Para entender por qué la carta de Hugo “El Pollo” Carvajal enciende tantas alarmas alrededor de Smartmatic, hay que mirar no solo lo que dice, sino desde dónde lo dice. Carvajal no escribe como un opositor exiliado, sino como un general retirado, miembro del Cartel de los Soles, que se declaró culpable de conspiración narcoterrorista en Estados Unidos. Su carta funciona como un “proffer”: una propuesta de cooperación formal con la justicia a cambio de una condena menor. Es decir, está obligado a entregar información verificable; si miente, pierde el beneficio.
En esa condición, describe al régimen venezolano como una organización criminal transnacional que usa drogas, bandas como el Tren de Aragua, inteligencias cubana y rusa, y redes de espías para atacar a Estados Unidos. Y dentro de ese engranaje coloca a Smartmatic como instrumento electoral diseñado para asegurar la permanencia del chavismo.
Según su relato, el sistema fue configurado para poder ser modificado y, luego, exportado fuera de Venezuela, incluida parte de su infraestructura hacia territorio estadounidense. Afirma que él mismo situó a un operador leal en el corazón tecnológico del CNE. Si esto se confirma, Smartmatic habría nacido no como proveedor neutral, sino como pieza de un proyecto de poder.
A la versión de Carvajal se suma la novela pública de la empresa:
Se enriqueció en Venezuela, administrando elecciones mientras el país derivaba hacia una dictadura.
Reconoció manipulación masiva de cifras en el 2017.
Rompió con el régimen, pero su tecnología habría seguido operando mediante empresas fachada.
En el extranjero, consiguió contratos entre acusaciones de coimas y manejo poco transparente.
Frente a este cuadro, ¿qué podría pasar si hoy un país decide entregarle a Smartmatic su sistema de votación?
1. Crisis de confianza interna
En sociedades polarizadas, cualquier duda sobre el proveedor tecnológico se convierte en gasolina política. La oposición –sea cual sea– podría desconocer los resultados alegando que el sistema es manipulable. Aunque el conteo fuese limpio, la narrativa de fraude terminaría erosionando la legitimidad del gobierno electo.
2. Instrumentalización externa
Si el testimonio de Carvajal sobre redes de espionaje, narcotráfico y cooperación con actores como Hezbollah se toma en serio, hay que suponer que los mismos actores que han usado drogas y pandillas como armas no tendrían reparos en explotar una plataforma electoral con puntos ciegos. Un sistema opaco administrado por una empresa con origen en ese ecosistema es una tentación para cualquier operación encubierta.
3. Exposición jurídica internacional
Smartmatic hoy está envuelta en procesos judiciales complejos, incluyendo demandas multimillonarias por la cobertura mediática de las elecciones estadounidenses. Cualquier elección en la que participe podría terminar atada a ese litigio global, arrastrando a los Estados contratantes a conflictos legales que escapan a su control.
4. Dependencia técnica a largo plazo
Una vez que un país adapta toda su logística electoral a un proveedor, revertir la decisión se vuelve costoso y caótico. Migrar a otro sistema implica reentrenar personal, rediseñar procesos, comprar nuevos equipos. Si en el futuro se comprueba que las denuncias de Carvajal eran ciertas o se destapan nuevos escándalos, el Estado quedará atrapado en una infraestructura que ya nadie confía.
Por todo esto, el debate sobre el uso de Smartmatic no es un simple enfrentamiento entre “partidarios de la modernización” y “nostálgicos del papel”. A la luz de la carta de Carvajal y del historial de la empresa, la cuestión es otra: ¿puede un país arriesgar su estabilidad política y su seguridad nacional confiando su democracia a una compañía nacida en el laboratorio de un régimen hoy señalado como narcoterrorista?
Antes de firmar un contrato, los Estados tienen la obligación de exigir auditorías independientes, acceso total al código, control soberano sobre los datos y garantías de que la tecnología no será un caballo de Troya. Porque si algo muestran la carta del “Pollo” y los juicios alrededor de Smartmatic es que, en la era de las guerras híbridas, las urnas también pueden convertirse en armas.


