La maldición del dinero abundante

Por Bruno Vaccotti. A lo largo de la historia de la humanidad hemos utilizado diferentes objetos como dinero: desde sal y conchas hasta cuentas de vi…

| Por La Tribuna
Agregar La Tribuna en

Por Bruno Vaccotti. A lo largo de la historia de la humanidad hemos utilizado diferentes objetos como dinero: desde sal y conchas hasta cuentas de vidrio y piedras. Todas estas formas de moneda acabaron fracasando por una razón común: dejaron de ser escasas. La sal, por ejemplo, fue tan valiosa que se usaba para pagar a soldados romanos, de donde proviene el término salario, pero al volverse abundante, perdió su valor como medio de intercambio. Después de todo, nadie quiere una moneda que abunde o que la lluvia pueda disolver.

Algo similar ocurrió con las conchas marinas. Durante siglos los cauríes fueron dinero en África y Asia: pequeños, duraderos y lo bastante raros para inspirar confianza. Hasta que las potencias coloniales inundaron el mercado con esta preciada forma de moneda, convirtiendo aquel tesoro en algo común y sin valor. Del mismo modo, las vistosas cuentas de vidrio que los europeos ofrecían como joyas exóticas acabaron siendo simples baratijas cuando dejaron de ser escasas.

Las piedras rai de la isla de Yap, en Micronesia, ilustran de forma pintoresca este fenómeno: eran enormes discos de piedra cuyo valor residía en el esfuerzo necesario para tallarlos y traerlos desde islas lejanas. Pero a fines del siglo XIX, un aventurero llamado O’Keefe rompió el equilibrio: con barcos de vapor y herramientas modernas produjo e introdujo una enorme cantidad de piedras en la isla. De la noche a la mañana, la moneda ancestral de Yap sufrió una fuerte inflación y perdió su valor; la abundancia artificial había roto la ilusión de valor.

La moraleja es clara: si algo sirve como dinero pero es demasiado fácil de fabricar en masa, terminará inundando el mercado y dejando de valer. La dilución invariablemente lleva a la pérdida de poder adquisitivo. La historia lo demuestra con la sal, las piedras e incluso con el papel moneda cuando los gobiernos abusan de la impresora. Como humanidad, hemos tropezado una y otra vez con la misma piedra.

A fines del 2008 surge una alternativa opuesta: bitcoin, un dinero verdaderamente escaso. Su oferta total nunca excederá los 21 millones de unidades, a diferencia de los billetes que los gobiernos pueden imprimir sin límite. Además, gracias a su red descentralizada y a la criptografía, es virtualmente imposible falsificar o duplicar un bitcoin. En síntesis, es un dinero cuya escasez y seguridad están garantizadas por el código, no por la promesa de un Estado y lo vuelve inmune a la inflación arbitraria de los gobiernos.

Paraguay nos ofrece un ejemplo actual de las consecuencias de no entender estas lecciones. La educación financiera en nuestro país es prácticamente nula, lo que se refleja en prácticas preocupantes: mucha gente retira todo su sueldo en efectivo para gastarlo sin ninguna planificación. Apenas una ínfima minoría de familias ahorra con regularidad y hay quienes consideran un préstamo como si fuera un ingreso extra, sin distinguir entre deseos inmediatos y necesidades reales.

En verdad, el dinero no nos falla; quienes fallamos somos nosotros por ignorancia financiera. Si no aprendemos la lección, seguiremos acumulando conchas y billetes de colores creyendo que son riqueza, hasta que la realidad nos golpee de nuevo. Cuestionar nuestras ideas sobre el dinero puede resultar incómodo, pero es urgente, antes de que el próximo fracaso nos estalle en las manos.

También te puede interesar

Últimas noticias