En Paraguay, diciembre no es solo el último mes del año. Es un ritual. Un gesto repetido. Una coreografía que conocemos de memoria y que ejecutamos con la naturalidad de quien ya no se pregunta por qué hace lo que hace.
Hay tradiciones que nos reconcilian. La mesa familiar, por ejemplo. Siempre chica, siempre desbordada, siempre improvisada. Falta espacio, sobran voces, pero nunca falta un plato. En Paraguay la comida no es solo comida: es una forma de decir “estás acá”, “sos parte”, “sentate igual”. Aunque el presupuesto esté ajustado, aunque el mes haya sido duro, aunque el año haya golpeado fuerte, la mesa se arma. Porque no armarla sería aceptar una derrota más grande.
Está también el abrazo de Nochebuena. Largo, apretado, a veces silencioso. Un abrazo que no resuelve discusiones, pero las pone en pausa. Que no borra heridas, pero les baja el volumen. Nos abrazamos aunque arrastremos enojos desde mitad de año, aunque sepamos que en enero tal vez vuelvan las mismas tensiones.
Y aparece el karu guasu, el clericó dudoso, la empanadita que desaparece antes de la medianoche. Aparece el tío de siempre, con la misma historia de siempre, asegurando que “este año sí va a cambiar”. Cambiar el país, cambiar la economía, cambiar él. Lo dice con convicción, como si diciembre le renovara el derecho a prometerse cosas que en marzo ya olvidará. Nadie lo contradice. En estas fechas, la fe ajena se respeta.
La melancolía también se cuela. Sin pedir permiso. Basta un villancico viejo, una silla vacía, un nombre que ya no se pronuncia en voz alta. Diciembre tiene ese talento: logra que el pasado se siente a la mesa. Todo convive por un rato, mezclado con el olor a cocido y chipas recalentadas.
Está el tránsito. Ese caos previsible que se vuelve insoportable. Calles colapsadas, semáforos que deciden dejar de funcionar justo cuando más se los necesita, bocinas que reemplazan cualquier idea de paz. Nada representa mejor nuestro espíritu navideño que ese contraste entre el deseo de llegar y la certeza de que no vamos a llegar a tiempo.
Tal vez la Navidad paraguaya no sea perfecta. No es ordenada, no es prolija, no es postal. Es ruidosa, contradictoria, excesiva, profundamente humana. Pero es nuestra. En Paraguay, hasta la Navidad es un espejo. Y aunque no siempre nos guste lo que refleja, seguimos mirándolo. Porque, en el fondo, sabemos que no mirarse sería mucho peor.


