Pablo Noé
Hay alarmas que no suenan con sirenas. Se manifiestan en gestos silenciosos, pero profundos. Una de ellas aparece cuando el delito deja de ser solo una amenaza y empieza a convertirse en modelo, en referente, en aspiración para algunos jóvenes. No es una exageración: es una señal social que comienza a repetirse en Paraguay y que fue advertida recientemente por la Senad.
En operativos contra el microtráfico, los agentes ya no encuentran solo drogas, armas o dinero. Aparecen imágenes, tatuajes, frases y símbolos que exaltan a criminales reales o ficticios. Capos del narcotráfico, estéticas que glorifican la violencia y el poder ilegal. No como una provocación. Como identidad. Y eso debería preocuparnos más que cualquier estadística aislada.
Porque cuando un joven elige a un delincuente como ídolo, no está eligiendo solo una figura. Está eligiendo una narrativa: la del éxito rápido, el respeto impuesto por el miedo, el dinero sin espera, el poder sin reglas. Y esa elección no nace en el vacío.
Paraguay tiene una población mayoritariamente joven. Más del 60% tiene menos de 35 años. Al mismo tiempo, muchos enfrentan empleo informal, precariedad laboral, abandono escolar temprano y pocas oportunidades reales de ascenso social. El mensaje es contradictorio: “esforzate y sé honesto”, mientras el progreso parece lento, frágil o inalcanzable.
En ese contexto, el crimen organizado ofrece una promesa clara, aunque falsa: pertenencia, identidad, ingresos y reconocimiento. Ahora, no dentro de diez años.
Desde la psicología social, esto no se explica por maldad ni fascinación con la violencia, sino por déficits de sentido y de horizonte. Cuando los caminos legítimos parecen cerrados, los atajos peligrosos ganan atractivo, sobre todo en edades donde la identidad aún se está formando.
A esto se suma una cultura que romantiza al narco y al “vivo” que se salta las reglas. Se muestra el lujo, pero no la cárcel; el poder, pero no la muerte. Sin lectura crítica, el mensaje queda incompleto.
El resultado es una normalización peligrosa: el delito deja de ser una frontera moral clara y pasa a ser una opción más. Y esto no se resuelve solo con la Policía. Es un problema social, emocional y cultural. Un problema de referentes.
La pregunta incómoda es simple: ¿qué modelos de éxito estamos ofreciendo hoy a nuestros jóvenes?
Porque cuando el delito se vuelve aspiracional, no es el crimen el que gana. Es la esperanza la que empieza a perder.
Cuando el delito se vuelve aspiracional
Pablo NoéHay alarmas que no suenan con sirenas. Se manifiestan en gestos silenciosos, pero profundos. Una de ellas aparece cuando el delito deja de s…


