Asunción sigue concentrando empleos, instituciones, servicios y buena parte de la actividad económica del país, pero su peso demográfico disminuye mientras los municipios de Central continúan ganando habitantes. El resultado es una ciudad metropolitana que crece hacia afuera: más personas viven lejos de la capital, aunque siguen dependiendo de ella para trabajar, estudiar, atenderse o realizar trámites.
Las Estimaciones y Proyecciones de la Población Departamental 2000-2035, Revisión 2025, del Instituto Nacional de Estadística (INE), identifican a Asunción como un territorio estancado, con crecimiento nulo o negativo por la combinación de baja natalidad y saldo migratorio desfavorable. Central, en cambio, aparece entre los departamentos dinámicos, con crecimiento sostenido porque la migración positiva compensa la caída de la natalidad.
La diferencia se ve en los números.
Para 2025, Central tiene una población proyectada de 1.997.640 habitantes. Hacia 2030 llegaría a 2.103.896, con una tasa de crecimiento medio anual de 1,12% en 2025 que todavía se mantendría en 0,95% al final de la década.
Dentro de Central también cambia el mapa.
Las Estimaciones y Proyecciones de la Población Distrital 2000-2035, Revisión 2025, muestran que Capiatá alcanzaría a Luque entre los distritos más poblados del departamento. Limpio seguiría ganando peso hasta convertirse en el cuarto distrito con mayor población de Central, mientras Fernando de la Mora perdería participación relativa.
Ese desplazamiento poblacional tiene efectos concretos.
Una familia puede vivir en Capiatá, trabajar en Asunción, estudiar en San Lorenzo y acudir a un hospital en Luque. Los límites administrativos siguen existiendo, pero la vida cotidiana funciona en escala metropolitana.
La Política Nacional de la Vivienda y el Hábitat, analizada anteriormente por La Tribuna, ya advertía sobre dos procesos simultáneos: el vaciamiento de áreas consolidadas de Asunción —especialmente el Centro Histórico— y la expansión urbana de baja densidad hacia la periferia.
La paradoja es evidente.
Asunción posee calles, redes eléctricas, edificios públicos, transporte, comercios y servicios que ya fueron construidos. Cuando pierde residentes, parte de esa infraestructura queda menos aprovechada fuera del horario laboral.
En la periferia sucede lo contrario.
Los loteamientos y viviendas pueden aparecer antes que el pavimento, los desagües, el agua, el saneamiento o una frecuencia adecuada de transporte. La expansión obliga después a extender redes sobre distancias cada vez mayores.
El costo no recae solamente sobre el Estado.
Las familias encuentran terrenos o viviendas más accesibles lejos del centro, pero terminan pagando parte de esa diferencia en combustible, pasajes y horas de viaje. Una casa puede costar menos y, al mismo tiempo, aumentar el costo diario de llegar al trabajo, al colegio o a un servicio sanitario.
Un artículo previo de La Tribuna sobre expansión urbana ya señalaba que una población dispersa exige más kilómetros de calles, cañerías, recorridos de buses y circuitos de recolección para atender a la misma cantidad de personas.
La movilidad termina siendo una de las consecuencias más visibles.
Cada mañana, miles de personas se desplazan desde municipios de Central hacia la capital. El empleo y muchos servicios permanecen concentrados en Asunción, mientras una proporción creciente de la población reside fuera de sus límites.
Esto plantea un problema de gestión.
Asunción y Central funcionan como una sola región en términos de trabajo, transporte, vivienda y consumo, pero las decisiones se toman entre numerosas municipalidades y organismos nacionales con competencias diferentes.
El crecimiento de un distrito puede generar tránsito en otro. Un loteamiento aprobado en la periferia puede aumentar la demanda sobre avenidas de Asunción. Una política de transporte municipal difícilmente puede resolver por sí sola un flujo que atraviesa varias ciudades.
La respuesta requiere planificación metropolitana.
Asunción necesita recuperar habitantes en zonas con infraestructura existente, especialmente donde el vaciamiento residencial redujo la vida barrial. Central, por su parte, necesita anticipar dónde crecerán los nuevos barrios y garantizar que los servicios lleguen junto con la urbanización y no varios años después.
Las proyecciones del INE no describen un futuro inevitable. Son escenarios construidos sobre tendencias de fecundidad, mortalidad y migración, útiles para decidir antes de que los problemas se consoliden.
El Gran Asunción seguirá creciendo.
La cuestión es si continuará haciéndolo mediante una capital que pierde residentes y una periferia que gana población más rápido que infraestructura, o si podrá organizarse como una región metropolitana donde vivienda, empleo y servicios estén mejor conectados.


