Dormir es un proceso activo durante el cual el cerebro realiza tareas esenciales: consolida la memoria, reorganiza la información aprendida y elimina toxinas acumuladas durante el día. Según Albares, durante el sueño profundo de ondas lentas funciona el sistema glinfático, que limpia los residuos neuronales, entre ellos la proteína beta amiloide asociada al Alzheimer. No dormir lo suficiente, por tanto, no solo provoca cansancio, sino que aumenta el riesgo de deterioro cognitivo y demencia.
En la fase REM —la del sueño más profundo— el cerebro integra las experiencias recientes con las del pasado, generando comprensión y creatividad. Estudios realizados por universidades como Harvard, Stanford y Oxford han demostrado también que dormir es un proceso de restauración neurológica, en el que el cerebro literalmente “se limpia”, eliminando toxinas que, si se acumulan, pueden contribuir a enfermedades neurodegenerativas.
El impacto del mal descanso
El déficit de sueño es hoy una epidemia silenciosa. Albares advierte que más del 40 % de la población ha sufrido insomnio alguna vez y que uno de cada siete adultos padece insomnio crónico. La privación crónica de sueño se asocia con hipertensión, obesidad, diabetes, depresión e incluso con un mayor riesgo de accidentes laborales y de tránsito. En adolescentes, provoca déficit de atención, irritabilidad y menor rendimiento escolar.
Dormir mal también envejece. Durante el sueño se segregan las principales hormonas de reparación del cuerpo y, en niños y jóvenes, la hormona del crecimiento. Cuando el descanso es insuficiente, el organismo no logra regenerarse, lo que acelera el envejecimiento celular y deteriora la piel. Además, la falta de sueño incrementa entre un 400 y un 500 % el riesgo de sufrir un paro cardíaco, según un estudio japonés citado por Albares.
Littlehales complementa que la falta de sueño afecta la coordinación motora, la resistencia física y la precisión cognitiva, especialmente en deportistas. En jóvenes que duermen menos de siete horas el riesgo de lesiones puede triplicarse.
Cómo dormir mejor
El sueño no se impone: se cultiva. Albares propone cuidar la higiene del sueño, que incluye mantener horarios regulares, evitar el exceso de pantallas antes de dormir y crear un ambiente oscuro y tranquilo. Recomienda también llegar a la cama “descansado”, no agotado, ya que la hiperactividad del día activa el sistema nervioso y dificulta conciliar el sueño.
Littlehales, por su parte, sugiere pensar el descanso en ciclos de 90 minutos, más que en horas exactas. Lo importante es completar de cuatro a seis ciclos completos cada noche. También destaca la utilidad de las siestas cortas —de 20 a 30 minutos— para restaurar la energía y mejorar la concentración. Albares coincide y agrega que la siesta es una necesidad fisiológica, no un lujo: reduce la presión arterial y disminuye el riesgo de enfermedad cardiovascular.
Dormir para vivir mejor
Los expertos coinciden: dormir bien es una inversión en salud, productividad y bienestar emocional. Dormir no es tiempo perdido, sino tiempo ganado para pensar, aprender y sanar. Cada noche de sueño de calidad fortalece el sistema inmunológico, equilibra las emociones y renueva el cuerpo.
Como concluye el Dr. Javier Albares, “dormir es el acto más saludable que podemos hacer por nosotros mismos”. Y como señala Nick Littlehales, “el descanso no se mide en horas, sino en cómo despiertas”.


