La ciudad real no termina donde comienza otra intendencia. Cada mañana, miles de personas cruzan Asunción, San Lorenzo, Fernando de la Mora, Luque, Lambaré y otras ciudades para trabajar, estudiar o atenderse. Los viajes y la expansión urbana dibujan una sola trama. Sin embargo, las decisiones públicas siguen repartidas entre municipios que regulan y planifican como si cada uno fuera una isla.
Esa contradicción aparece en “Economía, sociedad y Estado en Paraguay”, obra compilada por Fernando Masi y Dionisio Borda y publicada por el Centro de Análisis y Difusión de la Economía Paraguaya (CADEP) en el 2026. En el capítulo “El desarrollo económico territorial en Paraguay. Realidades y desafíos”, María Belén Servín integra a Asunción y Central dentro de una misma región metropolitana: el espacio más diversificado del país, con gran concentración de empresas, servicios y empleo.
Si la economía funciona a escala metropolitana, las políticas públicas también deberían hacerlo. Una persona puede vivir en Ñemby, trabajar en Asunción y llevar a sus hijos a una escuela de San Antonio. En un día utiliza calles, transporte y servicios de varias administraciones. Pero semáforos, itinerarios, permisos, desagües y obras no responden necesariamente a un plan común. El costo se paga en horas perdidas, contaminación, gastos familiares y menor productividad.
El transporte es el ejemplo más visible. No basta con renovar buses si rutas, frecuencias, paradas y sistemas de pago no se diseñan como una red integrada. Una movilidad metropolitana exige información compartida, conexión entre modos, infraestructura accesible y prioridad para los corredores con mayor demanda. El objetivo no es mover más vehículos, sino permitir que las personas lleguen con menos tiempo, costo e incertidumbre.
Algo similar ocurre con los residuos. Cada municipio puede mejorar su recolección, pero los vertederos, plantas de transferencia, reciclaje y disposición final necesitan escala regional. La gestión conjunta permitiría compartir infraestructura, ordenar a los prestadores, formalizar a recicladores y establecer criterios ambientales comunes.
La planificación del suelo es otra urgencia. Un loteamiento aprobado en un municipio puede aumentar el tránsito, la demanda de agua, la presión sobre humedales o el riesgo de inundación en localidades vecinas. Hacen falta criterios comunes para urbanizaciones, densidades, drenajes, áreas de protección y servicios. No se trata de impedir el crecimiento, sino de evitar barrios alejados del empleo, sin transporte y con infraestructura que después resulta más cara.
La cooperación también puede conectar bicisendas y corredores verdes hoy interrumpidos por fronteras administrativas. Una ciclovía que termina abruptamente pierde utilidad; un cauce protegido solo en un tramo sigue expuesto aguas arriba y aguas abajo. Parques lineales, desagües, mercados, terminales y centros de tratamiento pueden financiarse entre varias ciudades, con costos compartidos y beneficios medibles.
Para avanzar no es imprescindible borrar las autonomías municipales. Hace falta una instancia estable de coordinación metropolitana, con representación de las intendencias, el Gobierno central y equipos técnicos, reglas claras y capacidad de ejecutar. Esa mesa debería trabajar con datos compatibles, prioridades públicas, financiamiento plurianual y rendición de cuentas. La cooperación puede iniciar proyectos concretos, pero los problemas estructurales requieren continuidad más allá de los cambios electorales.
El libro de CADEP ofrece el punto de partida: Asunción y Central son una región económica porque comparten dinamismo, empleo y actividad empresarial. El paso pendiente es convertir esa realidad en gobernanza.
Una metrópolis coordinada puede reducir tiempos de viaje, gestionar mejor sus residuos, proteger su territorio y aprovechar inversiones que ningún municipio podría asumir por separado. La pregunta ya no es si las ciudades dependen unas de otras. La pregunta es cuánto más deberán pagar sus habitantes antes de que las instituciones comiencen a trabajar a la misma escala que la vida urbana.


