Paraguay tiene jóvenes: el reto es convertirlos en capital humano

Uno de cada cuatro paraguayos tiene entre 15 y 29 años, pero las brechas en educación, aprendizaje, formación y acceso a empleos de calidad condicionan la capacidad del país para transformar su población joven en desarrollo.

| Por La Tribuna
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Paraguay tiene jóvenes: ¿está formando capital humano?

Paraguay todavía dispone de una ventaja que muchos países ya perdieron: una población joven numerosa. Pero tener jóvenes no equivale automáticamente a tener capital humano. La diferencia está en lo que el país logra hacer con esos años decisivos de formación: cuánto aprenden, cuántos permanecen en el sistema educativo, qué habilidades desarrollan y con qué condiciones ingresan luego al mercado laboral.

El Instituto Nacional de Estadística (INE), en su estudio Juventud, elaborado a partir del Censo Nacional de Población y Viviendas 2022, contabilizó 1.558.487 personas de 15 a 29 años, equivalentes al 25,5% de la población. Es decir, aproximadamente uno de cada cuatro paraguayos estaba dentro de ese grupo etario.

Ese volumen representa una oportunidad extraordinaria. Durante los próximos años, cientos de miles de jóvenes deberán pasar de la escuela al trabajo, iniciar una formación técnica o universitaria, emprender o incorporarse a empresas. La pregunta no es solamente cuántos son, sino con qué herramientas llegan a esa transición.

Los primeros datos muestran avances, pero también una pérdida progresiva de estudiantes a medida que aumenta la edad.

El Censo 2022 indica que la asistencia escolar alcanzaba al 92,3% de los niños de 6 a 14 años. Entre adolescentes de 15 a 17 años, en cambio, bajaba al 83,9%. La brecha territorial también aparece: en ese último grupo la asistencia llegaba al 86,4% en zonas urbanas, pero descendía al 79,4% en las rurales.

La diferencia parece de pocos puntos, pero ocurre justamente en una etapa crítica. Entre los 15 y 17 años se completa la educación media y se construye buena parte de las capacidades necesarias para seguir estudiando o ingresar al mercado laboral. Abandonar allí puede condicionar muchos años posteriores.

Hay otra señal.

El mismo estudio del INE registra que, entre los jóvenes de 15 a 29 años, 43,6% solamente trabajaba, 24,8% solamente estudiaba, 15,9% estudiaba y trabajaba y 15,7% no estaba estudiando ni trabajando en el mercado laboral. Esta última proporción llegaba al 23,8% entre las mujeres y al 7,5% entre los hombres; en el área rural alcanzaba 24,5%, frente al 11,9% urbano.

El dato no debe interpretarse como que esos jóvenes “no hacen nada”. La categoría puede incluir búsqueda de empleo, dificultades para continuar estudiando o tareas de cuidado no remuneradas. Pero sí revela una población importante desconectada simultáneamente de dos canales fundamentales para acumular capacidades: educación y experiencia laboral.

El Banco Mundial, en su Evaluación de pobreza y equidad en Paraguay, identifica tres obstáculos centrales para la acumulación de capital humano en el país: baja calidad educativa y deficientes resultados de aprendizaje; fuertes desigualdades en el acceso a educación de calidad desde la primera infancia; y acceso inadecuado a servicios de salud.

Ahí aparece una distinción fundamental.

Capital humano no significa simplemente tener más años de escolaridad. Significa convertir esos años en conocimientos, habilidades cognitivas, capacidades socioemocionales, salud y competencias que permitan a una persona participar de actividades cada vez más productivas.

Un joven puede permanecer doce años dentro del sistema educativo y, aun así, llegar al mercado laboral sin las herramientas que demanda una economía más digital, industrial y orientada a servicios.

El Banco Mundial propone justamente fortalecer educación inicial, alfabetización, formación docente, infraestructura educativa y conectividad, y revisar contenidos y métodos para acercarlos a las competencias del mercado laboral del siglo XXI, incluyendo habilidades cognitivas, socioemocionales y vinculadas a nuevas actividades productivas.

Esto importa especialmente porque educación y trabajo están conectados.

El mismo diagnóstico del Banco Mundial muestra brechas de escolaridad entre trabajadores urbanos y rurales, pobres y no pobres, empleados públicos, privados, trabajadores por cuenta propia y empleados de empresas de distintos tamaños. También señala que la combinación de baja productividad, alta informalidad y empleos de baja calidad limita las posibilidades de un crecimiento más inclusivo.

Entonces el desafío no termina cuando un joven consigue trabajo.

La pregunta es si ese primer empleo le permite aprender, aumentar productividad, formalizarse y avanzar hacia una trayectoria de mayores ingresos.

Paraguay todavía dispone de tiempo. Su estructura demográfica mantiene una elevada proporción de población joven y en edad de trabajar. Pero esa ventaja tiene fecha de vencimiento. Como ya mostró el INE en las proyecciones demográficas, la población envejece y la ventana favorable irá perdiendo fuerza.

Por eso, formar capital humano debería medirse con resultados concretos: asistencia, permanencia, aprendizaje, culminación, formación técnica, habilidades digitales, inserción laboral y productividad.

No alcanza con contar matriculados. Tampoco con contar jóvenes empleados.

El verdadero indicador será cuántos pueden aprender, trabajar y progresar. Paraguay tiene jóvenes. La cuestión es si está convirtiendo esa juventud en la capacidad que necesitará para desarrollarse mañana.

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