Mauricio Espínola: entre la tragedia de un trabajador y el silencio de un diputado

El 16 de mayo convirtió la esquina de las avenidas Kubitschek y Cerro Corá en el escenario de una asimetría brutal. De un lado, Emilio Benítez Chaparro, un humilde trabajador desplazado en una motocicleta Kenton; del otro, el diputado nacional Mauricio Espínola, resguardado tras la estructura de hierro de una camioneta Toyota Fortuner con chapa AATE895.

| Por La Tribuna
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Accidente con derivación fatal en Kubitschek y Cerro Cora donde estuvo presuntamente involucrado el diputado Mauricio Espínola.La camioneta del diputado, según la Policía, poco después del percance, en el lugar del hecho.

El impacto obligó a la hospitalización del motociclista, quien agonizó durante 11 días en el Hospital de Trauma hasta confirmarse su deceso el 27 de mayo a causa de un traumatismo craneoencefálico moderado.

No estamos ante un simple e impredecible percance vial, sino ante el retrato más crudo del privilegio político en Paraguay: la vida de un ciudadano común interrumpida en el asfalto y la figura de un legislador que se ampara en el hermetismo mientras crecen las dudas sobre su conducta, la preservación de la prueba y el origen de sus bienes.

La celeridad con la que el Ministerio Público actuó aquella trágica tarde despierta una profunda indignación institucional. La Nota 390 y sus ampliaciones ubican el choque cerca de las 18:35. Apenas una hora después, a las 19:35, un test de alcoholemia arrojó 0,00 mg/L para el diputado, pero no se realizó una prueba en busca de sustancias estupefacientes, ¿por qué no se hizo un estudio en busca de presencia de drogas?. Ese resultado fue utilizado de inmediato como un salvoconducto mediático, un titular funcional destinado a limpiar la imagen de Espínola. Sin embargo, el alcohol cero no resuelve lo verdaderamente crucial: ¿quién tenía la prioridad de paso?, ¿a qué velocidad circulaba la Fortuner?, ¿qué maniobras evasivas o imprudencias se cometieron? Mientras la humilde motocicleta Kenton quedó incautada y depositada en sede policial, la Fiscalía liberó expeditivamente a Espínola y devolvió la camioneta a sus manos esa misma noche, vulnerando cualquier principio elemental sobre la custodia rigurosa de los vehículos involucrados.

El expediente fiscal parece un compendio de desprolijidades calculadas o negligencias altamente convenientes para el poder. Las copias del caso muestran contradicciones objetivas que encienden todas las alarmas: mientras la versión mecanografiada de la Nota 390 ubica la circulación del motociclista sobre Cerro Corá, el acta manuscrita sitúa la escena sobre la avenida Kubitschek con dirección al sur.

A esta disparidad documental se suma la ausencia total en las copias de un inventario detallado de daños, peritajes accidentológicos formales, registros fotográficos del lugar o una cadena de custodia adecuada para la camioneta.

Cuando el protagonista de un siniestro mortal ocupa una banca en el Congreso, la trazabilidad de la prueba no es un detalle secundario; es la única garantía contra el tufo a encubrimiento que envuelve las actuaciones policiales y fiscales.

El choque fatal sirvió además para destapar un garaje clandestino en las finanzas del legislador. El acta policial identificó formalmente a la Fortuner como el vehículo conducido por Espínola. Sin embargo, al revisar sus Declaraciones Juradas de Bienes y Rentas presentadas ante la Contraloría General de la República en los años 2018, 2021 y julio de 2023, la camioneta sencillamente no existe.

En esos documentos oficiales, Espínola declaró una camioneta BMW X5 y, desde 2021, una Mazda BT-50, pero ni una sola línea menciona a la Toyota Fortuner. Si el vehículo ya formaba parte de su activo antes de julio de 2023, el diputado mintió al Estado al omitirlo.

Si lo adquirió posteriormente, la ciudadanía exige ver la certificación registral, la fecha exacta de transferencia, el contrato de compraventa, la factura comercial, la identidad del vendedor y la rendición clara sobre el origen de los fondos utilizados. Un representante que tiene la potestad de controlar los recursos públicos no puede mantener su propio patrimonio personal bajo un velo de misterio.

Como si fuera poco, la gestión económica posterior al fallecimiento de la víctima añade más interrogantes sobre el comportamiento del parlamentario. Escrituras públicas labradas el 2 y el 4 de junio revelan la firma de convenios donde se pactó el pago de G. 80 millones divididos en dos cuotas a favor de la viuda y en representación del hijo menor de la víctima, sumados al compromiso de cubrir gastos médicos, de internación y de sepelio.

Si bien la reparación económica alivia la desesperante urgencia de una familia golpeada por la tragedia, el dinero no borra la muerte de Emilio ni extingue el deber judicial de esclarecer los hechos. ¿De qué manera desembolsó el diputado esa abultada cifra en cuestión de días? La falta de especificación pública sobre si se usaron transferencias bancarias, cheques de cuentas personales, seguros o entregas en efectivo despierta una pregunta de ineludible interés público: ¿cómo se integraron de forma inmediata esos G. 80 millones y con qué respaldos documentales cuenta?

Los 80 millones del resarcimiento no figuran en sus Declaraciones Juradas. Corresponde explicar si fue por medio de un crédito o un préstamos entre particulares que se pueda demostrar con documentación que justifique el origen de ese dinero.

La familia de Emilio Benítez Chaparro tiene el derecho inalienable a una investigación rigurosa, imparcial y desprovista de favoritismos. Mauricio Espínola goza del derecho a la presunción de inocencia, pero no del privilegio de esconderse tras la prepotencia de una banca parlamentaria.

La Policía y la Fiscalía deben transparentar las pericias y las evidencias de forma urgente. Por su parte, el diputado debe exhibir las pruebas patrimoniales de su camioneta y los comprobantes bancarios del acuerdo financiero.

La responsabilidad penal le corresponde definirla a los tribunales de justicia, pero la condena política ya se está gestando en la opinión pública. La credibilidad democrática se quiebra cuando las leyes se aplican con todo el peso sobre el ciudadano a pie, mientras los poderosos negocian en la penumbra e imponen la impunidad del silencio.

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