Fabián Chamorro señala que hasta la caída de Stroessner, el país vivió dictaduras y rupturas institucionales, y que el golpe de febrero de 1989 marcó el inicio de una transición democrática inédita.
Para comprender el significado del 2 y 3 de febrero de 1989, es necesario, según el historiador Fabián Chamorro, mirar el pasado político paraguayo sin idealizaciones.
Antes de la caída de Alfredo Stroessner, Paraguay no había experimentado períodos democráticos sostenidos. Dictaduras, revoluciones y gobiernos autoritarios marcaron una trayectoria donde la democracia, como sistema, estuvo ausente. Recién a partir de 1989 puede hablarse de una transición democrática, no como un hecho acabado, sino como un proceso en construcción.
Desde esa perspectiva, la fecha no representa una llegada plena a la libertad política, sino un punto de inflexión histórico. Para Chamorro, recordar esos días es fundamental justamente porque inauguran una etapa distinta, aunque marcada por ambigüedades y límites estructurales que aún inciden en la vida institucional del país.
Uno de los elementos centrales que plantea el historiador es el origen mismo del golpe. La salida de Stroessner no fue consecuencia de una presión social organizada ni de sectores democráticos que buscaban poner fin a la dictadura. Por el contrario, se produjo desde el propio círculo íntimo del poder, integrado por actores que comenzaron a percibir que sus privilegios estaban en riesgo.
Esa característica vuelve singular al proceso paraguayo. La dictadura terminó, pero no como resultado de una ruptura ideológica con el autoritarismo, sino como una disputa interna por el control del Estado. Stroessner fue desplazado, pero gran parte de su entorno político y militar logró reacomodarse y mantenerse cerca de los espacios de decisión.
Chamorro subraya que la permanencia de figuras vinculadas al régimen explica por qué el proceso de transición fue limitado y gradual. La salida del dictador no implicó una depuración inmediata del aparato de poder ni una refundación institucional. El stronismo, como estructura, no desapareció con la rendición de su líder.
Una fecha sin consenso en la memoria colectiva
Esa continuidad ayuda a entender por qué, décadas después, la figura de Stroessner sigue siendo reivindicada por sectores de la sociedad. Para el historiador, esta persistencia vuelve “rara” a la dictadura paraguaya en comparación con otros países que atravesaron procesos similares y que institucionalizaron políticas de memoria y condena al autoritarismo.
Desde esta lectura, el 2 y 3 de febrero deberían ocupar un lugar central en la memoria nacional, ya sea como día de recuerdo o incluso de celebración democrática. Sin embargo, eso no ocurre plenamente. La falta de consenso sobre el significado del golpe, sumada al modo en que se produjo, dificulta su resignificación como fecha fundacional.
Chamorro advierte que mientras no se asuma críticamente cómo cayó la dictadura, la sociedad seguirá teniendo una relación ambigua con su pasado reciente. Recordar no implica glorificar, sino comprender el origen real del proceso democrático.
En el plano estrictamente histórico, el relato del golpe revela un alto grado de improvisación. Según los datos citados por Chamorro, Andrés Rodríguez preparó dos planes distintos para derrocar a Stroessner, sin comunicarlos de manera integral a todos los involucrados.
Uno de los grupos se activó alrededor de las 20:00 del 2 de febrero con el intento de capturar al dictador en la casa de María Estela “Ñata” Legal. El fracaso de esa acción, que permitió a Stroessner escapar con su escolta, obligó a acelerar los tiempos del golpe, previsto inicialmente para la madrugada.
La precipitación derivó en enfrentamientos armados intensos. Los combates se concentraron contra la escolta presidencial en la zona de General Santos y Mariscal López, y contra la Policía Nacional en el centro de Asunción. Hubo bajas tanto entre los golpistas como entre los leales al Gobierno, incluidos efectivos policiales.
Cuando se confirmó que Stroessner se encontraba en el Estado Mayor y que gran parte del Ejército ya se había plegado al golpe, se iniciaron negociaciones. Sin opciones reales, el dictador se rindió cerca de las 2:00 de la madrugada del 3 de febrero, firmando su rendición en Campo Grande.
Para Chamorro, estos elementos obligan a mirar el 2 y 3 de febrero no como un relato épico, sino como un episodio complejo, violento y contradictorio. Es una fecha fundamental porque marca el inicio de la transición democrática, pero también porque expone las deudas pendientes de ese proceso.
A 37 años del golpe, el desafío sigue siendo comprender ese origen para fortalecer una democracia que nació sin ruptura total y cuya memoria continúa en disputa.



