Opinión

De maestras mochileras a hogares comunitarios 

La educación es, sin duda, uno de los temas más debatidos en la agenda pública. Cuánto se invierte, cuántos niños están fuera del sistema, cuántos co…

La educación es, sin duda, uno de los temas más debatidos en la agenda pública. Cuánto se invierte, cuántos niños están fuera del sistema, cuántos comprenden lo que leen. Son discusiones constantes que se intensifican ante una crisis y luego vuelven a diluirse sin grandes cambios. Mientras tanto, el sistema avanza lento, como un barco listo para zarpar, pero sin movimiento claro.

Sin cuestionar la voluntad de quienes sostienen el “carrito educativo”, ni los esfuerzos que se realizan desde distintos sectores, la sensación persiste: tenemos estructuras, programas e infraestructura, pero aún no logramos generar el impulso necesario para avanzar. Entonces surge una pregunta clave: ¿por dónde empezar?

Cada vez hay más evidencia de que el punto más estratégico está en la primera infancia. En ese contexto aparece el programa de maestras mochileras, impulsado con apoyo de Unicef. Docentes que visitan hogares en situación vulnerable para acompañar el desarrollo de niños y niñas de 0 a 5 años, estimulando habilidades cognitivas y socioemocionales en una etapa donde el cerebro construye sus conexiones más importantes. Al mismo tiempo, orientan a las familias en prácticas de cuidado y crianza que fortalecen el desarrollo integral.

Se estima que entre 300 y 600 maestras mochileras llegan hoy a unos 4.000 a 6.000 niños, trabajando con alrededor de 1.000 familias. Cada docente acompaña en promedio a 20 niños, dedicando cerca de una hora a cada uno. Puede parecer poco frente a las necesidades existentes, pero su impacto en bienestar, estimulación y contención familiar es significativo.

La pregunta inevitable es si este modelo podría escalar para alcanzar a los casi 800.000 niños que se encuentran en esa franja etaria en Paraguay. Tal vez el desafío no sea solo ampliar, sino complementar. Y allí aparece otra experiencia inspiradora: los hogares comunitarios en Colombia.

En este modelo, madres y padres de la comunidad, previamente capacitados, cuidan en sus propias casas a grupos de 12 a 14 niños. Con apoyo institucional y alianzas, esos espacios se equipan para que los niños puedan alimentarse, jugar y aprender en un entorno seguro mientras sus padres trabajan. Más que un servicio de cuidado, se convierten en núcleos de contención social que fortalecen la comunidad y previenen situaciones de vulnerabilidad.

Entonces la reflexión es inevitable: ¿podría ser viable algo así en Paraguay? Invertir en la primera infancia no solo impacta en el aprendizaje futuro. Mejora la salud, fortalece los vínculos y amplía oportunidades. Tal vez sea momento de dejar de pensar la educación solo desde la escuela y empezar a verla como una responsabilidad compartida que comienza mucho antes.

La invitación es a abrir el debate, mirar experiencias cercanas y animarnos a construir soluciones desde la comunidad.

También te puede interesar

Últimas noticias