El bono educativo exige convertir enseñanza en productividad

Paraguay necesita transformar su ventaja demográfica en capital humano mediante mejor aprendizaje, educación media completa, formación técnica, acceso a estudios superiores y una transición efectiva hacia empleos productivos.

| Por Nahuel Ayala
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La ventaja demográfica de Paraguay solo se convertirá en desarrollo si los jóvenes acceden a educación de calidad, formación técnica y habilidades que les permitan ingresar a empleos de mayor productividad.

Paraguay todavía dispone de una ventaja demográfica: una parte importante de su población está en edades jóvenes y potencialmente productivas. Pero esa estructura solo puede transformarse en desarrollo si esas generaciones llegan a la vida adulta con conocimientos, habilidades y capacidades suficientes para incorporarse a trabajos de mayor productividad. Tener jóvenes, por sí solo, no constituye un bono educativo.

El estudio “La Ventana Demográfica en Paraguay”, elaborado por el Instituto Nacional de Estadística (INE) sobre la base de las Estimaciones y Proyecciones de la Población Nacional por Sexo y Edad 1950-2050, Revisión 2024, señala que el 66,4% de la población estaba entre los 15 y 64 años en 2025 y que esa proporción se mantendría en torno al 66,2% hacia 2050. El país conserva, por tanto, una elevada presencia de población en edades potencialmente productivas.

El mismo documento incorpora el concepto de bono educativo. Su planteamiento es directo: mejorar la educación eleva las habilidades de la fuerza laboral y puede aumentar la productividad mediante una adopción más rápida y eficaz de nuevas tecnologías. El INE cita estudios que vinculan los cambios educativos con el crecimiento económico y advierte que esa posibilidad está asociada al aprovechamiento de la actual estructura por edades.

La oportunidad demográfica, entonces, tiene una segunda condición.

No basta con que haya muchas personas en edad de trabajar. Importa qué aprendieron antes de llegar al mercado laboral y qué posibilidades tienen de seguir formándose después.

El estudio “Juventud” del INE, basado en el Censo Nacional de Población y Viviendas 2022, identifica precisamente esa relación entre educación y trabajo. El informe analiza a las personas de 15 a 29 años y divide esa etapa en tres momentos: de 15 a 19 años, cuando todavía debería predominar la escolarización; de 20 a 24, durante la transición hacia estudios superiores o el trabajo; y de 25 a 29, cuando la integración socioeconómica debería estar más consolidada.

Esa transición no ocurre de la misma manera para todos.

El INE señala una desventaja clara entre jóvenes rurales y urbanos. Quienes viven en zonas rurales tienen menor acceso a la educación superior y mayor presencia de primaria o secundaria incompleta. El informe advierte que esas diferencias educativas tempranas pueden convertirse después en desigualdades permanentes en las oportunidades laborales y de movilidad social.

La etapa entre los 15 y 24 años resulta especialmente importante. Es allí donde muchos jóvenes dejan el sistema educativo, ingresan al mercado laboral o intentan combinar ambas actividades.

La educación tampoco puede medirse únicamente por asistencia.

El marco operativo de Proyecto Paraguay incorpora el capital humano como uno de sus indicadores permanentes y propone utilizar el Human Capital Index del Banco Mundial para relacionar salud, aprendizaje y productividad futura. La lógica editorial es observar si la educación amplía realmente las capacidades de las personas y no limitarse a contar años dentro del sistema.

El problema aparece cuando la escolarización no se traduce en competencias suficientes para continuar estudios, aprender un oficio, adaptarse a cambios tecnológicos o desempeñarse en empleos de mayor valor agregado.

El propio estudio Juventud destaca la importancia de la formación técnica y profesional, las pasantías, los aprendizajes duales y las certificaciones reconocidas. Estas herramientas pueden facilitar la transición entre la escuela y el trabajo porque conectan conocimientos con habilidades aplicables en actividades productivas.

Esa conexión será cada vez más importante.

Paraguay atraviesa una etapa en la que la población joven todavía tiene un peso relevante, pero al mismo tiempo avanza el envejecimiento. El INE advierte que la persistencia de problemas educativos durante el período de bono demográfico reduce la capacidad de aprovechar esta ventana antes de que cambie la estructura poblacional.

La demografía ofrece tiempo, no resultados.

Si una generación numerosa llega al mercado laboral con educación incompleta, bajas competencias o escasa formación técnica, el país puede mantener abundancia de trabajadores sin conseguir elevar suficientemente la productividad.

El desafío tampoco termina al obtener el primer empleo.

Los cambios tecnológicos obligan a pensar en aprendizaje permanente. Una persona formada a los 20 años necesitará actualizar conocimientos durante varias décadas de vida laboral. La capacidad de volver a capacitarse será tan importante como la formación inicial.

Por eso el bono educativo debería medirse con más de un indicador.

Paraguay necesita observar finalización de la educación media, aprendizajes efectivos, acceso a formación técnica y superior, brechas territoriales y transición entre educación y empleo.

También deberá medir si quienes estudian consiguen trabajos acordes con sus capacidades y si las empresas encuentran los perfiles que necesitan para producir más y mejor.

La actual población joven representa una ventaja que no se repetirá indefinidamente.

Convertirla en capital humano dependerá de lo que esas generaciones sepan hacer cuando les toque sostener la economía de un país más envejecido.

Ese será el verdadero resultado del bono educativo.

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