Paraguay: 71% estarían a favor de un gobierno no democrático

El Latinobarómetro 2026 muestra que Paraguay lidera la región en tolerancia hacia un gobierno no democrático si resuelve problemas, mientras persisten baja confianza institucional, pragmatismo electoral y una fuerte valoración del progreso personal.

| Por Nahuel Ayala
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Latinobarómetro revela una fuerte tensión institucional.

Las cifras del Latinobarómetro 2026 sobre Paraguay tienen algo que se viene repitiendo el en la region pero a una escala aún mayor, pero tienen algo de sentido en el dialogo que se genera en las redes y en los circulos sociales . La economía se mantiene en pie, los números macroeconómicos lucen sólidos y la gran mayoría dice estar satisfecha con su vida privada. Sin embargo, en el terreno de las reglas de juego, la cosa cambia: siete de cada diez paraguayos (71%) afirman que no tendrían problema con un gobierno no democrático si este les resuelve los problemas. Es el porcentaje más alto de toda América Latina —donde el promedio ronda el 52%— y apenas el 46% defiende la democracia como el mejor sistema posible.

No es una sorpresa ni una coyuntura estadística; en 2024 ya habíamos tocado el 70%. Lo que hay de fondo no es un capricho ideológico, sino un hartazgo pragmático.

Cuando el colectivo tarda horas en pasar, conseguir un turno en el hospital público es una peregrinacíon y el empleo formal sigue siendo un privilegio de pocos (60% de informalidad), el debate abstracto sobre la “institucionalidad” suena a lujo de intelectuales. La gente no pide a gritos una dictadura por nostalgia autoritaria; lo que pasa es que se cansó de esperar respuestas que no llegan. Pero en esa brecha también fallaron la academia, las dirigencias y las instituciones, que nunca supieron explicar que la estabilidad, las libertades y los avances de las últimas décadas se construyeron gracias a la democracia, no a pesar de ella.

El riesgo de este pragmatismo desbocado es que termina normalizando el clásico y destructivo “que robe, pero que haga”. Cuando un tercio de la población llega a sostener que se puede vivir en democracia sin elecciones, o ve con buenos ojos cerrar el Congreso y anular a la oposición, cabe preguntarse qué clase de arquitectura o formula tienen en mente. No existe el atajo autoritario sin factura: prescindir de contrapesos siempre termina costando libertades civiles, transparencia, seguridad jurídica y derechos fundamentales. Ni siquiera reformas políticas aplaudidas en su momento, como el desbloqueo de listas sábanas, lograron que el ciudadano de a pie sienta que el poder legislativo trabaja para él.

El verdadero contraste paraguayo está en la grieta entre lo individual y lo colectivo. El 88% de los encuestados siente que a su familia le va bien y el 83% está conforme con su vida, pero solo un 34% cree que el país va en el rumbo correcto. Confiamos en el esfuerzo propio, en la solidaridad de los parientes y en rebuscárnosla por cuenta propia, pero desconfiamos profundamente de la comunidad política organizada. No somos una sociedad deprimida; somos una sociedad que aprendió a salvarse sola.

Para la política y la comunicación de gobierno, esta radiografía es un ultimátum. El terreno está servido para liderazgos mesiánicos que prometen soluciones mágicas a cambio de cheques en blanco.

Crecer al 4% o 5% anual ya no alcanza si ese dinamismo no se traduce en remedios en las farmacias públicas, colectivos dignos y una justicia que no dependa de a quién conocés. La democracia paraguaya no se defiende con discursos solemnes sobre la Constitución, sino demostrando utilidad cotidiana. La gente tiene que sentir que siver. Y vuelve la idea que el fin justifica los medios. Porque cuando a una sociedad deja de importarle el cómo con tal de conseguir el qué, el edificio institucional se viene abajo mucho antes de que aparezca alguien dispuesto a demolerlo.

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