En los primeros años de vida, se establece un vínculo emocional fundamental para desarrollar seguridad en los niños. Según la psicóloga Noelia Castillo, un apego seguro constituye la base para una adecuada regulación emocional, la exploración del entorno y el aprendizaje.
Dentro de este proceso, muchos niños incorporan un objeto de apego, que puede ser un peluche, una manta o un muñeco, el cual cumple una función emocional significativa. El vínculo con este objeto suele intensificarse entre los 12 meses y los 3 años de edad, una etapa donde el menor inicia procesos de mayor autonomía. La figura, conocida en la teoría psicológica como objeto transicional, funciona como un puente simbólico que ayuda al niño a tolerar la ausencia temporal del cuidador.
Este concepto describe cómo tales elementos brindan consuelo y facilitan la transición desde la dependencia total hacia una independencia progresiva. El peluche de apego actúa como un ancla emocional en situaciones nuevas o estresantes, como el inicio de la escuela, una mudanza, una consulta médica o una separación temporal de los padres.
Los beneficios incluyen favorecer la regulación emocional, reducir la ansiedad por separación, fortalecer la autonomía de manera gradual y servir como medio de expresión cuando el lenguaje del niño aún es limitado. La especialista Noelia Castillo señala que es clave respetar la elección del niño, ya que la selección propia fortalece su sensación de control y seguridad interna.
Los posibles efectos adversos si se obliga al niño a usarlo, si se prohíbe su uso de manera abrupta o si el objeto reemplaza el contacto emocional con el adulto, pueden ser la tristeza o la desesperación.
El peluche debe ser un acompañante en la calma, no la única estrategia de regulación, utilizado de forma oportuna y respetuosa este recurso simple pero poderoso puede contribuir a un desarrollo emocional más seguro, recordando la importancia fundamental de la presencia adulta y la estabilidad afectiva en la primera infancia.



