Vivir lejos: el precio oculto de una ciudad sin plan

La expansión urbana de baja densidad en Paraguay encarece el transporte, el agua y la recolección de residuos, mientras aumenta las horas perdidas por las familias.

| Por Nahuel Ayala
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La expansión urbana que encarece la vida cotidiana.

La ciudad no termina cuando se inaugura un loteamiento. Allí comienza una cadena de obligaciones: abrir calles, extender redes de agua, construir desagües, organizar la recolección de residuos y garantizar transporte y espacios públicos. Cuando las viviendas avanzan antes que la planificación, esos servicios llegan tarde, de forma incompleta y a mayor costo para el Estado y las familias.

La Política Nacional de la Vivienda y el Hábitat del Paraguay, presentada en 2018, identificó como uno de los rasgos de la urbanización nacional la expansión de baja densidad, acompañada por carencias de infraestructura y equipamiento. El fenómeno había sido documentado en Asunción y su área metropolitana, pero también podía observarse en otras ciudades. La mancha urbana crece más rápido que la capacidad pública para organizarla.

La baja densidad dispersa a la población sobre superficies cada vez mayores. Para atender al mismo número de habitantes se necesitan más kilómetros de calles, cañerías, recorridos de transporte y circuitos de recolección. Una comunidad compacta aprovecha infraestructura cercana; una urbanización aislada obliga a llevar cada servicio hasta un nuevo extremo. Lo que parece suelo barato puede transformarse en una ciudad cara de sostener.

El costo también entra en el hogar. Una familia que se instala lejos de los centros de empleo y estudio puede pagar menos por el terreno, pero después destina más dinero al pasaje, combustible o mantenimiento de vehículos. La Política Nacional de la Vivienda y el Hábitat advierte que este modelo impone mayores costos en tiempo y dinero, principalmente a los sectores menos favorecidos.

Ese tiempo perdido tiene consecuencias. Son horas que no se destinan al descanso, al cuidado, al estudio, al trabajo remunerado o a la convivencia familiar. La distancia urbana se convierte así en una forma silenciosa de desigualdad. Quien vive en una periferia mal conectada comienza su jornada antes, regresa después y dispone de menos tiempo propio.

El transporte muestra el problema. Un barrio alejado y poco poblado resulta difícil de cubrir con frecuencias regulares. Si el servicio es escaso, aumenta la dependencia del automóvil o la motocicleta, se saturan las avenidas y el Estado vuelve a invertir en una red vial que pronto se congestiona otra vez. La Ficha Ciudades Sostenibles del Paraguay vincula la mala planificación con embotellamientos, emisiones y obstáculos económicos.

Con los residuos ocurre algo parecido. Hogares dispersos significan recorridos más largos y costosos para los camiones. Si la cobertura falla, aparecen vertederos clandestinos o acumulación en cauces. En agua y saneamiento, la distancia encarece las redes y puede dejar durante años a las familias dependiendo de soluciones precarias.

En el Área Metropolitana de Asunción, la fragmentación administrativa agrava la situación. La población se desplaza entre la capital y las ciudades de Central, pero cada municipalidad decide dentro de sus límites. La vivienda puede expandirse en un distrito, mientras el empleo y los servicios permanecen en otro. Sin coordinación metropolitana, nadie administra el costo completo del crecimiento.

Los documentos proponen herramientas para cambiar esa lógica. La Política Nacional de la Vivienda y el Hábitat asigna un papel central a los Planes de Desarrollo Sustentable y a los Planes de Ordenamiento Urbano y Territorial. Estos deberían definir dónde conviene crecer, qué áreas proteger, dónde existe infraestructura y qué inversiones realizar antes de autorizar nuevas urbanizaciones.

Planificar no significa impedir el crecimiento ni cerrar el acceso a un terreno. Significa evitar que el aparente ahorro inicial se transforme en décadas de viajes costosos, calles deficientes y servicios incompletos. También supone recuperar áreas consolidadas, acercar vivienda y empleo y orientar la inversión hacia proyectos integrales.

Ambas fuentes fueron publicadas en 2018 y 2020 y emplean información anterior, por lo que sus cifras requieren contraste con registros actuales. Sin embargo, la advertencia central conserva utilidad: una ciudad dispersa cobra diariamente la falta de planificación.

La factura se paga en pasajes, combustible, horas perdidas, calles deterioradas y servicios insuficientes. El desafío municipal de 2026 es dejar de autorizar crecimiento sin calcular su costo completo. Una ciudad progresa cuando permite vivir cerca de las oportunidades y recuperar tiempo para la vida.

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