Paraguay puede lanzar planes, simplificar trámites, abrir registros y anunciar miles de nuevas inscripciones. Pero ninguna de esas cifras, por sí sola, demuestra que una estrategia de formalización haya funcionado. El resultado aparece después: cuando trabajadores y empresas logran permanecer dentro del sistema, aumentar productividad, generar mejores ingresos y acceder a protección, crédito y mercados.
Ese cambio de enfoque es importante porque la informalidad continúa siendo uno de los principales problemas estructurales del mercado laboral paraguayo. Entre los jóvenes ocupados en actividades no agropecuarias, por ejemplo, los datos utilizados por el INE muestran que en el 2025 la informalidad alcanzaba 89,4% entre los 15 y 19 años, 68,2% entre los 20 y 24 y 60% entre los 25 y 29 años. Frente al 2022 hubo una reducción en los tres grupos, pero incluso después de la mejora la informalidad continúa siendo mayoritaria.
Esto permite establecer una primera medición: la tasa debe bajar de manera sostenida y no solamente durante un trimestre.
Pero hace falta ir más lejos.
Una trayectoria, no una fotografía
Supongamos que una política logra incorporar 50.000 trabajadores al sistema. El número parece importante. La siguiente pregunta es cuántos siguen registrados seis meses después. ¿Y al año? ¿Continúan realizando aportes? ¿Tienen cobertura social? ¿Aumentaron sus ingresos?
La formalización debería medirse como una trayectoria, no como una fotografía.
Por eso un segundo indicador fundamental es la permanencia. Un trabajador que entra al sistema por tres meses y posteriormente retorna a la informalidad representa un resultado distinto del que conserva su puesto durante dos años. Lo mismo ocurre con una microempresa: obtener un registro no significa consolidarse como empresa formal.
El tercer indicador debería ser la protección social.
Formalizar un empleo debería traducirse en aportes jubilatorios, cobertura frente a riesgos y mayor seguridad laboral. Si aumentan los registros pero no crece la cantidad de aportantes efectivos, existe una señal para revisar la política.
El problema tiene además una dimensión productiva.
Evaluación en Paraguay
El Banco Mundial, en su “Evaluación de pobreza y equidad en Paraguay”, señala que la alta informalidad convive con baja productividad y empleos de calidad insuficiente. Una parte importante de la actividad económica queda fuera de los circuitos formales, reduciendo la base tributaria y limitando la capacidad estatal para financiar políticas sociales. Al mismo tiempo, salarios bajos, prestaciones limitadas y menor seguridad laboral reducen la posibilidad de que el crecimiento llegue de forma más amplia a los hogares.
Eso lleva al cuarto indicador: productividad e ingresos.
Capacitación, digitalización y financiamiento
Una estrategia funciona mejor si después de formalizarse una empresa vende más, accede a financiamiento, incorpora tecnología, encuentra nuevos clientes o puede convertirse en proveedora de compañías mayores.
En otras palabras, formalizar debería abrir puertas.
El Primer Informe Anual 2025 del PNUD Paraguay muestra una lógica similar. Allí aparece un proyecto específico de formalización laboral junto al Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social y la elaboración del plan de trabajo de la Estrategia de Formalización 2.0, con participación del MTESS, la OIT y Unicef. El mismo informe vincula el fortalecimiento empresarial con capacitación, digitalización, acceso al financiamiento y mejora de productividad.
El PNUD reporta además que el Fondo de Garantía para las Mipymes administrado por la AFD acumuló 16.845 créditos garantizados por G. 1,46 billones, equivalentes a USD 182,9 millones, asociados a 24.710 empleos directos. Ese tipo de instrumento muestra por qué la formalización puede tener más valor cuando se conecta con crédito y crecimiento empresarial.
La quinta dimensión es territorial.
Brecha estructural
Una estrategia nacional puede mejorar sus cifras y, sin embargo, fracasar en determinados grupos. Por eso la tasa de informalidad debería abrirse por edad, sexo, área urbana y rural, departamento, tamaño de empresa y categoría ocupacional.
Si la formalización avanza solamente entre trabajadores urbanos de empresas medianas o grandes, mientras los independientes, jóvenes y microempresas permanecen fuera, la brecha estructural seguirá prácticamente intacta.
Proyecto Paraguay podría resumir la evaluación en un tablero sencillo. No contar solamente cuántos entraron, sino también: cuántos permanecieron, cuántos aportan, cuánto ganan, cuánto producen, cuántas empresas siguen activas y dónde ocurre la mejora.
También debería medirse el costo. Si el Estado invierte recursos en incentivos, capacitación, subsidios o simplificación administrativa, debe poder responder cuánto costó cada formalización sostenible y qué beneficio produjo después.
La meta no debería ser llenar registros. Tampoco presentar al trabajador informal como responsable exclusivo de su situación. Muchas pequeñas empresas funcionan con márgenes reducidos, baja productividad y escaso acceso al crédito. Si entrar al sistema implica solamente mayores costos, mientras los beneficios llegan tarde o nunca, habrá pocos incentivos para permanecer.
Por eso, la prueba definitiva es sencilla: formalizarse debería permitir trabajar mejor, protegerse más y crecer.
Cuando Paraguay pueda medir esas tres cosas durante varios años –y no únicamente el número de nuevas inscripciones– podrá saber si su estrategia de formalización está transformando realmente el mercado laboral.
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