Opinión

El país de Nunca Jamás y la urgencia de volver a lo importante

Por Pablo Noé. Vivimos en un país extraño. No aparece en los mapas ni tiene fronteras visibles, pero lo habitamos todos los días. Es el país de Nunca…

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Por Pablo Noé. Vivimos en un país extraño. No aparece en los mapas ni tiene fronteras visibles, pero lo habitamos todos los días. Es el país de Nunca Jamás. No por fantasía ni por inocencia, sino por costumbre: nunca, jamás, nos detenemos a pensar en lo verdaderamente importante.

Hemos organizado la vida alrededor de lo urgente. De lo que grita, de lo que vibra, de lo que interrumpe. Corremos para llegar, para cumplir, para producir, para pagar, para responder. Y en ese correr permanente vamos dejando atrás los pequeños grandes detalles que sostienen nuestra salud mental: el descanso real, las conversaciones sin reloj, el silencio que no incomoda, la pausa que no culpa.

En este país, lo esencial siempre queda postergado. Siempre hay algo más inmediato, más práctico, más “necesario”. Primero el trabajo, luego el problema, después el conflicto. Y así, lo importante se va desplazando hacia un territorio imaginario llamado “cuando tenga tiempo”, un lugar al que casi nunca llegamos.

El problema es que el cuerpo llega tarde, pero la mente llega cansada. Y el alma, si existe, llega vacía. Vivimos en una sociedad cada vez más acelerada, más irritable, más fragmentada y más deshumanizada. Nos volvimos expertos en hacer, en cumplir, en rendir; y principiantes en sentir, en escuchar, en habitar el momento.

Confundimos movimiento con sentido, velocidad con éxito, ocupación con valor. Nos enseñaron que parar es perder, que descansar es fallar, que estar disponibles todo el tiempo es una virtud. Pero nadie nos habló del costo emocional de esa carrera infinita ni del desgaste invisible que deja.

Hoy, cuidar la salud mental no es un lujo ni una moda: es una forma de resistencia. Detenerse no es vagancia, es supervivencia. Elegir una conversación real por sobre un scroll infinito es un acto de dignidad. Apagar un poco el ruido para escucharnos es una necesidad.

Tal vez haya llegado el momento de abandonar el país de Nunca Jamás. No para escapar de la realidad, sino para volver a lo humano. Porque lo importante no grita, no vibra, no trae urgencia. Pero es lo único que, al final, nos mantiene sanos.

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