Salud

Una microbiota en equilibrio brinda más bienestar y reduce la ansiedad

Volver al equilibrio: por qué tu estrés empieza —y se calma— en el intestino.

| Por La Tribuna-

¿Quién escribe y por qué importa su mirada? De la Puerta se formó en la Universidad de Alcalá y el Hospital Ramón y Cajal de Madrid, en un curso de especialista que obtuvo acreditación de máster; en ese entorno científico abrazó una “medicina de las preguntas”, orientada a indagar causas de la inflamación y del dolor. A partir de esa base, dejó su antigua especialidad para dedicarse por completo al tratamiento clínico de la microbiota de sus pacientes. Mantiene una rutina estricta de actualización —los viernes son sus “días de estudio”— y desde 2019 comparte, a las ocho de la mañana, resúmenes traducidos de literatura científica con su comunidad en redes. Además, es autora del exitoso “Un intestino feliz”.

El núcleo del libro es claro: el estrés sostenido “destroza” la microbiota. Cuando el cortisol se mantiene elevado, cae la abundancia de bacterias estabilizadoras, se altera la motilidad, se comprometen la digestión y la absorción, aumenta la permeabilidad intestinal y se facilita el paso de fragmentos bacterianos —como los lipopolisacáridos— con potente efecto proinflamatorio. Todo ello está mediado por el eje intestino-cerebro, que integra a la microbiota, los neurotransmisores y ácidos grasos de cadena corta que produce, las citoquinas del sistema inmune y la actividad bidireccional del nervio vago.

La propuesta, entonces, es resetear el ritmo vital. La autora reivindica la “slow life” como antídoto cultural frente a la multitarea, la inmediatez y la falsa productividad que, a menudo, solo compran inflamación. Invita a hacer pausas conscientes, a cuestionar urgencias impostadas y a madrugar para ganar foco: “no desperdicies tu tiempo viviendo demasiado deprisa”.

Más allá del estilo de vida, el libro explica con lenguaje llano cómo “se hablan” vientre y cerebro. En el intestino hay neuronas motoras y sensitivas; las ramas del nervio vago conectan su actividad con el sistema nervioso central; la microbiota sintetiza moléculas —de la melatonina a los ácidos grasos de cadena corta— que modulan ritmos, neuroprotección y emociones; e incluso el cerebro dispone de un sistema “glinfático” de limpieza. Mensaje operativo: si cuidamos la ecología intestinal, mejoramos la química del ánimo.

El índice avanza desde el impacto de la vida moderna y rápida en la microbiota y la idea de “digestión mental”, hasta estrategias para “fomentar la química de la felicidad”, entender por qué el cerebro también se inflama y por qué el estrés “se cobra con salud y se paga con enfermedad”. Incluye, además, un capítulo específico sobre estrés infantil y pilares de salud microbiológica en la niñez.

¿Cómo convertir teoría en hábito? De la Puerta propone hacer del cuidado de la microbiota una rutina diaria: dieta completa, variada, rotacional y, si es posible, estacional (menos ultraprocesados; más fibra e ingredientes para cocinar en casa), vida activa con ejercicio sostenible, sueño de calidad respetando ritmos circadianos y prácticas cotidianas de manejo del estrés. Recuerda que una microbiota diversa es condición de estabilidad —perder diversidad multiplica vulnerabilidades—, y sugiere, cuando corresponda, el uso de psicobióticos.

La tesis es exigente pero optimista: hay margen de maniobra. Cambiar cómo comemos, dormimos, nos movemos y pensamos no es cosmética; es intervenir en el eje microbiota-intestino-cerebro que sostiene emociones y salud. La autora lo resume con una fórmula potente —“la resiliencia microbiológica es resiliencia vital”— y añade un llamado práctico: ser proactivos, sumar hábitos uno por semana y permitir que ese ecosistema se recupere si dejamos de agredirlo.

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