esta fue la excusa perfecta para llevar a cabo un proceso de “saneamiento” o “depuración” moral en Asunción de los grupos de homosexuales clandestinos de la época.
El argumento del régimen fue que la muerte de Aranda se había producido por motivos pasionales. Las detenciones de los homosexuales se llevaron a cabo de manera arbitraria y violenta, y el 12 de septiembre de 1959 se publicó en el periódico El País que 108 personas “de dudosa conducta sexual” estaban siendo investigadas. Pero esto no acaba aquí, Narciso es un libro enormemente rico en culturemas inherentes a la Asunción de los años 50.
Entre ellos se hallan referencias a temas musicales de la época, como Luna azul, en la interpretación de Luis Aguilé; a periódicos y diarios: El País, Patria, La Tribuna; a películas como Bailando con el reloj, Venga a bailar el rock, El monstruo de la laguna negra, Vinieron de otros mundos, Cuando los mundos chocan, El salario del miedo, La belleza del diablo, El manto sagrado; a edificios emblemáticos: los cines Granados, Victoria y Splendid; a asociaciones empresariales: El trueno; a lugares icónicos en Asunción: Club Náutico; a personajes históricos de relevancia: Giménez Caballero (embajador español), general Francisco Franco, Juan Domingo Perón, Mariscal López, General Santos, Stroessner, Marx, Eisenhower, Kubitschek, Pío XII, Rutheford Hayes; a cantantes, escritores, artistas y grupos musicales: Roa Bastos, Ricardo Turia, Bela Lugosi, Peter Cushing, Los Panchos, Emilio Zola; a zarzuelas populares: Luisa Fernanda, La del Soto del parral, La leyenda del beso, La corte del faraón; a voces y vocablos en guaraní y jopará: mitã'i, milico rembireko; a obras literarias: Cien cartas de amor, a calles de Asunción: O´leary; a colegios: San José, Colegio Nacional; a emisoras de radio: la Americana; a organismos estatales: Instituto de Reforma Agraria (IRA); a localidades de Paraguay: San Bernardino, etc.
En general, todas estas referencias culturales contribuyen de manera prodigiosa a la construcción de la Asunción de los años 50 y a nadar en ella mientras muchos la recuerdan con nostalgia, melancolía, calidez, amargor, resentimiento, dulzura o ternura, ensoñación o indiferencia. Pues ya lo sabes, mi querido lector, si deseas zambullirte en la historia del Paraguay, qué mejor manera de hacerlo que a través de una de las novelas de Guido Rodríguez Alcalá. Sus personajes históricos e intrahistóricos se ponen a tu entera disposición para ello.
LEA TAMBIEN: San Fernando: la obra teatral estigmatizada durante la dictadura de Stroessner


