Hablar de bienestar emocional en la infancia es urgente. No es un tema secundario: se construye en lo cotidiano, en el juego y en la manera en que los adultos responden. La psicóloga clínica María Paz Jiménez recuerda que cuidar las emociones desde temprano es una inversión para toda la vida.
La importancia de hablar de emociones desde pequeños
Especialista en terapias contextuales, con máster en la Universidad de Barcelona, Jiménez acompaña desde hace más de doce años a niños y familias. Fundó BEING, proyecto de juegos y recursos de educación emocional, y escribió una colección de seis libros para trabajar sentimientos en casa y en la escuela. “Mi objetivo es acompañar a las familias en los desafíos de la crianza y en la educación emocional; estas herramientas previenen problemas y fortalecen la salud mental a lo largo de la vida”, afirma.
Para Jiménez, el bienestar emocional implica que los niños reconozcan, expresen y regulen lo que sienten. No se trata de eliminar lo difícil, sino de aprender a transitarlo. “Cuando nos relacionamos mejor con lo que sentimos, ganamos flexibilidad para adaptarnos a los desafíos”. Por eso no hay que esperar a la adolescencia: la siembra comienza en la primera infancia. Como señales de alerta, conviene atender a cambios en conducta, sueño, apetito o en la forma de vincularse. No es para alarmarse, pero sí para observar y, si persiste, consultar con un profesional.
La familia como primer espacio de contención
Las respuestas adultas marcan el desarrollo emocional. Cuidadores y padres son modelos; sus reacciones enseñan a gestionar emociones. Prácticas simples fortalecen autoestima y seguridad: dedicar minutos diarios al juego con presencia plena (sin pantallas), y crear un ritual antes de dormir —leer, contar lo mejor y lo más difícil del día, agradecer por tres cosas—. “La clave es disfrutar juntos y hacer de esos momentos una experiencia significativa”. El juego es más que entretenimiento: permite aprender, resolver problemas, practicar habilidades sociales y regular emociones.
Estrés infantil y cómo acompañar
Los niños también se estresan. Detectarlo exige observar cambios y habilitar diálogo. Preguntas como “¿qué te ayudaría ahora?” o “¿querés un abrazo o preferís dibujar cómo te sentís?” abren la conversación. En casa, sirve un “rincón de la calma”: burbujeros para respirar, hojas y colores para dibujar, pelotas antiestrés, papeles para romper o una almohada para descargar tensión de forma segura. Son apoyos para llegar a la calma, pero lo central es que el adulto se mantenga sereno: el niño se regula con el adulto.
Escuela, pantallas y cambios importantes
La escuela es clave: allí se aprende a vincularse fuera del hogar, se practican habilidades sociales y se ejercita la regulación en contextos más amplios. Sobre pantallas, Jiménez no propone prohibir, sino acompañar con límites claros. Importan la duración y el contenido. “Una exposición a material violento, sexualizado o de miedo aumenta ansiedad y hasta ataques de pánico”, advierte. Supervisión, rutinas y uso positivo de la tecnología son indispensables.
Los grandes cambios —mudanzas, separaciones, llegada de un hermano— requieren atención extra. Explicar con lenguaje acorde a la edad, habilitar preguntas y ofrecer más juego y afecto ayudan a transitar esas etapas. “Los niños perciben más de lo que imaginamos. Si no explicamos, inventan su historia, y no siempre coincide con la realidad”.
Cuándo buscar ayuda profesional
Consultar a una psicóloga infantil no implica un problema grave. Muchas veces se busca orientación y herramientas. Conviene pedir ayuda cuando algo afecta la vida diaria del niño o de la familia, y también de forma preventiva.
Un cierre para la crianza consciente
El mensaje final de Jiménez invita a criar con conciencia, no en automático ni repitiendo patrones. Aceptar que nos vamos a equivocar y recordar que siempre se puede reparar. Y, sobre todo, disfrutar: jugar, reír, compartir y animarse a volver a ser niños junto a ellos.


