Hay una discusión, en medio de tanta filosofía de autoayuda. Las redes están invadidas de videos sobre cómo “sacar tu mejor versión”, “ser un estoico”, “desaparece 3 meses y queda irreconocible”, y una lista interminable de tips para ser más competitivo y mejor que el 99%. El problema aparece cuando ese exceso se vuelve otro elemento de alienación: el yo como centro y, muy atrás —casi invisible—, la noción de sociedad, comunidad, los otros. Y se vende como receta universal, rápida y sin contexto.
Da para varias columnas, pero dejo tres disparadores.
Primero, el eurocentrismo. Se repite que la cuna de todo es Grecia y el pensamiento europeo A.C., y se arma un relato con hitos como la imprenta o la Revolución Industrial. ¿Dónde quedan la filosofía oriental, hindú o china? Muchas son anteriores al año cero, milenios antes del nacimiento de Cristo, y trabajan con una base más sutil sobre la conciencia humana. Se las borra de la educación y de las referencias; recién cuando la respuesta occidental no alcanza, muchos miran hacia ahí. Consejo rápido: si tenés hijos, que empiecen un arte marcial tradicional.
Segundo, rebajar el crecimiento personal a una mirada “cuantitativa capitalista hiperreduccionista” (jaaaaala). Sacamos una versión tipo comida rápida de algo mucho más profundo, buscamos rédito y la esencia filosófica queda minimizada a producto. De ahí salen miles de libros, discursos y videos que se “validan” con neurociencia y conceptos neurológicos fuera de contexto.
Tercero, desconocer las bases. Sin caer en la falacia de la autoridad, muchos autores actuales o coaches omiten fuentes originarias a propósito, como si esas frases y construcciones fueran de cosecha propia. Y también hay responsabilidad del consumidor: preferimos el video corto a horas de lectura con toma de apuntes.
El contraste a esta ola es la crítica a la invisibilización de lo colectivo. El desarrollo es de uno y no de todos; se instala una competencia casi agresiva, donde los que no están en sintonía con “mi mejor versión” quedan como inferiores, sin futuro. Una mezcla de resentimiento con fanatismo, fácil de comprar si no hay mentoría.
Y acá nace la pregunta: ¿a quién puedo ayudar si yo no estoy bien? En ese encuadre, construir disciplina para desarrollarse y aportar cambia el sentido de la autoayuda. No hay que ir lejos para ver el valor del sentido colectivo (cooperativas menonitas) y, en el extremo opuesto, la corrupción y el prebendarismo que marcan gran parte de la política paraguaya. La evolución es colectiva, no individual: avanzamos cuando cooperamos, no cuando nos comparamos.
No es negativa la construcción desde la PNL, la neurociencia, el club de las 5 de la mañana o los audiolibros de Robbins, Dyer o Tracy; tampoco lo de Estanislao Bachrach desde la biología. Todos, con sus matices, trabajan habilidades blandas necesarias para liderar y construir: herramientas para salir del ruido y no caer en la depresión de la hiperconectividad. En un mundo “líquido” (Bauman) y de cansancio (Byung-Chul Han), pueden servir si no reemplazan el vínculo con los otros.
Todo esto nos lleva a la escena del avión: la aeromoza explica que, si se despresuriza, caerán máscaras de oxígeno y, si estás con mayores o con niños, primero tenes que ponerte la tuya. La imagen es concreta: estar bien para poder ayudar. Desarrollarse para aportar y hacer crecer, no para competir por quién llega antes o quién gana más.


