Una tarea escolar, un currículum enviado, una consulta médica, un turno estatal: buena parte de la vida cotidiana pasa por una conexión. Cuando esa conexión no llega, se corta o resulta impagable, la desigualdad se multiplica. Internet dejó de ser un complemento tecnológico. Es infraestructura social: necesaria para ejercer derechos, como el transporte que acerca a una escuela o el alumbrado que permite volver seguro a casa.
El Censo 2022 del Instituto Nacional de Estadística muestra una brecha que el promedio nacional disimula. Entre los hogares con al menos una persona de 0 a 17 años, el 58,9% declaró tener acceso a internet. Sin embargo, el 90,3% contaba con al menos un teléfono celular inteligente. El contraste es decisivo: tener un aparato no asegura una conexión estable, suficiente para estudiar o trabajar, ni garantiza que todos los integrantes del hogar puedan usarlo.
Asunción registra 80,4% de acceso y Central 69,4%. Alto Paraná marca 69,8%. Aun así, no hay cobertura plena. En la capital, casi dos de cada diez hogares con niñas, niños o adolescentes siguen fuera de la red; en Central, más de tres de cada diez. En ciudades densas, esa diferencia puede concentrarse en barrios periféricos, asentamientos, viviendas subdivididas o zonas donde el servicio existe pero no resulta accesible para el presupuesto familiar.
Hacia el norte y el Chaco, la distancia se profundiza. Alto Paraguay registra apenas 29,8% de hogares con población menor de 18 años conectados; Cordillera, 35%; Presidente Hayes, 37,8%; Caazapá, 38,7%, y San Pedro, 39,4%. Boquerón llega a 48,2%. No son solo porcentajes: detrás de cada uno hay estudiantes que dependen de datos móviles, familias que recorren kilómetros para resolver gestiones y emprendedores que quedan fuera de mercados, información y capacitación.
El dato también exige prudencia. El Censo revela acceso declarado, no velocidad, continuidad, costo ni calidad del servicio. Un hogar puede figurar como conectado y, al mismo tiempo, contar con una señal intermitente, un único celular compartido o un paquete de datos que se agota antes de terminar el mes. Por eso, la discusión no debe reducirse a instalar puntos de wifi para una foto. La meta es acceso útil, seguro y sostenido.
Para municipios y gobernaciones, el primer paso es conocer mejor el territorio. Hace falta mapear por barrio, compañía y comunidad qué hogares, escuelas, puestos de salud y espacios públicos no tienen conexión efectiva, cuánto cuesta acceder; y qué barreras impiden usarla. Esa información permite priorizar inversiones, exigir resultados y evitar que los recursos sigan la mayor visibilidad política en vez de la necesidad.
Los gobiernos locales no reemplazan a las instituciones nacionales ni a las empresas que despliegan las redes. Pero pueden articular: incorporar conectividad en planes urbanos y nuevos loteamientos; habilitar centros comunitarios, bibliotecas y oficinas públicas como puntos de acceso acompañados; coordinar con el Gobierno central, escuelas, cooperativas y prestadores, y promover formación digital para estudiar, buscar empleo y realizar trámites. También deben mantener canales presenciales: digitalizar un servicio no puede convertirse en otra barrera para quien todavía no logra conectarse.
La educación y el trabajo muestran por qué esta agenda es urgente. El informe del INE sobre juventud contabiliza 855.678 personas de 15 a 29 años que no asisten a una institución de enseñanza formal. Son realidades diversas, que incluyen necesidad de ingresos, distancia, cuidados y falta de oferta cercana. La conectividad no resuelve por sí sola esos problemas, pero sin ella se estrechan aún más las posibilidades de retomar estudios, acceder a formación técnica, conocer una vacante o completar una postulación.
Una política local seria debe fijar metas verificables: hogares conectados de manera efectiva, instituciones públicas con servicio funcional, jóvenes formados, trámites disponibles sin excluir a nadie y barrios priorizados con criterios transparentes. El desafío no es llevar la misma solución a todos los lugares. Asunción, el conurbano de Central, el norte y el Chaco tienen escalas y obstáculos distintos. Pero comparten una certeza: desconectarse ya no es quedar fuera de una comodidad. Es quedar lejos de oportunidades que deberían estar al alcance de todos.


