Opinión

Mi IPS

Escribir sobre el IPS es casi un deporte nacional, pero uno ingrato, ya que se lo hace siempre desde la queja, desde la indignación, desde la puteada…

| Por Christian Torres
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Escribir sobre el IPS es casi un deporte nacional, pero uno ingrato, ya que se lo hace siempre desde la queja, desde la indignación, desde la puteada fácil. Yo no lo haré. Vengo a defenderlo. Y empiezo con una confesión: soy parte interesada. Formo parte de la legión —porque eso somos— que “retira” sus medicamentos de ahí, y uso ese verbo con reverencia porque lo hacemos miles. Literalmente, miles.

Desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche, diariamente, al menos mil personas nos encolumnamos frente a sus ventanillas, y cada una sale con cajas y cajas de remedios. No solo aspirinas, remedios de verdad, carísimos, salvavidas, crónicos. Como el Humira —o sus biosimilares— para la artritis reumatoide, entre 6,5 y 7 millones de guaraníes por dosis. Y se retiran dos por mes, por años. Y no es un caso aislado. Es una nube de casos. Basta pasar por ahí, mirar y comprobarlo.

Un médico me dijo —no sé si con verdad o advertencia— que ningún seguro social del mundo cubre ya los medicamentos ambulatorios. Espero no estar dando ideas, pero debo decirlo: la forma en que el IPS salva vidas a través de este beneficio es sencillamente admirable.

Una madrugada cualquiera fui y me quedé atónito. Eran las 4 o 5 de la madrugada. Y la imagen que vi fue Caacupé; cientos de personas bajaban de los colectivos, silenciosas, tenaces, resignadas y esperanzadas. Gente humilde, de todos los rincones, consiguió un turno, con su fe en que algo se solucione.

Buscando más datos, me fui a Google, que suele ser “mi primera fuente de información”, y estos son los números que encontré: por el predio del Hospital Central del IPS circulan unas 20.000 personas por día, que es como llenar el estadio de Sajonia. Cada jornada se atiende a casi 4.000 pacientes. Solo en Urgencias, entre 150 y 200. El sector de admisión gestiona unas 800 personas por día, y de esas unas 350 terminan internadas. En Ingavi, el centro de alta complejidad, se atiende en promedio a 500 pacientes por cada guardia de 24 horas. ¿Cómo no asombrarse?

Con esto no quiero decir que la institución no tenga fallas; las tiene, sería necio negarlas, pero tampoco me parece justo usar esas fallas para negar todo lo demás. Apenas intento amortiguar un poco la costumbre de golpear sin pausa, sin contexto, sin reconocer nada, solo dejándose llevar por la corriente de críticas.

Para mí, el IPS no es ese ogro que muchos pintan. Es más bien un gigante bonachón, desbordado, que hace lo que puede con lo que tiene. Que comete errores, sí, pero que también te da remedios que en la calle serían inalcanzables. Que te da una camilla, un diagnóstico, una internación, una oportunidad.

En un país donde la salud privada es un lujo y los precios de los medicamentos en farmacias parecen diseñados para millonarios, el IPS ha sido, es y ojalá siga siendo el último refugio del pueblo paraguayo trabajador.

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