En otro tiempo —no hace tanto— la infancia tenía ruido propio. Era el ruido del patio, de la pelota golpeando la pared, de la bici oxidada, de los primos inventando un campeonato con reglas injustas. Un niño decía “me aburro” y recibía una respuesta breve, sin culpa y sin terapia: “y bueno, inventá algo”. El aburrimiento era una especie de entrenamiento invisible: enseñaba paciencia, imaginación, tolerancia al vacío. Nadie moría por no estar estimulado.
Hoy el aburrimiento parece una emergencia médica. Tres minutos de silencio y ya sentimos que fallamos. Y ahí entra ella, la gran aliada contemporánea: la pantalla. Esa niñera invisible que no pide sueldo, no se enferma, no reclama aguinaldo y está disponible incluso cuando uno ya no tiene ni voz para pedir “por favor”.
La pantalla entra como entra el aire acondicionado: no porque sea espiritual, sino porque salva la jornada. Calma. Ordena. Apaga incendios. Te da esos veinte minutos que necesitás para terminar algo, para cocinar, para respirar, para contestar mensajes, para sostener la vida adulta sin explotar. Y eso, en una época como esta, vale oro.
Por eso el pacto se firma solo. Sin reunión familiar, sin comunicado oficial y sin mala intención: yo te doy pantalla, vos me das paz. Yo te doy videos, vos no pedís demasiado. Yo te doy dibujitos, vos no llorás. Yo te doy juego, vos no existís con volumen alto.
Y funciona. Funciona demasiado bien.
Porque la pantalla no solo entretiene al niño. También anestesia al hogar. Lo vuelve manejable. Te devuelve el control. Te permite fingir —aunque sea un rato— que la casa no es un campo de batalla entre tareas pendientes y cansancio acumulado.
Pero al mismo tiempo, algo se va rompiendo muy despacio. No se rompe de golpe, no se nota en un día. Se rompe en esa suma de “un ratito más” que, de repente, se convierte en costumbre. Se rompe en esa conversación que no ocurre. En ese juego que se posterga. En esa mirada que se reemplaza por un reflejo en una pantalla.
La verdad es que la crianza actual no se volvió difícil por los niños. Se volvió difícil por el mundo que armamos para los adultos. Un mundo donde se exige productividad de máquina, pero se espera crianza artesanal.
Y los chicos —que no son tontos— se refugian donde todo es rápido, brillante y sin espera. En la pantalla no hay frustración, no hay silencio, no hay “no”. La vida real, en cambio, tiene ritmo humano: es lenta, imperfecta y exige paciencia.
Capaz el problema no es que nuestros hijos estén demasiado tiempo con pantalla.
Capaz el problema es que nosotros estamos demasiado sin tiempo.
Y ningún algoritmo, por más inteligente que sea, va a reemplazar lo único que un hijo necesita de verdad: un adulto que pueda estar ahí… sin correr todo el tiempo.


