El presidente quiere dejar un legado impresionante al final de su mandato. Y si sigue haciendo las cosas bien, puede incluso lograr algo más difícil: que la gente no quiera que se vaya.
Pero…, hay un “pero”. Y es muy importante.
Toda esa riqueza estructural, ese milagro económico silencioso, todavía no se siente en los bolsillos de las clases media y popular. La gente no percibe el cambio. Y eso, en política, es un problema mayor. Porque al final del día, el voto no lo define el PIB, lo define el bolsillo.
Las quejas en la calle son reales. Están en las paradas, en los grupos de WhatsApp, en los pasillos de los mercados… Si el descontento se midiera solo por murmullo popular, las cifras serían demoledoras. Un ejemplo, el auge de las exportaciones de carne vacuna nos llenó de orgullo al saber que somos el noveno exportador mundial. Pero también nos vació las parrillas. El precio interno se disparó. El asadito del fin de semana —ese ritual familiar sagrado— se volvió lujo. Y eso, para el paraguayo común, no se negocia.
Peña no es ajeno a esa realidad. Anunció ahora que tomará al toro por las astas, comenzando por algo clave: la actualización del Índice de Precios al Consumidor (IPC), que define cuánto sube el salario mínimo cada año. Hoy ese índice no refleja los costos de la vida real de la gente. Rubros como la carne desbalancean cualquier cálculo racional.
Actualizar el IPC es una medida técnica, pero también política. Y no será tarea fácil. Se necesita valentía para tocar este tema en un año de elecciones municipales, con empresarios y gremios mirando con lupa. Pero si se quiere cambiar de verdad la vida de la gente, hay que animarse a hacer algo revolucionario, no solo parches que maquillen la desigualdad.
La ventaja es que el momento es ahora. Comienzo de año, aires de renovación. Es tiempo de anunciar con fuerza las decisiones valientes. Que se escuche la campana del Gobierno, no solo la de los medios que buscan desmerecer cada paso que se da. Que se comuniquen los avances sin miedo.
Hay señales de que algo se está moviendo. En transporte público, por ejemplo, ya se están viendo los primeros resultados. Los nuevos buses eléctricos taiwaneses, recién puestos en marcha, registraron miles de usuarios apenas entraron en funcionamiento. El problema, aunque enorme, tiene arreglo. Y cuando se arregla algo así, la gente lo nota.
El presidente Peña ya hizo cosas que parecían imposibles. Tiene visión, tiene técnica y tiene equipo. Pero ahora necesita algo más: dar soluciones a la urgencia diaria de la gente común. El gigante del que habla en sus discursos —el pueblo paraguayo— necesita despertar, con hechos que se traduzcan en alivio directo a su situación económica.
Santiago Peña puede ser ese presidente. Tiene que querer serlo, hasta el último día de su mandato.


