Opinión

¿Todavía es importante comunicarnos?

Eugenia Peroni

| Por La Tribuna-

 Ludwig Wittgenstein

En una sociedad que cada vez grita más y escucha menos; en un mundo atravesado por el discurso de odio y la polarización política, económica, familiar y social, vale detenernos a pensar en el valor real de la comunicación. Mirarnos a los ojos, percibir lo que siente el otro o sostener una conversación sin interrupciones parece hoy un lujo. Las palabras se cortan por una notificación, una vibración o la urgencia de responder. Frente a este escenario, cabe preguntarnos si seguimos considerando al desarrollo del lenguaje y la comunicación como elementos indispensables para construir nuestras vidas.

No hace mucho, en Paraguay, un exparlamentario afirmó poseer siete títulos universitarios para justificar su posición. Al descubrirse que era una invención, la indignación social fue breve y rápidamente reducida a la frase resignada: “Solo en Paraguay pasan estas cosas”. Este episodio refleja una contradicción profunda: los títulos parecen importantes, pero no lo suficiente como para generar cambios reales. Al final, todos somos producto de nuestra historia, de nuestra infancia y, sobre todo, de nuestra educación.

El desarrollo del lenguaje es una de las características que nos diferencia del resto de los seres vivos. La lectura y la escritura permitieron el desarrollo de la corteza prefrontal, fortaleciendo el razonamiento, la planificación y el pensamiento crítico. El lenguaje es una capacidad cognitiva que nos permite aprender, interpretar la realidad y comunicarnos de forma compleja, compartiendo perspectivas y construyendo una sociedad más reflexiva.

Si siete de cada diez estudiantes en Paraguay no comprenden lo que leen y nueve de cada diez no logran resolver problemas complejos, estamos frente a una sociedad con recursos limitados para desarrollarse plenamente. Esto no solo afecta a las personas, sino también a la economía, la política y la convivencia social. Tal vez por eso seguimos viendo representantes que recurren al grito y al conflicto antes que al debate argumentado.

Entonces, ¿qué podemos hacer como país, como padres o como adultos cercanos a niños y adolescentes? El desarrollo del lenguaje está ligado a las experiencias y al entorno. El lenguaje interactivo, el que escucha y dialoga, genera mejores conexiones neuronales que el lenguaje directivo, tan frecuente en hogares y aulas. Además, para que el lenguaje se desarrolle, la persona debe escuchar, hablar y estar expuesta a una cantidad suficiente de palabras. Estudios muestran que niños de contextos más vulnerables escuchan muchas menos palabras que aquellos de entornos con mayores recursos educativos, lo que impacta directamente en su desarrollo intelectual.

Pero hay un factor clave: el deseo de hablar. Este surge cuando existe un entorno seguro, sin juicios, con atención real y contacto humano. Estos son apenas puntos básicos para comenzar. Y la pregunta final sigue abierta: ¿estamos listos como país para construir una sociedad donde más personas comprendan lo que leen, dicen y escuchan?

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